Velar por la ciudadanía

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José Molina Molina, Doctor en Economía y Sociólogo, es Presidente del Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia y miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

Vivimos inmersos en la estructura de un viejo modelo político, y con el paso del tiempo, hemos sumado una deficiente visión para adaptarnos a la vida compleja de la democracia y los efectos que la globalización ha causado, y sus actores políticos no han sabido superarlo y han convertido el “sistema” en algo que no funciona.

Sin embargo, el mundo complejo de hoy tiene un impulso imparable, y las democracias no están respondiendo con acierto. Ya Tocqueville nos alertó, que en las democracias hay que ir desprendiéndose de los viejos modelos, y en nuestra sociedad, hemos construido un entramado sobre las ruinas de un sistema político no democrático. El gran esfuerzo realizado hace ahora cuarenta años, se ha agotado, tanto internamente, como territorialmente, y coincide con un momento en donde la política nacional y regional es decepcionante.

Debemos de huir de la sensación de que no es compatible la complejidad de la nueva sociedad global y la democracia actual, porque es el miedo y la presión, la que nos impide que encontremos las formas de la nueva gobernanza. Se precisa abrir el espacio político a más actores, instituciones independientes, una nueva economía del bien común, un multiculturalismo y tantas aportaciones de colectivos sociales que enriquecerán un modelo democrático con un poder compartido, es lo que se empieza a llamar tímidamente gobierno abierto, parlamento abierto, instituciones participativas. Son formulas donde los poderes se compensan y las variables sociales funcionan con más equilibrio. Es la suma que se debe aportar de lo nuevo, para fortalecer la democracia como Tocqueville lo recomendó en su día.

Porque la democracia y la complejidad no son contrapuestas, pero el resultado será positivo si se encuentran otras formas más eficientes de gobernar, con procesos dinámicos, sin ataduras, y con capacidad para asumir todas las propuestas de transformación. La democracia o es integradora, o se autodestruye, Acemoglu y Robinson nos lo han dejado bien documentado en su estudio.

La gobernanza abierta, es poder compartido para todas las instituciones, territoriales, locales y hasta supranacionales, como respuesta a la globalización, porque ese es el papel equilibrador. Sin miedos, siendo capaces de explicarlo y compartirlo con la ciudadanía, para evitar los movimientos convulsos de los populismos ultras, de sus mensajes sencillos que calan en las heridas que no han cicatrizado en una ciudadanía explotada por el sistema, por eso ha triunfado “que América sea lo primero”, el Brexit y otros que siguen sus pasos.

En el fondo subyace la pregunta: ¿qué democracia queremos? ¿qué partidos políticos precisamos? y como les exigimos que respondan a sus compromisos de ética, transparencia y rendición de cuentas. Es la confianza que la convertimos en fuerza movilizadora, y quienes superen esos retos desde el debate público y sean capaces de asumir nuevos procesos con decisiones transparentes, serán las referencias de los nuevos proyectos.

El formato de Estado heredado puede convertirse de obstáculo a instrumento, siempre que la justicia y la libertad, definan esa legitimación, para que el ciudadano siga siendo el soberano, reforzando sus derechos y es en esa nueva gobernanza, concebida no como un proceso administrativo, sino como criterio de participación legitima, y unida al fortalecimiento de las instituciones independientes, potenciará el papel impulsor, y nunca secundario, para que el ciudadano pueda informarse, controlar y vigilar, mejorando la calidad democrática. Es velar por el cumplimiento de las obligaciones, como señalan las leyes de transparencia y disponer de un sistema de control y vigilancia permanente, según sus preámbulos, un gran reto para los Comisionados y Consejos de Transparencia.

Sin embargo, cierto sector de nuestra Administración Pública, no lo acepta. No quieren reconocer la fuerza de las instituciones independientes, que desde su personalidad propia ejerce tanto la colaboración como el control, que impone criterios de acuerdo a la ley, y que impulsa, promueve y fortalece la democracia participativa en el ejercicio del derecho a saber de la ciudadanía.

Ese sector, desea seguir cocinando todo, dominando la sociedad, a la que deberían servir, y emplean sus medios institucionales para impedir que esa criatura que nació hace tres años, crezca y se desarrolle en libertad. No se sabe compartir el poder con instituciones independientes, y a esa lección no han llegado con la emoción suficiente y son cada día más los que consideran que tenemos demasiada transparencia y participación. Por eso ahora que cumplimos cuarenta años de democracia, es hora de exigir que aquellas ideas y prácticas del sistema que abandonamos, porque son enemigas de los principios que hoy defendemos, no se puede permitir que sigan infiltradas en los comportamientos públicos, porque ya no soportamos a quienes nos quieren imponer por su fuerza, formas y comportamientos que fueron democráticamente erradicados.

No tendremos nunca libertad y justicia, si no tenemos instituciones independientes, fuertes y con medios, por ese motivo desde los movimientos ciudadanos tenemos que ser muy exigentes, para que nuestras instituciones sean cada día más independientes, nos defiendan y con ello construiremos una democracia sin tonos grises, sin ambigüedades, sin saber si estás dentro o fuera, porque nos falta una cultura política de optimismo que dé sus frutos en unos gobiernos democráticamente más responsables en donde “los otros” sean más importantes que “los míos”.

 

 

 

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