Grecia: una reflexión antes del acuerdo

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Por Carles Manera, Catedrático de Historia Económica y miembro de Economistas Frente a la Crisis

La directora del FMI lanzó la ironía más ácida, tras la entrevista con el ministro Varoufakis: “quiero un adulto en la sala”, espetó contundente. La frase respondía a otra previa del mandatario heleno, al calificar de “criminal” la actitud del FMI en relación a Grecia.

Quizás Varoufakis se excedió verbalmente, pero no es menos cierto que las cómodas diatribas del FMI, que surgen de acomodaticios despachos y desde atalayas privilegiadas, acaban sonando, si no a “crimen”, sí al más acendrado de los cinismos. Reclamar a un país que está exhausto que todavía se precipite hacia la anorexia económica, no deja de ser un sarcasmo de mal gusto. Máxime cuando ese raquitismo económico se traslada a las clases más vulnerables de la sociedad helena y a sus servicios básicos. Seguro que Varoufakis debió pensar, ante la reprimenda de Lagarde: “usted solicita un adulto; yo sólo pido alguien, niño o adulto, que tenga sentido común”. Porque esto, sentido común, es lo que está fallando en todo el proceso griego. Se acusa a Tsipras de “jugar” con los tiempos, y de ofrecer medidas inaceptables para la Comisión Europea y el FMI. Pero lo que no tiene sentido es que todos los circuitos financieros que se están poniendo en marcha conduzcan al mismo bucle perverso: la descapitalización de Grecia. Se deja dinero por un lado, y se reclama por otro, sin opción para que ese flujo monetario pueda impregnar lo más relevante: el tejido productivo y el consumo. Así no se sale de una crisis; se agudiza y se retrasa la recuperación. Los casos de historia económica que avalan esto son más numerosos que los que dicen lo contrario. La fe y la ideología no pueden sustituir la realidad económica.

Voces autorizadas en el campo de la Economía ya han lanzado alertas sobre la situación griega, si se tensa demasiado la cuerda. Y, de rebote, las consecuencias que ello puede tener sobre el conjunto de la Unión Europea. Unos puntos merecen destacarse:

  1. Es un error, a mi juicio, minimizar el impacto del Grexit en el actual momento económico-político. Barry Eichengreen, un gran historiador económico norteamericano, gran conocedor de la Gran Depresión de 1930 y de la Gran Recesión actual, ha indicado que la salida de Grecia multiplicaría por 3 o 4 las consecuencias que, en su contexto, tuvo la caída de Lehman Brothers, en septiembre de 2008. Una catástrofe económica en toda regla. A esto deben recordarse otros factores nada desdeñables: el referendum en Gran Bretaña, que puede sancionar su salida de la Unión; y la tensa situación en Rusia y en sus fronteras, hechos que han reverdecido todos los fantasmas de la guerra fría, con movimientos de tropas y sentimientos de incertidumbre.
  2. Si se tiene en cuenta lo anterior, y se trata de preservar la Unión Europea, los desenlaces son limitados, a parte de la obcecación suicida en mantener el círculo negativo en el que está envuelta Grecia –y la Unión– ahora mismo. En tal sentido, la renegociación de la deuda aparece como un objetivo plausible, con el BCE, con el FMI y con el EFSF. Pero, atención, eso implica un movimiento clave: Grecia debe suspender pagos en el curso de esas negociaciones, de lo contrario seguirá actuando bajo presiones inaceptables.
  3. ¿Cómo concretar una suspensión de pagos? Aplicándola al FMI. Es decir, dejar de pagar al FMI. ¿Por qué? Básicamente, porque el grueso de la deuda griega no es pública, sino privada. Y es insostenible. Los gastos públicos no son los máximos responsables del incremento de las deudas públicas, al menos en España y en Grecia. El mensaje que se ha trasladado a la ciudadanía ha sido el contrario: la economía pública se ha presentado como despilfarradora, y se han puesto sobre el tapete casos concretos –y muy deplorables– de pésima gestión pública, relacionados además con la corrupción, como estandartes de que lo público no funciona, gasta mucha y es ineficiente. Pero poco se dice que los rescates bancarios en Grecia se consagraron a salvaguardar a los acreedores privados, a pesar de la insostenibilidad en el retorno de dicha deuda. Y que el FMI, en definitiva, prestaba a un país insolvente, y lo sabía. He aquí su responsabilidad (y, tal vez, su falta de legitimidad). El impago heleno al FMI excluiría a Grecia de otros proyectos que pudiera tener la institución; eso es cierto. Pero es poco probable que, como contrapartida, el BCE alimentara eldefaultgriego: un 2,5% sobre el PIB europeo es poco, pero es mucho más que lo que representaba Lehman Brothers. Y ya se ha visto el arrastre que tuvo ese movimiento, a parte de las cuestiones que, internamente, minaban la economía.

Probablemente, en estas negociaciones haría falta escuchar más voces que, tal vez, tengan argumentos distintos para enfrentarse a un problema de deuda soberana (y deuda privada) que no es desconocido en la historia económica.

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