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Cogestión y Tecnología digital: un Bloque para la Democracia Social 

“La misión de la educación moderna no es facilitar al alumno un sistema completo de conocimientos, sino las bases y los métodos para su propia autoformación a lo largo de toda su vida” (Richta, 1969)    

Los avances, parciales y localizados, de la participación de los trabajadores en el diseño y control de su propio desempeño, aunque parciales y jerarquizados, han trasformado la institución empresarial en una “comunidad de conocimiento”; fruto del aprendizaje profesional para mejorar la manera de hacer las cosas. Fomentando nuevas segmentaciones del trabajo y de los perfiles profesionales de las personas que lo desempeñan, priorizando las políticas de motivación de los roles profesionales y dando una nueva dimensión a las habilidades gerenciales para la combinación de habilidades. El propósito que se busca en la economía del conocimiento es la construcción de competencias para las empresas. Alinear las capacidades de las empresas con las estrategias de competitividad, en busca de la congruencia entre los mercados concretos y los recursos movilizados para cubrir las oportunidades que ofrecen. Crear conocimiento y acumularlo en la empresa en forma de know-how, no replicable por la competencia. El beneficio se obtiene de las rentas del monopolio tecnológico (Grant, 1998).

Un monopolio sumamente volátil, que depende del carácter dual del aprendizaje en las empresas y del capital intelectual (OCDE, 1999). Compuesto, éste último, por un lado, de los trabajadores que aprenden y mejoran su actividad, con la participación en el análisis y resolución de los problemas asociados a la producción y la calidad. Colectivamente, los trabajadores persiguen logros de eficiencia y eficacia productiva, que convierten a estas cualidades en bienes comunes. Una nueva dimensión de las relaciones de producción capitalistas, que supone un conflicto de intereses entre las motivaciones de las personas que ponen su capital humano al servicio de la cooperación para satisfacer necesidades de otras personas, manifestadas en el mercado, y la apropiación de la creatividad por la forma financiera que adopta la propiedad sobre los componentes colectivos del capital intelectual, los procedimientos y normas que dirigen la cooperación productiva.

Observamos cómo esos logros, que coinciden con el interés empresarial en la eficiencia, implican la apropiación capitalista del valor intangible en conocimiento práctico, creado por la cooperación social. La consecuencia es que, en lugar de aprovechar los avances tecnológicos para la disminución del tiempo y la fatiga del trabajo; ocurre su reverso, el adelgazamiento de los puestos de trabajo hasta su desaparición, a favor de la automatización, y la pérdida de capital humano por la obsolescencia provocada de sus habilidades. Paradójicamente, la implicación individual del trabajador en las actividades cooperativas de la producción y la calidad, pensando beneficiar al conjunto de la sociedad, se ha traducido en la destrucción de miles de oficios (Rifkin, 1996). A cambio, solo se han creado unos centenares de nuevas profesiones, que requieren de una gran inversión en capital humano, para la cual se niegan los recursos públicos en educación. El pacto social fundado hace 75 años para aumentar la productividad del trabajo y compartir los aumentos de la riqueza que creaba, el cual ha cimentado la sociedad democrática europea hasta hoy, se ha trasformado en la degradación de la posición negociadora de los trabajadores, como personas empleadas por otros a cambio de un salario.

Vivimos el impacto de una nueva disciplina, la reingeniería, apoyada en la informática, primero, y ahora por la inteligencia artificial, que aumenta la rentabilidad del capital en base a, directamente, hacer desaparecer los trabajos (Alonso et al, 2020).  La consecuencia es un aumento permanente del número de desempleados, ciudadanos que son aparcados al margen del futuro de la producción. Aún así, los trabajadores siguen siendo la abrumadora mayoría de la población, aunque eso no nos permita hablar de un movimiento de los trabajadores. Con la regresión social de la clase obrera industrial ha entrado también en regresión el sindicalismo. Allí donde se mantienen con altas cuotas de afiliación, los sindicatos operan como administradores del patrimonio principal de los trabajadores, los fondos de pensiones y una gran parte del aparato del bienestar; funciones más importantes para los afiliados que la herramienta para la acción por las condiciones de trabajo, base de la cultura de clase. La causa de la mutación sindical hay que buscarla en la competencia global entre los trabajadores de diferentes países y continentes, motivada por el desplazamiento de las actividades de producción, y no de los trabajadores (Jessop, 1993). La globalización ha colocado al sindicalismo a la defensiva. Las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos, como los diversos comicios en Reino Unido, Francia y otros países desarrollados, han mostrado una deriva populista del voto obrero, sumamente peligrosa para el futuro de la humanidad en su conjunto y para las democracias liberales en concreto. La causa, la pérdida de ciudadanía. Antes, los trabajadores vivían su calidad de ciudadano fuera de la actividad productiva, gracias al salario obtenido de un empleo; a cambio abandonaban la ciudadanía todos los días, el tiempo necesario para someterse a un empleador. Esa identidad ciudadana del trabajador se desmorona cuando pierde el empleo. En una sociedad construida sobre la propiedad, los trabajadores inempleables dejan de existir como miembros activos; porque estar en una empresa, tener un empleo, implica ganar un salario que le proporcione independencia personal, y no tenerlo supone lo contrario, la pérdida total de la individualidad. Porque, como dijo un trabajador del “cinturón del óxido”, comentan un discurso del expresidente Donald Trump: “El trabajo de una persona es su última línea de defensa contra los peligros de la vida. Un trabajo es una de las propiedades más preciosas que poseer” [1].

