El fin del trabajo

Por Bruno Estrada*, Economista, adjunto al Secretario General de CCOO y miembro de EFC

Un primer error cuando se analiza la evolución del trabajo en el mundo son las equivocadas perspectivas que, con mucha habitualidad, eligen los analistas. A menudo se hacen consideraciones globales en base a lo que ven en su entorno inmediato, como mucho a lo que ocurre en su país.

Desde la crisis de 2008 hasta 2014 se han creado doscientos doce millones de puestos de trabajo netos en el mundo, según datos de la OIT, pero en el conjunto de los países desarrollados tan solo cien mil, y en la Europa de los 28 se han perdido tres millones setecientos mil.

Resulta evidente que si cada año se crean cerca de cuarenta millones de empleos en el conjunto del planeta, si hay ochocientos veintitrés millones de trabajadores más que hace veinte años, si hoy hay un total de 3.190 millones de trabajadores en el mundo no estamos en un proceso irreversible de fin del trabajo.

Comenta J. Livingston que “los economistas de Oxford que estudian las tendencias laborales nos dicen que casi la mitad de los trabajos existentes (…) están en peligro de muerte como consecuencia de la informatización”. Livingston, supongo, se refiere al trabajo de Frey y Osborne El futuro del empleo, un trabajo que ha sido tan cuestionado por los especialistas del ramo como difundido por los medios de comunicación generalistas.

Un reciente estudio de la OCDE de tres economistas alemanes (Arntz, Gregory y Zierahn), El riesgo de la automatización del trabajo en los países de la OCDE, un análisis comparativo, que no ha tenido el mismo eco mediático que el estudio británico, cuestiona la metodología de los británicos. Tan solo estudiaron con detalle el riesgo de automatización de setenta ocupaciones, y luego de forma mimética imputaron los ratios obtenidos a otras seiscientas treinta ocupaciones, sin analizarlas en profundidad.

Es más, un análisis más pormenorizado del trabajo de Frey y Osborne nos lleva a la conclusión de que el riesgo de automatización es mayor en los países emergentes. Una conclusión evidente ya que han sido a estos países donde se han deslocalizado la mayor parte de los procesos productivos fordistas de las cadenas de valor global y los trabajos rutinarios y mecánicos “robotizables”, debido al menor coste de su mano de obra por la inexistencia de sindicatos libres.

No podemos olvidar que China, el país que actualmente es la fábrica del mundo, no permite la existencia de sindicatos libres. Los más de doscientos millones de trabajadores que están afiliados a los sindicatos chinos no tienen derecho a una negociación colectiva libre. Ahí tenemos el gran agujero negro de la globalización en términos de derechos laborales.

¿Tienen los países desarrollados un problema de creación de empleo, y sobre todo de creación de empleo de calidad según los estándares laborales a los que estamos acostumbrados? Sí. Pero ese ya es otro problema, ya no es problema global, sino local, propio de países desarrollados, y de las políticas que en ellos se han tomado. Ahí deberemos enfocar el problema.

En primer lugar hay que partir del hecho, que a menudo se olvida, de que la fuerte destrucción de empleo generada en los países desarrollados de ambas orillas del Atlántico norte a raíz de la crisis financiera de 2007-2008 surgió en EE.UU. y se expandió rápidamente a Europa debido a la excesiva desregulación financiera de sus economías. Los informes del Fondo Monetario Internacional  (FMI) a partir del año 2012 suponen un cambio importante de la posición mantenida hasta ese momento por el propio FMI en relación con la liberalización de los movimientos de capital.

