De la economía digital al postcapitalismo, ¿Una transición en marcha?

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Por Ignacio Muro, miembro de Economistas Frente a la Crisis

Manuel Escudero, Consultor de la ONU para educación responsable.

El carácter exponencial de la economía digital y la naturaleza infinita de su input principal, la información, han detonado dos nuevas tendencias que están crecientemente conectadas. Por un lado, el capitalismo necesita cada vez menos contenido de trabajo productivo; por otro, surgen nuevas actividades socialmente útiles que ocupan a cada vez más gente funcionando fuera de la lógica mercantil típica del capitalismo.

Estas lineas pretenden contribuir a la construcción de un relato que hilvana una nueva noción del progreso social y del avance de la humanidad a partir de esa íntima conexión.

El capitalismo necesita cada vez menos trabajo productivo

Los estudios que analizan la influencia tecnológica en el mercado de trabajo han ocupado no solo a grandes especialistas sino a instituciones de prestigio como el MIT que publicó un extenso informe sobre el futuro del mercado de trabajo en 2012, la Universidad de Oxford en 2013, en 2014, al Instituto Pew Research que elaboró una encuesta entre casi 2000 grandes expertos que debían responder sobre la incidencia estimada del cambio tecnólogico sobre el empleo neto en el horizonte 2025.

La conclusión dominante de esos trabajos es que se anticipan, por un lado, una oleada de desempleo que afectará especialmente a algunos grupos de especialidades cualificadas y, por otro, a cambios en la división del trabajo hombre-maquina con efectos profundos sobre el modo de producción, distribución y consumo.

Esas mutaciones se harán visibles en dos etapas: en la primera, los robots pasarán a convertirse en un objeto de uso general en muchas actividades, con efectos sustitutivos sobre efectivos humanos de cualificación media en diversos campos de la producción, administración, logística, marketing y servicios. La segunda etapa se verá afectada por los grandes avances en inteligencia artificial, que se ha convertido ya en una realidad cotidiana en los asistentes digitales (tipo Siri de Appel) que están en todos los teléfonos inteligentes. Cuando alcance su esplendor, podrían dejar de ser necesarios diversos perfiles de especialistas en áreas de ciencia, ingeniería y arte.

Los efectos sociales de esas transformaciones viene agudizadas por desarrollarse bajo la hegemonía absoluta del capitalismo financiero. A las desigualdades crecientes entre capital-trabajo se unirá la polarización entre los diferentes tipos de trabajadores acentuando las diferencias entre la renta del 20% de profesionales altamente cualificados y el resto de trabajadores.

Desigualdad y desempleo creciente parecen ser las señas de identidad de un futuro en el que el sistema capitalista no solo necesita cada vez menos volumen de trabajo productivo sino que no es capaz de retribuir con remuneraciones suficientes al trabajo para garantizar un nivel de vida minimo. La depresión consecuente del mercado de trabajo vendrá acompañado con una tendencia creciente a la deflación de precios, la baja productividad y al bajo crecimiento, con un PIB, insensible a las inyecciones monetarias que los bancos centrales están inyectando en la economías desarrolladas.

Se trata de un fenómeno general y estructural, de largo plazo que permite conectar el descenso de precios y salarios reales de bienes y servicios y el decreciendo de la cantidad de trabajo que precisan para ser producidos. Y ello, nos acerca a los postulados de la economía política clásica que, desde Adam Smith hasta Marx, conectaban el valor de un bien con la cantidad de trabajo que incorpora. Desde esa perspectiva, la tendencia a la disminución de la necesidad del trabajo humano en el mercado capitalista ya está operativa, y se comienza a percibir en nuestras sociedades en la forma de una disminución generalizada del tiempo de trabajo: las fórmulas de trabajo a tiempo parcial van progresando, las fronteras entre tiempo de trabajo profesional y tiempo dedicado a actividades no remuneradas comienzan a difuminarse, las carreras irregulares combinando periodos de trabajo asalariado o profesional y otras actividades proliferan. En otras palabras en la economía digital el pleno empleo, el de las carreras regulares a cuarenta horas semanales, se vuelve imposible, especialmente, en un contexto de agotamiento del modelo de organización neoliberal capitalista iniciado en la década de los 80.

