Los economistas se movilizan contra la desigualdad

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Por Luis Molina Temboury, economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis

Tras el escándalo desatado por los Papeles de Panamá, OXFAM ha lanzado una novedosa campaña que nos llega a España a través de Oxfam-Intermón. La acción pretende movilizar a los economistas para presionar a los políticos que acudirán a una próxima cumbre contra la corrupción prevista para el 12 de mayo en el Reino Unido. Se trata de conseguir el cierre de los chiringuitos fiscales, que no son un instrumento deseable de la globalización económica, como algunos pretenden, sino pestilentes nidos de corrupción que impulsan la desigualdad y perpetúan la pobreza. Uno de los promotores de la carta, Gabriel Zucman, ha calculado que el dinero oculto en esos lupanares financieros asciende a 7.600.000.000.000 dólares. Quienes los usan son, evidentemente, muy poderosos y llevan tiempo yéndose de rositas. En esta nueva cumbre lo intentarán de nuevo argumentando la supuesta privacidad de su dinero y las ventajas de la competencia fiscal, frente a la evidencia de que tales pudrideros tienen un rol antisocial.

Aquellos economistas que quieran firmar para intentar acabar con lo que la carta denomina “la era de los paraísos fiscales” pueden hacerlo en este enlace sin olvidar consignar en “other” (la carta está en inglés) su nombre y actividad o título profesional. Los economistas que la respaldan, famosos o no, vienen de distintas corrientes ideológicas y tendrán su propia motivación para firmarla. Yo expongo la mía a continuación intentando que sea comprensible a quienes no sean economistas.

Tomaré como base el gráfico adjunto, que representa el reparto de la riqueza en el mundo. De él yo deduzco que estamos sumidos en la vergüenza y en una situación insostenible. Una vergüenza porque refleja que miles de millones de hambrientos y desesperados conviven con fortunas personales de vértigo, mayores que el PIB de países de gran población. Y una situación insostenible porque esa acumulación de poder económico, creciente año tras año, no sale gratis al conjunto de la sociedad. Supone una acumulación creciente de poder a secas, es decir, conduce a una segura dictadura donde unos pocos mandarán y los demás tendrán que obedecer.

Ya sabemos (no a ciencia cierta, porque, como explicaba en este otro artículo, ni siquiera disponemos de estadísticas fiables sobre desigualdad) que el 1% de la población mundial posee lo mismo que el restante 99%. Pero ese dato no representa la verdadera magnitud del problema de la desigualdad. Dentro de la cúspide que compone el 1% de privilegiados, los vientos que empujan hacia una mayor desigualdad no amainan sino que arrecian furiosos. Según cálculos de OXFAM, las sesenta y dos personas (62) más ricas del mundo, poseen lo mismo que tres mil seiscientos millones de seres humanos (3.600.000.000). Esto evidencia que entre la élite del 1% de arriba la lucha por tener más y más, siempre más, por mucho que tengan, es todavía más encarnizada que por debajo. Increíble ¿verdad?

Con estos datos es lógico que mucha gente se pregunte cómo hemos podido llegar hasta aquí, qué futuro nos espera y quiénes son los responsables. Porque el sistema económico que impera en el mundo es completamente irracional, al menos en sus resultados. Para responder a esas preguntas hay que empezar primero por explicar que el capitalismo es muy, pero que muy eficaz generando riqueza. Lo siento por quienes, hartos de un modelo que genera una pavorosa destrucción ecológica y una insoportable desigualdad, militan en el anticapitalismo. Lo cierto es que en las tres últimas décadas cientos de millones de asiáticos han conseguido salir de la pobreza por obra y gracia del capitalismo. Por eso, a una mayoría de chinos, en especial a los jóvenes, las críticas de los anticapitalistas de occidente les parecen de chiste. A esos mismos chinos les provoca menos risa la creciente destrucción del medio ambiente y los abusos de los ricos, como a nosotros. Pero salir de la pobreza nunca ha sido fácil, tampoco para los chinos.

reparto riqueza

El capitalismo es muy eficaz porque la concentración de capital hace posible el milagro de la productividad. Poniendo las máquinas a trabajar se puede producir más con menos esfuerzo y conseguir hazañas increíbles, como aligerar las duras tareas del campo o que podamos llevar en el bolsillo un dispositivo con unas prestaciones inimaginables hace sólo un par de décadas. Una industria que aproveche la productividad de la fabricación en serie puede abaratar costes y precios, extender sus productos para hacerlos asequibles a capas crecientes de la población y comandar una economía que bien organizada impulse otros sectores. Porque la productividad derivada de la concentración del capital en la industria impulsará nuevas actividades. Se necesitarán buenas infraestructuras de transporte, los asalariados de las fábricas desearán tener mejores casas, hospitales y colegios que habrá que construir, se requerirán profesionales para atender esos servicios básicos y muchos otros no tan básicos pero que generarán bienestar, nuevos empleos y, lo más importante, cohesión social. Es gracias a ese proceso de acumulación de capital, primeramente en la industria, y por la extensión de su productividad a otros sectores, que países devastados, como Alemania tras la segunda guerra mundial, o muy atrasados, como la China de los años ochenta, han conseguido sacar de la pobreza a la mayoría de sus ciudadanos en muy poco tiempo.