Los problemas de creación de empleo, y de empleo de calidad, en la eurozona vienen determinados fundamentalmente por las políticas de austeridad fiscal y devaluación salarial

En el Informe de 2012 del FMI se puede leer: “La liberalización de los flujos de capital tiene riesgos, que son mayores cuando los países aún no han logrado un nivel de desarrollo financiero e institucional suficiente (…) En este contexto no se puede presumir que la plena liberalización (de los flujos de capital) sea un objetivo apropiado para todos los países en todo momento (…) Como mostró la reciente crisis financiera mundial, flujos de capital grandes y volátiles pueden ocasionar riesgos incluso a países que han estado abiertos y obtenido beneficios de tales flujos durante mucho tiempo y que tienen mercados financieros muy desarrollados”.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que los problemas de creación de empleo, y de empleo de calidad, en la eurozona vienen determinados fundamentalmente por las políticas de austeridad fiscal y devaluación salarial que impusieron Alemania y otros países del norte de Europa, priorizando de forma errónea el control de la inflación sobre la creación de empleo, al contrario de lo que hizo el gobierno estadounidense de Obama. Ahí tenemos un problema en la eurozona, y particularmente en los países como España, Grecia y Portugal a los cuales se nos han impuesto importantes límites al crecimiento del endeudamiento público, que es el mejor mecanismo de incentivar la economía cuando el sector privado se retira debido a las incertidumbres generadas por el deficiente funcionamiento del sistema financiero.

Finalmente Livingstone parece referirse a EE.UU. cuando dice que un trabajo ya no permite pagar las facturas, al mencionar que un 25% de los adultos estadounidenses tiene salarios tan bajos que no les permiten superar el umbral de pobreza.

Entonces tal vez a lo que nos estemos refiriendo sea más bien a un problema más general sobre la distribución de la riqueza generada en EE.UU. que a un problema específico sobre el problema de creación de empleo, aunque ambas cuestiones están interrelacionadas: una distribución más desigual de la riqueza termina creando empleos de menor calidad.

Esta es la conclusión a la que llega Jordan Brennan, economista de Unifor, el principal sindicato canadiense del sector privado, y miembro del Canadian Centre for Policy Alternatives, que ha realizado una profunda investigación sobre la relación entre la desaceleración del crecimiento económico y el crecimiento de las desigualdades en Canadá y EEUU: Incremento de la concentración empresarial, debilitamiento del poder sindical y aumento de las desigualdades: la prosperidad americana en una perspectiva histórica. La conclusión que obtiene es que en aquellos lugares y épocas donde el poder de negociación de los trabajadores ha sido mayor la riqueza se ha distribuido de forma más equitativa y los salarios han tenido un mayor peso en la economía, como consecuencia de ello se ha registrado un mayor crecimiento económico, se ha incrementado en mayor medida la inversión productiva y se ha creado más empleo y de más calidad.

A partir de los años ochenta en EE.UU., cuando se asienta la hegemonía cultural neoliberal y el poder de negociación de los sindicatos se debilita, el incremento del PIB se ralentiza. La creciente desigualdad en el reparto de la riqueza hace que una parte creciente de los beneficios empresariales se haya dedicado a actividades improductivas que solo aumentan el poder de mercado de las grandes empresas. Entre 1895 y 1990 por cada dólar gastado en inversión en activos fijos las empresas de EE.UU. gastaron 18 céntimos en procesos de fusiones y absorciones. A partir de 1990 esta relación se incrementó exponencialmente hasta llegar a los 68 céntimos destinados a procesos de reestructuración y concentración empresarial por cada dólar invertido en impulsar la economía productiva. Como consecuencia de ello en los últimos veinticinco años la cuota de mercado de las 100 mayores multinacionales del mundo ha pasado de representar el 9% del total mundial en 1990 al 21% en la actualidad.

Este gráfico de la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS) de EE.UU. apoya las tesis de Brennan. Es a partir de mediados de los años 70 cuando se produce una brecha creciente entre los índices de productividad y los salarios reales en EE.UU., esto es, los trabajadores estadounidenses cada vez se llevan a su casa una porción menor de la riqueza que generan.