Crecen las actividades que se articulan al margen del mercado

Todos los economistas que se dedicaron a la economía política prestaron siempre gran atención a la base tecnológica del modo de producción. En concreto, Marx en su Fragmento sobre las máquinas, (incluido en los Grundisse) escribió un par de páginas en las que apunta que la ruta de escape del capitalismo es el intelecto social. Así, vislumbró con clarividencia una situación en la que el capitalismo llegaría a basarse en el conocimiento, impulsando su carácter social opuesto a las formas privadas de producción. Un momento en el que “el capital trabaja para su propia disolución”, en el que el principal factor de producción es la inteligencia colectiva, y “el desarrollo libre de las individualidades” trae como resultado la “reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo”. Ese planteamiento brillantemente rescatadas para la izquierda por Paul Mason en su Poscapitalismo (Paidos, 2016) , abre una vía para enjuiciar la transición desde el agotado modelo actual hasta un modo de producción alternativo que estaría germinando desde las propias entrañas capitalistas.

Lo cierto es que, junto a la expulsión gradual de trabajadores del mercado capitalista, han comenzado a surgir nuevas relaciones de producción informales, facilitadas por el cambio tecnologico, que caen completamente fuera de la esfera del mercado, acompañadas de modos de distribución y consumo abiertas, libres, sin precio. Pensamos que prefiguran un nuevo modo de producción que es hijo de la aceleración tecnológica nacida de la digitalización masiva de los procesos economicos que maneja un volumen de información que tiende a infinito, la procesa casi instantáneamente, la reproduce de modo ilimitado y la incorpora a multiples actividades que se nutren necesariamente de relaciones colaborativas.

Hay productos como Wikipedia, donde colaboran 75.000 voluntarios organizados en torno a una nueva jerarquía funcional que han construido la enciclopedia más vasta del mundo, con costes nulos de capital y trabajo. Se han realizado más de 500 mil millones de correcciones desde su creación, va siendo mejorada por sus propios usuarios, y es un producto libre, colaborativo y permanentemente actualizado. Todo el proceso se construye desde una lógica no mercantil: se alimenta desde la colaboración de las multitudes para compartir el saber (o crowd wisdom) y se financia desde el micropatrocinio a través de la aportación de fondos sin contrapartida (o crowdfunding).

No siempre es así. Los nuevos modos colaborativos a veces se insertan en procesos más complejos en los que la lógica mercantil termina apareciendo y pugnando por ser dominante. La rapidez en que se ha cimentado el liderazgo de Android, el sistema operativo de Google para movil, es su capacidad para crecer y adaptarse a distintos requerimientos de los fabricantes a partir de un nucleo Linux de código abierto. Con sus conflictos, el conjunto de relaciones que propicia, se alimenta de una red de aplicaciones que combinan contribuciones universales y compartidas, no mercantiles, con otras exclusivas, regidas por la lógica del coste y el beneficio tradicional.

La extensión de los “creative commons” han sido determinantes en la universalización de las actividades culturales y creativas que son el cimiento de la nueva economía de los intangibles. Se trata de licencias copy left en las que el creador organiza las prioridades de uso de sus obras anteponiendo que se cite su autoría sobre cualquier otra consideración mercantil asociada al copy right. Al poner el foco en la propiedad intelectual, quitan cualquier sentido transaccional a la reutilización de los contenidos y facilitan que el trabajo creativo se comparta rápidamente. En Noviembre de 2014 había ya 880 millones de trabajos estimados dentro de esta categoría. Ese altísimo volumen de producción creativa ha creado nuevos cuellos de botella en las que el control de la distribución se vuelve a convertir en el elemento determinante para el éxito. Es en esas fases donde los contenidos creados acaban sucumbiendo a nuevas plataformas, tipo Spotify, en las que la lógica mercantil se impone y reproduce esquemas que sigue sin retribuir como merece al creador.

Por último, el conjunto de actividades que caen bajo la categoría de “contenido generado por los usuarios” no solo se limitan a subir a la red blogs, fotos o videos personales, sino que tambien aportan valores crecientes a los procesos de decisión, añadiendo, por ejemplo, transparencia y control sobre la calidad de los servicios de hoteles, restaurantes o servicios; o alimentando los foros de discusión que resuelven cuestiones que antes atendían los departamentos comerciales, de atención al cliente y de mantenimiento, solucionando problemas e incidencias. Son actividades socializadas que quedan fuera del mercado pero que sustituyen a operaciones internas que antes realizaban y costeaban todas las empresas.