El desarrollo industrial es un proceso dinámico que tiende a la globalización, porque las ganancias de productividad crecen en mercados más amplios. Cuanto más se produce, más barato se puede vender, pero sólo en sectores que modernizan, o por lo menos copian, tecnología para aplicarla. Porque tan importante como el desarrollo de la industria es su actualización. De quedarse atrás se corre el riesgo de generar ciudades fantasma como Detroit. Por eso muchos economistas insistimos en la importancia de invertir en investigación y desarrollo.

Cada sector tiene su peculiaridad, y la de la industria es conseguir una gran productividad del capital. Esto no quiere decir que el sector industrial deba ser creciente, sino que debe ser productivo, lo que a menudo significa lo contrario a expandirse. Una sociedad desarrollada no se distingue por tener una gran industria sino por tener buenos servicios. Buenos peluqueros los hay en Estocolmo y en Calcuta, y si cualquiera de ellos intentara competir en productividad con su industria fracasaría, porque cortar el pelo demasiado rápido para atender a más clientes es probable que termine por espantarlos a todos. Lo que distingue a los peluqueros de Suecia respecto a los de la India es que los primeros llevan una vida holgada. El desarrollo industrial de Suecia ha conseguido sostener una sociedad, mayoritariamente de servicios, que a La India le queda muy lejos.

Una economía con demasiado peso en el sector servicios, como es el turismo, que descuide su propia industria y que dedique muy poca inversión a investigación y desarrollo tecnológico está abocada a ser dependiente, a ser pobre o a estancarse, el caso de España. Poco más se necesita saber en lo tocante a nuestra economía doméstica. Pero debemos seguir para terminar de entender lo que ocurre a escala global.

Ya vemos que la acumulación de capital empresarial más que intrínsecamente perniciosa es potencialmente beneficiosa. Pero… hay un enorme pero. La acumulación de capital sólo será positiva para el conjunto de la sociedad si, y sólo si, la riqueza generada por las ganancias de productividad son repartidas. Si una minoría se apropia del capital empresarial y de los flujos de renta para transformarlos en nuevo capital personal el modelo será indeseable. Porque el crecimiento de la riqueza puede entonces significar ganancias desproporcionadas para unos pocos y pobreza para muchos, y en esas estamos según el gráfico. Y si además, instrumentos para la producción, como son el dinero y el crédito, se desarrollan sin control generando una economía paralela de casino donde ya no se trata de producir, sino de apostar alegremente a ganar siempre más, aun a costa del hambre de cientos de millones de personas por la subida del precio de las materia primas, de las víctimas de guerras interminables por el control de los recursos, o de la destrucción de los ecosistemas, la situación puede pintar catastrófica. Y en esas estamos también.

El capitalismo tiende a la desigualdad porque necesita concentración de capital, pero ese problema tiene fácil solución. Porque las empresas, aunque puedan necesitar capital empresarial para ser más productivas, de ninguna manera requieren que ese capital esté concentrado en pocas manos. Al contrario, cuando el capital empresarial responde a los intereses de una élite minoritaria, es probable que se produzcan abusos indeseables, que el medio ambiente sea devastado, que los mercados tiendan al monopolio o que la mayoría no tenga posibilidad alguna de prosperar, porque la igualdad de oportunidades requiere unos estándares mínimos de calidad de vida para todos. Y lo peor, si la sociedad no impone un límite a ambiciones personales exageradas el poder será copado por arribistas indeseables que utilizarán todo tipo de artimañas para tener siempre más, por mucho que tengan, y a expensas de lo que sea. La convivencia de la riqueza extrema con grandes bolsas de pobreza, con el cambio climático, con los grandes negocios de la guerra o con la extensión de la corrupción como práctica incluso legal, no es casualidad. Todos esos problemas no son producto de la maldad de los seres humanos. Son efectos colaterales de la desigualdad. La otra cara de la moneda de un sistema que aúpa al poder a los más insaciables ambiciosos, que no son precisamente los mejores, aunque algunos lo pinten así.

