Elecciones y desigualdad. El poder del 1% frente al 99%.

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Por Luis Molina Temboury, economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis.

Las aguas del poder no son cristalinas cual arroyo pirenaico, sino más bien turbias como en la desembocadura del Río de la Plata. Así de turbias. Pero la tarea de localizar peces gordos no es complicada distinguiendo clases de poder. Tenemos poder económico, poder político, poder social, poder militar, poder de los medios, poder financiero y muchos otros tipos de poder, como el de imaginar cómo podrían ser las cosas si el poder estuviese mejor repartido.

El más poderoso entre los poderes es el económico. No porque lo predijera un marxista, sino porque si no fuese preponderante no se explicaría lo que ocurre hoy en Brasil, en Venezuela, en Siria, en Sudán o en cualquier otro lugar del planeta. En España, sin ir más lejos. Es bien visible que aunque a la mayoría no le gusten los recortes sociales el poder económico puede imponerlos. Ahí está Grecia y la política de austeridad, que exprime a los de abajo para que los de más arriba sigan engordando. ¿Hay algo más extraordinario que quienes comandaban las empresas que provocaron la crisis (Lehman Brothers, Goldman Sachs) estén al mando del timón en Europa, conduciéndola aceleradamente hacia su desintegración? Bueno, sí que lo hay. El increíble caso de los paraísos fiscales, donde los grandes ricos esconden su dinero para que, los que no lo son, les paguen sus impuestos. Tan fácil de echarles el cierre (el Reino Unido tiene soberanía sobre un tercio de ellos) como difícil de justificarlos ante la opinión pública. Pero ahí están también, espléndidos y relucientes. Poder económico en estado puro.

En los tiempos que corren es evidente que el poder económico tiene la supremacía, y también que viene ganando peso. En paralelo, las instituciones del poder político, sean nacionales o transnacionales lo van perdiendo. Al poder económico le estorba cualquier otro poder y hace lo posible por quitarlos de en medio, porque es consciente de que el poder político puede imponerle una agenda social diferente a su agenda individualista, por cierto, antisocial. Es por eso que no debemos desanimarnos ante la posibilidad de que la mayoría social consiga el poder político. Si el poder político estuviese vencido y desarmado ante el poder económico podríamos ahorrarnos ir a votar y sentarnos a esperar el cantado colapso final de un sistema económico global que pretende un objetivo, no se nos pierda de vista, que es irracional por imposible: una desigualdad extrema, creciente y sin línea de meta. Por mucho que retroceda la democracia, sólo la democracia podrá cambiar ese rumbo enajenado del sistema.

El poder político lo otorga la democracia en los países que tienen la suerte de tenerla. Y digo suerte sin olvidar los logros de las luchas sociales a lo largo de la historia, pero teniendo presente que la gran potencia (no militar, ni mediática, ni otra cosa) que guía la economía capitalista mundial es China. Cuestión de suerte, porque nacer en un sitio o en otro define bastante nuestra situación y nuestro futuro. Y porque sería injusto pretender que los chinos, o los rusos, o los haitianos, han luchado y sufrido menos por su pueblo que los suecos, por ejemplo. A donde quiero llegar, tras este rodeo, es a que localizar el poder político es bien fácil. No hay más que tirar del listado de miembros de las instituciones chinas, norteamericanas, o españolas, si es el caso, y ver su procedencia. Tantos diputados del PP, del PSOE, de Unidos Podemos, de Ciudadanos… En dictadura o en democracia el poder político se distingue fácilmente por sus títulos. Puede ser que un asesor mande más que un ministro, pero será porque este no lo sepa o porque se deje. Un ministro siempre es un ministro.

El poder económico es más difícil de descubrir porque no gusta de exhibirse, pero le interesa mucho, muchísimo, el reparto del poder político. Por eso mueve todos los hilos a su alcance en periodo electoral. Y por eso los programas de los partidos, y su aplicación real, llegado el caso, están trufados de poder económico.

Distinguir un poder de otro, la preponderancia del económico y la importancia del político, aclara bastante las aguas del poder. En ocasiones, el maridaje de ambos poderes es evidente, siempre hay millonarios en el Consejo de Ministros, pero otras no lo es tanto. Se puede ser hijo de una familia de clase obrera y comandar los intereses del Ibex 35. Y tampoco hay que olvidar que dentro de cada poder se libran batallas internas, como la del PSOE entre neoliberalismo y socialdemocracia en la esfera económica, o, como comentaba en este otro artículo, la del candidato Trump en Estados Unidos en el terreno político.

