La economía de los deseos

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Por Luis Molina Temboury, economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

Hay quien piensa que los economistas somos como animalitos luchando por sobrevivir en un medio hostil. Erizos que despliegan sus defensas ante las crisis o zorros que las sortean con astucia hasta que retorna la normalidad, el orden. Otros nos ven cual ingenieros, arquitectos o fontaneros especialistas en conservar y reparar la maquinaria del sistema.

Ante las opciones de esos catálogos me declaro abiertamente ornitorrinco, brujo, adivino, zahorí o como se quiera denominar a quienes no aceptan que el marco capitalista global sea un medio ambiente natural o una maquinaria imparcial. Y como irredento nigromante me atrevo incluso a cuestionar la definición oficial de nuestra doctrina.

Entre las acepciones de la RAE para la palabra Economía, la que interesa a la actividad de nuestro gremio es:

“Ciencia que estudia los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas materiales, mediante el empleo de bienes escasos.”

Pues bien, cuestiono la primera palabra, “ciencia”, que mucho habría que matizar por la exigencia de objetividad y acierto predictivo que sería exigible a un método verdaderamente científico, cuestiono el final de los “bienes escasos”, que la RAE da por sentado minimizando el formidable capital que tienen algunos, y sobre todo cuestiono ese meollo central de la satisfacción de las “necesidades humanas”, que no hay manera de encajar.

Veamos. Construir muros entre países, fabricar armamento nuclear, especular en los mercados de materias primas, extraer petróleo mediante fracking, erigir por las calles gigantescos muñecos que arderán en la hoguera después o comprarse unos cuernos de reno por Navidad, por poner unos cuantos ejemplos, son actividades perfectamente clasificables como de la economía, pero tienen bien poco de humana necesidad. Sería lógico, es verdad, que la economía se dedicase a satisfacer las necesidades humanas, pero entonces no se explicaría que tengamos ochocientos quince millones de hambrientos y que a la par ocho personas sumen tanta riqueza como media humanidad. Parece que la RAE describe lo que debiera ser la economía, no la realidad de lo que es.

Claro que igual la RAE no se refiere a necesidades humanas colectivas sino individuales y considera que poseer 86.000 Millones de dólares, como tiene el más rico del mundo, es una plausible necesidad personal, aunque a otros nos resulte chocante. Y debe ser también que las necesidades humanas de la “grande bellezza”, por extravagantes que puedan ser, son perfectamente equiparables, más divertidas por cierto, a las de todo ese inmenso populacho que no tiene qué comer. Necesidades son, al fin y al cabo, según la RAE.

Pero, como endemoniado beligerante con la santa ortodoxia económica que soy, me atrevo a enmendar la plana a la RAE y proclamo que su definición confunde necesidades con deseos. Y que los deseos, el origen de todo sufrimiento que dicen los budistas, y con toda razón cuando son también urgentes necesidades, no deben considerarse ajenos a la cuestión. Y que, si no se detalla mejor, señores de la RAE, la definición de “economía” valdría también para “industria del papel higiénico” -por lo de las necesidades humanas y la escasez de madera para el papel-, lo que, vistos los resultados de nuestra profesión, sería una acertada metáfora pero también una confusa ambigüedad.

Según la RAE, los economistas debemos encontrar el método científico más eficaz para hacer realidad esas necesidades humanas materiales sin distinción, ya sean las de la mitad de la humanidad que malvive en la precariedad o las aspiraciones incumplidas de los mil-millonarios que gobiernan desde el poder político, como Donald, Vladimir, Salmán, Kim, Recep… o desde el poder económico, los no menos famosos Bill, Warren, Jeff, Amancio, Mark… Y por ahí no paso. Porque todos estos señores (permítaseme la expresión, ya que en la cúspide del poder, como en la RAE, escasean las señoras) debieran saber que cuando alguien que ya tiene mucho acapara siempre más, los demás corren el riesgo de quedar sin nada, y que las necesidades de todos los seres humanos tienen un orden de prioridad.

Así que dejo aquí mi definición alternativa y hereje para competir con la citada acepción de “economía” de la RAE:

Economía: Disciplina de las ciencias sociales que, para evitar los desastres y desgracias que tienen su origen en la cuestión irresuelta de la desigualdad, y con el objetivo de alcanzar el nivel óptimo de bienestar de todos y cada uno de los miembros de una sociedad, intenta equilibrar deseos, poder y libertad mediante la aplicación de regulaciones sensatas que proporcionen una situación aceptable y mejor a los presentes y a quienes vengan detrás.”

Sí, ya sé que es una definición que sólo sirve como expresión de lo que debe ser la economía, como la de la RAE, pero por algo hay que empezar. Si conseguimos ponernos de acuerdo en lo que debe ser igual conseguimos mejorar lo que es, que buena falta hace. Y también es verdad que es una definición demasiado extensa, pero cada sección tiene su justificación.

