Nuevos riesgos sistémicos para la economía

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¿Y SI EL SIGUIENTE RIESGO SISTEMICO PARA LA ESTABILIDAD FINANCIERA FUERA EL CAMBIO CLIMÁTICO Y LA SOBREVALORACIÓN DE LOS COMBUSTIBLES FÓSILES EN LOS MERCADOS?

 Por Teresa Ribera, Directora del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI) de París.

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“Los desafíos actuales del cambio climático no son nada al lado de lo que pueden llegar a ser. Los riesgos a los que están expuestos los inversores británicos, incluidas las compañías aseguradoras, son inmensos. El riesgo climático puede llegar a ser una gran amenaza para la estabilidad económica y financiera”. Así, con esta contundencia, se expresaba Mark Carney, Gobernador del Banco de Inglaterra y Presidente de la Comisión de Estabilidad Financiera (Financial Stability Board, FSB en adelante) el pasado 30 de septiembre en un acto público en Londres. Venía, desde hacía meses, trabajando en la comisión creada de oficio por el regulador británico para evaluar el nivel de riesgo al que está expuesta la economía nacional y ultimaba el informe y propuestas que, en su calidad de presidente del FSB presentará en la asamblea de otoño del Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial que, por primera vez en décadas, se celebrará América Latina, concretamente, en Lima, Perú entre los días 7 a 9 de octubre.

Durante años se ha discutido la financiación climática como si se tratara de un asunto sectorial, con respecto del cual lo importante era saber cuánto dinero adicional habría disponible para hacer frente a las necesidades de los colectivos más vulnerables, para impulsar la innovación tecnológica o para favorecer soluciones energéticas eficientes y sin carbono. Sobre la base de fondos ad hoc para alguna de estas finalidades se adquiría experiencia y, posteriormente, se introducían las correcciones oportunas para facilitar un mejor empleo de los recursos y una respuesta más eficaz. Así, hasta la promesa de movilizar 100.000millones de dólares/año a partir de 2020.

Más novedosos son los intentos por fijar un precio al carbono, ya sea mediante un impuesto, la creación de mercados de cuotas de emisión o la incorporación de precios sombra en la contabilidad pública y privada. En este caso, la intención es doble: por una parte, generar recursos con los que financiar políticas climáticas y energías limpias; por otra, acostumbrarse a atribuir un precio a un coste no computado hasta ahora.

Ya no basta ni lo uno ni lo otro. Los dos enfoques son necesarios pero no suficientes. ¿Qué son 100.000 millones de dólares/año en el conjunto de los movimientos financieros globales?, ¿es posible transformar nuestra economía para hacerla baja en carbono y resiliente al cambio climático con una sola medida basada en el precio del CO2? Claramente, la respuesta a la primera pregunta es: testimonial e insuficiente si el resto no acompaña. Y la respuesta a la segunda pregunta es: difícil facilitar una transición llevadera que acompañe políticas sociales para proteger a los más vulnerables y asegure una paulatina integración de los riesgos físicos sobre la base de una única medida.

Objeto de atención académica y financiera creciente desde el año 2009, surgen conceptos como la “burbuja de carbono” o la calificación como “stranded assets” a los activos con excesiva exposición a riesgos climáticos y de carbono. Poco después, aparecen los primeros anuncios de desinversión en activos fósiles y se fortalecen las estrategias de diversificación de riesgos de las carteras con activos energéticos. La intensidad de carbono y la valoración económica de los riesgos físicos ante fenómenos meteorológicos extremos cada vez más frecuentes, así como la necesidad de medir y reportar al respecto empiezan a incorporarse en los procedimientos de toma de decisión de los bancos de desarrollo y algunos fondos institucionales, fondos soberanos e inversores con mayor exigencia social.

Ahora se trata de algo más: de asegurar que cualquier decisión de inversión tome en consideración estos riesgos y oportunidades de forma sistemática. Nuestras infraestructuras y activos están expuestos a los riesgos físicos del cambio climático y no necesariamente bien asegurados. Nuestros mercados atribuyen un valor a carbón, gas y petróleo ajenos a la más que probable cruzada regulatoria para descarbonizar completamente la economía global. Los inversores de medio y largo plazo desconocen el riesgo al que les dejan expuestos los gestores de sus carteras y los analistas carecen de experiencia o recursos para medir rentabilidades decrecientes o exigencias futuras de responsabilidad por daños como consecuencia de decisiones desacertadas.

Por ello, la agenda incluye, al menos: la necesidad de reducir la vulnerabilidad por exposición excesiva a una alta intensidad en carbono; la promoción de instrumentos para financiar la transición a una economía baja en carbono y, por último, la inversión en mayor resistencia a shocks climáticos.

Este es el contexto en el que, -tras incursiones progresivas del FMI, bancos nacionales o regionales de desarrollo, grandes compañías reaseguradoras y analistas varios-, los gobernadores de los bancos centrales y ministros de economía del G20, reunidos en Washington el pasado mes de abril, deciden solicitar formalmente al FSB la presentación de un análisis y una propuesta de acción con ocasión de la Cumbre de Lima. Se inicia, por tanto, una nueva época con una nueva agenda. No será fácil, pero el trabajo previo, identificando y adaptando sistemas de cobertura de riesgo a estas nuevas premisas, y la definición de nuevos indicadores para medir la exposición a los riesgos climático y de carbono ayudarán en la paulatina introducción de una nueva regulación financiera que reordenará costes financieros ayudando a destinar el dinero a aquello que necesitamos y a evitar dilapidarlo en aquello que nos perjudica. Por ahora, Mark Carney ya ha apuntado tres recomendaciones básicas: facilitar al inversor herramientas para comparar la intensidad de carbono de alternativas parecidas, crear un grupo de trabajo para elaborar un propuesta de transparencia e información sobre intensidad de carbono y no perder tiempo: “una vez que el cambio climático se haya convertido en factor decisivo para la estabilidad financiera, será demasiado tarde para el inversor incauto”.

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