Es a partir de esos años cuando se empiezan a producir cambios muy importantes en la gestión empresarial. El 13 de septiembre de 1970 Milton Friedman escribió un famoso artículo, La responsabilidad social de la empresa es crear beneficios, que esparce dos perniciosas ideas en el campo de la gestión empresarial: 1) el principal objetivo de los directivos empresariales es maximizar el valor de la acción a corto plazo, por tanto la empresa ya no es un lugar donde hay que llegar a consensos internos entre los trabajadores y los accionistas, como consecuencia de ello se incrementó la financiarización de actividad productiva; 2) las grandes empresas deben externalizar gran parte de la actividad productiva, concentrando su actividad en la parte del proceso productivo que tiene más poder de mercado garantizado. De esta forma la creación de valor en la parte del proceso productivo que permanece en la empresa en gran medida se logra desvalorizando la parte externalizada, normalmente de procesos productivos estandarizados y homogéneos.

Los gestores de grandes empresas multinacionales han conseguido que los riesgos e incertidumbres que las fluctuaciones de la demanda generan en toda actividad económica se trasladen del capital (mayores o menores beneficios) a los trabajadores (mayor o menor desempleo). El empleo y los salarios se han convertido en la principal variable de ajuste en situaciones de crisis, como resultado de ello en EE.UU. los sindicatos han perdido más de tres millones de afiliados en los últimos treinta años.

El empleo que se crea en EE.UU. en los segmentos de menor cualificación es de muy baja calidad porque los trabajadores tienen mermada la capacidad de defender su salario y condiciones de trabajo. Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, ha llegado a la conclusión de que la tecnología digital está teniendo menos impacto en el mercado de trabajo que otras tecnologías introducidas en el pasado, como la electricidad, el automóvil, el avión, etc.

Dean Baker, codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), de Washington D.C., confirma que la excesiva atención que se presta a la digitalización como causa de la pérdida de puestos de trabajo tiene como objetivo evitar que se analicen las causas reales del deterioro de las condiciones de vida de millones de trabajadores que no son tecnológicas, sino políticas, derivadas de las medidas tomadas desde los años ochenta para debilitar a los sindicatos.

No es la revolución digital, sino la contrarrevolución neoliberal según Baker, la causante de la creciente precariedad y de los altos índices de desempleo actuales en algunos países.

La innovación tecnológica no determina una mayor desigualdad social, de la misma forma que los procesos de descentralización y la externalización productiva que se observan en el mundo empresarial desde hace décadas no vienen determinados por una lógica empresarial inapelable, sino por una determinada visión política sobre quién se debe beneficiar del esfuerzo de los trabajadores: los accionistas y los altos directivos.

Algunos trabajos desaparecerán, como ha sucedido en el pasado, pero no el trabajo. Puede que el ritmo y el número de disrupciones tecnológicas sea mayor, pero en las complejas, desarrolladas y democráticas sociedades del siglo XXI la conclusión no puede ser que el cambio tecnológico debe ser dirigido solo desde un punto de vista microempresarial, como sucedió en el siglo XIX, con los enormes costes y conflictos sociales que ello originó.

El elemento clave de la relación entre el grado de disrupción de las nuevas tecnologías y sus efectos en el empleo no son las tecnologías en sí mismas, sino cómo se aplican. Parece evidente que se dispone de tecnología suficiente para que los trabajadores de cajeros automáticos sean sustituidos por máquinas autoservicio y autopago, pero incluso en EE.UU. todavía hay tres millones de personas trabajando como cajeros. Es indudable que para realizar compras habituales en comercios cercanos los consumidores valoran otros intangibles humanos antes que aceptar relacionarse solo con máquinas.

Por eso es necesario reconstruir los debilitados consensos internos en la empresa, fortaleciendo la capacidad de interlocución de los sindicatos. Y, a la vez, establecer nuevas estructuras e instituciones que permitan alcanzar nuevos consensos en perímetros productivos-laborales más amplios, incluyendo las cadenas transnacionales de producción de valor que involucran a más de cuatrocientos millones de trabajadores en todo el mundo.

La responsabilidad de un empleo cada vez con menos derechos hay que buscarla en los políticos que impulsan unas legislaciones laborales que cada vez protegen menos a los trabajadores, como ha pasado en España, Francia e Italia. No busquemos a los culpables entre los robots o los chips, de forma que las responsabilidades sociales y políticas se diluyan.

 

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*Este artículo se publicó inicialmente en ctxt.es y se publica aquí con la autorización del autor.

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