Para valorar el poder económico hay que saber que su mejor medida es el patrimonio, no las rentas. Al poderoso, como al cacique, se le distingue por lo que tiene, no por lo que gana, no me cansaré de repetir. Según el reparto del patrimonio, el 1% de la población española posee el 27,2% de la riqueza conjunta. Pues bien, dentro de ese 1% está el poder económico español entero y completo. Tal cual. Porque tener algo más de la cuarta parte de la riqueza conjunta, siendo sólo el 1% de la población, significa tener poder absoluto sobre esa parte, en propiedad, pero también que se tiene mucho sobrante para dominar mucho más. A través de múltiples mecanismos, medios de comunicación, asesores y puertas giratorias, ministros que elaboran las leyes que interesan, directivos y consejeros aquí o allá, se puede controlar prácticamente toda la economía. Y eso es lo que ocurre. Un investigador español, al que hacía referencia en el artículo anterior, calculaba hace diez años que el 0,035% de la población española, a través de una tupida red de consejeros, controlaba entonces el 80,5% del PIB. Controlar las rentas, los flujos, el PIB, es la forma mejor de acrecentar lo que se tiene: el patrimonio. Y como los de más arriba, dentro del 1%, quieren tener siempre más (por qué y para qué es un misterio que estaría bien que desvelaran), procuran controlar de todas las formas posibles cualquier flujo de renta que pueda seguir engordando sus patrimonios.

Que la práctica totalidad del poder económico esté en manos de un reducido grupo que supone menos del 1% de la población no quiere decir que todos los demás vivan como parias, claro está. Hay otro tipo de poder, el poder social o sociológico, que se refiere al peso que se tiene o puede tenerse en la sociedad. Su mejor medida es también el patrimonio, porque además del prestigio, las dotes de liderazgo, las rentas o la fama, el patrimonio es lo que mide mejor esa capacidad de influir en la sociedad que es el poder social.

La dinámica del sistema económico viene determinada por la ambición desmedida de la cúpula de arriba, obsesionada por controlarlo todo para tener siempre más, pero la estructura social no es tan extremista. Porque, aunque los que mandan entre el 1% estén inmersos en esa competición por tener más que nadie, la mayoría, afortunadamente, está en otras cosas. Si no fuese así, hace tiempo que habría reventado la especie humana. Esto no quiere decir que todos los de arriba o los de abajo estén a lo mismo. Se puede tener un buen patrimonio y no aspirar a controlar la economía ni estar empeñado en tener más. También se puede no tener nada y aspirar a tenerlo todo, pero querer no significa poder. Por eso, lo que se tiene, el patrimonio real, es un buen medidor del poder social, un poder que no hay que menospreciar porque puede tener una influencia decisiva sobre el poder político, el más importante para someter el poder económico a los deseos de la mayoría.

Veamos la estructura del poder social en España. Ya explicaba en otros artículos que, tras el 1%, la clase capitalista, hay una clase media alta, alrededor del 9% que está muy bien situada. Posee el 28,7% de la riqueza conjunta. Tras ella, se puede hablar de una clase media que puede oscilar entre un 20% y un 30% (siendo muy generosos, porque en esos tramos las fronteras son difusas y porque la media estadística de lo que tienen es menos representativa que la mediana, bastante inferior). El resto de esta clasificación de poder sociológico, que no económico, sería la clase trabajadora, entre un 60% y un 70%, en cuya base habría un precariado de alrededor de un 30% pasándolas canutas.

No debe confundirse, insisto, la clasificación del poder social con la del poder económico. Estar en la clase media-alta o en la clase media significa tener un poder holgado de opinión, de bienestar o de consumo, pero nada más. Un alto directivo de una de las empresas del IBEX, por grandes que sean las rentas que perciba, sólo tendrá poder en cuanto que siga la agenda del poder económico del 1%. Si pretendiese ir por libre su poder económico se esfumaría en un instante. Esto es tan claro como que, si no fuese así, tampoco estaríamos viviendo en un planeta en el que una organización del poder económico extremadamente desigual, la del 1%, ha conseguido sumergirnos a todos en una devastación ecológica tan espectacular que ha provocado un cambio climático, y sin alternativa a la vista.

¿Se imaginan a un directivo de REPSOL que tenga como prioridad profesional que la empresa en la que trabaja no contamine? A que no. ¿Y a un Ministro de Medio Ambiente que tenga intereses en una petrolera? A que sí. Pues eso. También puede ocurrir que altos directivos hayan votado a Unidos Podemos. Es lo que se deduce de los informes del CIS. Porque se puede tener un destacado poder social por tener un buen sueldo de directivo, poco poder económico, por no ser propietario de la empresa que se dirige, y desear un poder político distinto del económico al que se sirve. Como también se puede ser un humilde trabajador, sin poder económico ni social alguno, o el asustado integrante de una clase media en retroceso, y apoyar ciegamente con el voto al más puro establishment económico.