Para que la humanidad pueda salir adelante en la crisis actual del capitalismo necesitamos poner límite a la inviable y escandalosa ambición de los de arriba. Conseguir el cierre de los paraísos fiscales es un requisito imprescindible para intentar superar después el problema principal, esta era irracional de desigualdades extremas y crecientes en la que se ha sumergido el capitalismo global. Encontrar una solución a tan inmenso problema del modelo económico requerirá grandes alianzas, no sólo entre economistas. Y no lo conseguiremos gracias a bondadosas concesiones de esa minúscula élite que intenta tenerlo todo, sino por exigencias firmes y democráticas del 99% restante. Por eso la carta promovida por OXFAM me parece tan importante, y por eso la he firmado.

3 Comments

  1. Los datos sobre la desigualdad son abrumadores a pesar de que, como bien señalas, no disponemos de suficiente información sobre la riqueza. Como se explica en este artículo de The Guardian, la desigualdad es mucho mayor de lo que ha podido calcular Oxfam: http://www.theguardian.com/global-development-professionals-network/2016/apr/08/global-inequality-may-be-much-worse-than-we-think
    Por otro lado yo pienso que el modelo económico sí tiene una influencia decisiva sobre el deterioro ambiental. Estoy convencido de que la desigualdad espolea nuestra ambición de crecimiento económico cuando ya es insostenible el nivel de producción actual, y defiendo esta idea donde puedo. Pero además la economía neoclásica incluye una serie de axiomas que promueven el deterioro ambiental y el despilfarro de recursos naturales por no incluir estas realidades fundamentales de nuestro planeta en sus cálculos. Simplemente se asume que todo es sustituible ad infinitum. Se trata de un problemas de planteamiento incuestionable para la academia y para las élites dominantes, ya que a diferencia de otras ramas del conocimiento, la economía implica muchos intereses creados con gran poder e influencia sobre la academia, sobre los think tanks de expertos y sobre los medios de comunicación. No obstante, gracias a economistas heterodoxos como Herman Daly o como José Manuel Naredo es posible revisar estas ideas y la historia de la economía desde otro punto de vista menos reduccionista. Ahi tenemos por ejemplo el monumental trabajo desarrollado por Naredo a lo largo de su carrera, compilado en su libro “La economía en evolución”.
    Saludos

  2. Gracias Ecora, muy interesante artículo. No dudo de que las cosas están mucho peor de lo que reflejan los datos oficiosos de Credit Suisse. Yo suelo insistir en que el hecho de que el 1% de la población tenga el 50% de la riqueza no quiere decir que controle ese porcentaje, sino muchísimo más, prácticamente toda la economía de principio a fin. Para eso están las puertas giratorias, el control de los consejos de administración, la corrupción política y por supuesto también los paraísos fiscales. Y desde luego creo también que el modelo económico tiene una influencia decisiva sobre el deterioro ambiental. Naomi Klein lo explica muy bien en su libro sobre el clima. Creo también que habría modelos teóricos alternativos mucho más interesantes que el capitalismo, como bien teorizan Daly y Naredo. Pero también creo que sus modelos son diseños que se podrán aplicar una vez que evitemos la catástrofe del sistema de las desigualdades extremas y crecientes, que se llama neoliberalismo, y que este otro artículo traducido también de The Guardian define muy bien:
    http://www.eldiario.es/theguardian/Neoliberalismo-raiz-ideologica-problemas_0_511299215.html
    Por muy críticos que seamos con el neoliberalismo todos estamos condenados a cargar con él. No pienso, ya sabes, que el capitalismo sea la panacea universal, pero sí que si no paramos el descontrol en que se ha convertido el capitalismo por la aplicación de la doctrina neoliberal lo que tendremos por delante será terrorífico.
    Los paraísos fiscales no son una necesidad del capitalismo, sino una tomadura de pelo diseñada por los grandes ricos (y sus cómplices escuderos) para que los que no lo son les paguen sus impuestos. Como el derecho de pernada o la esclavitud, tenemos que proscribirlos primero. Y eso se puede hacer de forma sencilla exigiendo firmemente que se aplique la ley que desea la mayoría. Después, habrá que seguir andando camino hacia un mejor modelo ecológico y social, claro está. Pero si no frenamos la desigualdad extrema y revertimos el proceso neoliberal para dirigimos hacia una sociedad más igualitaria cualquier intento de solucionar el problema ecológico, la violencia y en suma conseguir una convivencia viable será inútil. Me interesa mucho repensar el modelo económico, pero en la situación de emergencia en que estamos es prioritario conseguir un amplio consenso para revertir la desigualdad de la forma más sencilla posible.

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