Para empezar, nos dejamos de “ciencia” a secas, que parece pura, y definimos la economía como “disciplina”, pero, para que los economistas amantes de las matemáticas queden contentos, la volvemos a poner después, acotando, eso sí, a las “ciencias sociales”, no vayamos a confundir apasionantes experimentos de laboratorio con la interconectada realidad social.

Sigue después entre comas ese “para evitar los desastres y desgracias…” que parece superfluo, pero que no lo es. En realidad es parte esencial de la definición porque a lo largo de la historia todos los sistemas económicos han terminado hundiéndose por la misma causa, “la cuestión irresuelta de la desigualdad”, ya sea por su crecimiento desproporcionado o por la recurrente incapacidad de los gobernantes –fabulosos nadadores de la abundancia, salvo honrosas excepciones– en proporcionar bienestar suficiente a su pueblo.

Lo de que el “nivel óptimo de bienestar” debe ser “de todos y cada uno de los miembros de una sociedad” es para que no se nos olvide que el bienestar del Sr. Trump, por poner un ejemplo, es igual de importante que el de quien a la desesperada se echa al mar en una patera huyendo de las bombas que fabrican los colegas multimillonarios del Sr. Trump, por poner otro.

Viene después eso de “equilibrar deseos, poder y libertad”, que puede parecer extraño a nuestra disciplina, pero que tiene también fundamento. Como los deseos, o esas necesidades a las que se refiere la RAE, son particulares y peculiares, hay que evitar que puedan imponerse por la fuerza a los demás. La democracia se inventó para evitar que gentes de exagerada ambición política se apropiasen del poder. De momento hemos inventado poca cosa para evitar lo mismo con gentes de exagerada ambición económica, y ahora nos encontramos con que este segundo prototipo ha dado el salto a la política controlando ambos poderes, con democracia y todo (me ahorro el ejemplo para que no digan que me repito).

Y, por supuesto, además de los deseos y el poder hay que citar la “libertad”, no la descerebrada supresión del orden social que predican algunos economistas que se dicen liberales, sino la verdadera y auténtica libertad. Nunca está de más resaltar su importancia, porque los sistemas económicos pueden funcionar mejor sin libertad, el caso de China, pero la factura en términos de infelicidad y sufrimiento es siempre demasiado cara, por mucho que se intente ocultar.

Lo de “regulaciones sensatas” puede parecer también cogido por los pelos, pero es que por más vueltas que le doy sigo sin explicarme cómo puede ser legal que cualquiera pueda acumular riqueza sin límite ni proporción, aunque sea por una omisión de la regulación. Los niños entienden bien pronto que “hasta el infinito y más allá” es sólo un juego, y sin embargo los mil-millonarios que nos gobiernan siguen confundiendo ese juego con la realidad. Pero como los recursos del planeta son finitos (los economistas no tenemos por ahora jurisdicción en otras partes del universo) no nos queda más remedio que mostrarles el camino de la sensatez. Y si insisten en tener siempre más (son como niños) habrá que ponerles un límite y explicarles que es por su bien, porque gracias a esa llevadera moderación la economía funcionará mejor y la vida será más divertida para todos. Para ellos también, aunque ahora, cegados por su infinito deseo, que sólo aporta sufrimiento por doquier, no lo terminen de ver.

Establecer una limitación al patrimonio personal, como vengo defendiendo desde aquí, aportaría al sistema capitalista la base imprescindible de sensatez que le falta. Pero si limitar el patrimonio fuese a su vez error o insensatez, alguna otra receta sensata y factible (hay loables deseos muy poco factibles por falta de poder, como eso de que paguen impuestos los ricos que se defiende en este, por otro lado magnífico, documento), alguna iniciativa sensata, decía, tiene que existir para evitar otro triste final por la siempre irresuelta cuestión de la desigualdad. Y si no la hay ¿a qué perder el tiempo con tanta economía?

El añadido final de proporcionar “una situación aceptable y mejor a los presentes y a quienes vengan detrás” tampoco es gratuito. Cumplir los deseos de los transeúntes que ahora poblamos la Tierra a costa de dejar el planeta hecho unos zorros a quienes nos sucedan es muy poco elegante y menos aún sostenible. Por lo del cambio climático, más que nada, que algo tiene que ver con la actividad económica.

Y si la anterior disquisición fuese tachada de ocurrencias de pirado visionario, me consolaré pensando que no soy el único bicho raro que cuestiona la función y utilidad de eso que la RAE define como economía. Vean si no este artículo en el que un reputado economista español resume la rabia y frustración del Economista en Jefe del Banco Mundial, nada más y nada menos, por lo que es la economía en la actualidad. Tal vez por habernos despistado un poco sobre lo que debe ser.

Feliz año a todos los economistas y al resto de los humanos que disfrutan y padecen nuestros aciertos y errores.

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