Por ir clareando las aguas, resumo. Tres poderes principales deciden lo que ocurre en la sociedad.

Poder económico. Es el poder del 1% de arriba que marca la agenda económica. Esto es así, nos guste o no, y seguirá siendo así, mientras el sistema capitalista global, sometido a una corriente radical, el neoliberalismo, que ignora la desigualdad o que incluso la considera positiva, no sea reajustado o sustituido por otro modelo distinto. El 1% procura siempre controlar el poder político, como ahora en España con el PP en el gobierno (y subiendo) y también el poder social. Para controlar ambos poderes cuenta con herramientas varias (lobbies, puertas giratorias, sobornos, corrupción) y voceros (medios de comunicación, laboratorios de pensamiento neoliberal) que suelen propagar mensajes conformistas, individualistas, de sumisión, de miedo al cambio y a los demás.

Poder político. No es predominante, así que no deben extrañar el Brexit, el ascenso de la extrema derecha en Europa, el de un partido anegado por la corrupción en España o la cercana posibilidad de que el botón nuclear quede en manos de Donald Trump. Cualquier síntoma de irracionalidad colectiva es porque el sistema responde a una razón económica minoritaria, por cierto irracional: la acumulación patrimonialista sin límite en un entorno de desigualdad extrema y creciente. El poder político puede confrontar al 1%, imponiendo un programa que alivie a los excluidos por el poder económico, pero para ello necesita una sólida mayoría social, lo que no es fácil con toda la artillería que tiene a su disposición el 1%.

Poder social. Es necesario para impulsar un poder político que ponga solución a la aguda desigualdad que genera el plan del 1%. Su clasificación aproximada actual en España: un tercio de precariado, en la pobreza o la miseria, un tercio de clase trabajadora, que sale adelante con gran esfuerzo, siempre temiendo caer en el precariado, una clase media, de un cuarto de la población, que puede caer también hacia abajo, pero que tiene alguna posibilidad de afianzarse hacia arriba, y uno de cada diez españoles que tiene bien apuntalada su situación económica. Entre estos últimos, el famoso 1%, que controla el poder económico y quiere controlar también los otros dos poderes principales.

Habrá quien se pregunte si merece la pena votar cuando la agenda global del 1%, la acumulación patrimonialista sin fin, seguirá siendo protagonista del cambio climático, de tantas atroces injusticias sociales en el mundo, de tanta violencia y de tanta falta de libertad. La respuesta es un sí con mayúsculas. Porque aunque la desigualdad patrimonial cabalgue desbocada por el mundo hasta que encontremos un plan global para embridarla, existen paliativos muy eficaces contra ella que sólo pueden aplicarse con un poder político que defienda los intereses del 99%. O al menos que no defienda los intereses del 1% en exclusiva.

Bajo la globalización capitalista es difícil actuar contra un crecimiento de la desigualdad patrimonial que avanza tanto en Bulgaria como en China, en Rusia, en India, en Estados Unidos, en Pakistán y también en Suecia. En todas partes. Mientras no cambie ese proceso, comandado por el 1% parecería que todo es inútil, pero no es así. Se puede evitar echar gasolina al fuego, y eso no es poco. Se pueden mejorar las desigualdades de renta, destinar transferencias donde más se necesitan, potenciar los servicios públicos, organizar mejor la carga de la fiscalidad, subir el salario mínimo, acabar con las puertas giratorias entre la política y la economía, ejercer la transparencia para evitar la corrupción, mejorar el sector público en vez de rapiñarlo, dar preferencia a las pymes frente al IBEX 35, potenciar un modelo energético para la mayoría, defender a Europa frente a los poderes que la han secuestrado, consensuar otra política para el mundo… Se pueden hacer muchas cosas, pero para hacerlas hay que vencer en el terreno político bajo un poder económico omnímodo que tiene hechizado al poder social. Una tarea nada fácil, ni en España ni en ningún otro sitio.

Consiguiendo el poder político para aplicar un programa favorable a la mayoría social se podrían cambiar muchas cosas, es verdad, pero tampoco hay que pecar de optimismo. Todas esas medidas sólo serían paliativos para ganarle tiempo a una enfermedad que avanza por el mundo hacia su estado terminal: una desigualdad extrema y creciente comandada por una minoría patológicamente insaciable de poder. Hasta que nos pongamos de acuerdo en imponer un límite global al patrimonio seguiremos la agenda de quienes están obsesionados por tener siempre más. Y bajo la guía de ese programa no debiera extrañarnos ningún resultado irracional.

Próxima parada ¿Donald Trump?

 

 

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