Dos modos de producción en disputa.

La disputa entre esos modos de producir, el nuevo regido por pautas colaborativas y abiertas y el viejo regido por la lógica mercantil, se hace evidente. Aunque la hegemonía de lo mercantil permanece al conseguir apropiarse del plus producto generado bajo los nuevos modos de producción, convirtiendo a estos en modos subalternos, es evidente que la disputa se generaliza, mucho más cuando la transformación tecnológica expulsa a cada vez más trabajadores de los procesos productivos.

La socialización de esos procesos incorporarían cifras escalofriantes al PIB de los paises si pudieran ser medidas, pero, al no hacerlo, ocultan un fenómeno de una magnitud nunca imaginada: todo un nuevo sector en crecimiento, que viene a unirse a la emergencia de una oleada de nuevas actividades en el ámbito de la economía social y solidaria y de la innovación social.

Este nuevo sector lo identificamos con el sector postcapitalista de la economía. Lo que defendemos es que la irrupción de la economía digital está abriendo las puertas a una transición desde el sistema capitalista a otro nuevo sistema, que el mercado y el capital van a ir coexistiendo de modo creciente con un sector que no opera con la lógica del beneficio ni con la lógica del mercado. Al igual que ocurrió en la larga y compleja transición entre el modo feudal y el capitalista, en la que convivieron lógicas muy diversas durante mucho tiempo, la descomposición del sistema neoliberal nos muestra ya las entrañas de los modos post-capitalistas.

Con ello se cierra el círculo: la expulsión creciente de trabajadores fuera del sistema mercantil se está viendo acompañada por el crecimiento de actividades que, teniendo utilidad social, ya no se mueven dentro de la lógica del sistema. Por una parte, el sistema capitalista construyendo una modernidad ficticia que desprecia la actividad productiva, expulsa trabajo, aboca a la desigualdad y se mueve en espasmos de burbuja en burbuja; por otro, el sistema poscapitalista, creando actividad y empleo en modos que las estadísticas no son capaces de medir.

Todo se pone patas arriba. La hegemonía de lo mercantil en el sistema productivo no solo se debilita por debajo, en las nuevas formas colaborativas que nacen al margen, sino también por arriba, donde lo financiero le come el espacio de la rentabilidad. La financiarización de la economía, la obsesión por crear valor financiero al accionista mediante plusvalías en los mercados, acelera la concentración empresarial y detrae recursos crecientes al sistema productivo que queda debilitado también desde la propia lógica mercantil. El nuevo capitalismo, el patrocinado por las grandes empresas tecnológicas, queda tambien subyugado por la obsesión financiera y acelera la construcción de monopolios, cuyas barreras de entrada se nutren ya de su potencia financiera, la lentitud de las instituciones para abordar nuevos marcos regulatorios y en el perfeccionamiento de modos de elusión fiscal aprovechando los resquicios en el control de los flujos intangibles internacionales.

La renta básica universal, parte del mismo debate

Es lógico que, en este contexto, aparezca la renta básica universal como parte de las soluciones. Pero ésta no debería ser enfocada solamente como una respuesta a las secuelas de pobreza que acarrea la crisis, sino que tiene un recorrido mucho más largo: es consecuente con una situación en la que la tecnología va sustituyendo al trabajo remunerado y el propio capitalismo comienza a expulsar el trabajo productivo y merma su mercado interno por falta de consumo. En ese contexto, al sistema no le queda más remedio que aceptar soluciones del tipo renta de subsistencia, a pesar de operar al margen de la lógica mercantil que lo contempla como ociosidad alienante y desincentivadora de la busqueda de empleo.

El reto, por tanto, es conectar su necesidad con nuevos mecanismos de valoración de la utilidad social de las diferentes actividades que crecen por todos lados al margen de la lógica de precios y costes. Son los espacios del no-capitalismo, las consecuencias de las formas crecientes del post-capitalismo que es necesario impulsar incorporándolas al relato de la transición hacia una verdadera modernidad.

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Este artículo fue inicialmente publicado en bez.es y se reproduce aquí con la autorización de los autores.

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