Hay, por lo tanto, una necesidad imperiosa de reconstruir la clase de los trabajadores, encontrando los componentes de solidaridad comunes para fundamentar una cultura, en la que los diferentes segmentos mayoritarios de las personas que se ganan la vida con un salario se sientan identificadas. El lugar de encuentro de todos esos ciudadanos es la empresa, capitalista, pública o cooperativa, donde se desempeñan todos los días trabajando, creando la riqueza social material y el conocimiento práctico (Grant, 1998). Históricamente, los hombres y mujeres trabajadores, portadores del capital humano y artífices de la cooperación productiva, han intentado hacer valer su contribución, apelando al derecho de ciudadanía en el seno de las empresas, con la cogestión y la economía social. Incluso, en diferentes momentos históricos, se han realizado intentos a trascender el capitalismo mediante la autogestión. Muestra de que persiste, en la conciencia de los trabajadores, un interés por democratizar la empresa, como continente de plusvalor y motor del cambio tecnológico y, también, la empresa como lugar donde los ciudadanos adquieren un empleo. Frente al derecho de propiedad del capital, los trabajadores esgrimen su derecho al trabajo; es hora de encontrar un territorio de negociación, basado en la contribución humana más actual, la democracia.

   

La participación en la gestión y control de las empresas se plantea como medio democrático de los trabajadores asalariados, para liberar el potencial cooperativo del trabajo de los límites que imponen la propiedad financiera de las empresas, y la competencia no colaborativa de los usos del capital. Pero los cambios democráticos nunca han sido concesiones del poder liberal capitalista; tras los derechos laborales hay siempre un largo camino de conflicto y negociación. La dinámica democrática implica la construcción de proyectos legislativos, y de presión social por hacerlos realidad práctica, de luchas sindicales y por derechos de ciudadanía, que acaban configurando mayorías políticas. En las sociedades desarrolladas, el poder del cambio social no es mas que una etapa del camino que pasa por la ocupación democrática de las instituciones y la ampliación de sus contenidos sociales y políticos, a lomos de la acción organizada de los ciudadanos. Democratizar la empresa capitalista significa hoy acabar con un reducto del liberalismo pre-democrático; una de sus instituciones económicas más importantes.

Además de ser la unidad de producción y propiedad capitalista, la empresa es una expendeduría de títulos de existencia civil, los empleos, y, como tal, no puede quedar al margen de los procedimientos de gobierno de la sociedad democrática. Las personas que en ella desempeñan un trabajo se juegan mucho más que una cantidad de dinero al final de mes. Adquieren el derecho a participar en su gestión, porque de ella depende su existencia. Sin embargo, una de las claves del éxito de un proyecto democrático de cogestión, es tener un programa para el control mayoritario de la dinámica tecnológica, para lo cual es imprescindible atraer a los expertos y profesionales, que tienen un interés directo en la gestión de la tecnología y la innovación. Porque ambas son las fuerzas productivas que utilizando la ciencia impulsan las trasformaciones del trabajo. Una metamorfosis que tiene en su horizonte la reducción del trabajo a sus componentes mentales de creatividad y cálculo. Ello supondrá un gran avance para los deseos humanos de liberarse del trabajo, y además es imparable; la revolución de las fuerzas productivas dirigida por las tecnologías digitales no tiene marcha atrás.  Por lo tanto, el campo de encuentro entre los trabajadores protegidos por el sindicalismo y los trabajadores del conocimiento no puede consistir en la vuelta al mundo perdido del empleo estable basado en el oficio. El proyecto común solo puede estar construido sobre la formula de organizar la incorporación de la tecnología a la producción, para poder anticiparse a las consecuencias y paliar sus efectos; prever la dotación de reservas para la formación continua de recapacitación, e incluso proyectar los seguros de cobertura para cubrir las pérdidas por obsolescencia inducida del capital humano; se trata en el fondo de recuperar las ideas de los sindicalistas suecos Gösta Rehn y Rudolf Meidner, de utilizar los beneficios obtenidos de la introducción de tecnologías para aumentar la productividad, como fondos de inversión generadores de empleo y reciclaje de habilidades devaluadas (Erixon, 2010), pero adaptándolas a unas nuevas tecnologías mucho más disruptivas. Para ello, hay que convencer a los trabajadores del conocimiento que no les interesa dejar fuera del progreso póstumo a la mayoría social. Porque entonces el futuro no llegará.

La parte más importante, para los trabajadores de oficio y de base, en una propuesta de futuro cogestionado, es la flexiseguridad, la cual viene definida por las competencias que los trabajadores deben aprender en la práctica diaria. Unas competencias concretas, delimitadas por las políticas de recursos humanos y los procedimientos técnicos idiosincrásicos de cada empresa, es decir por las rutinas individuales y cooperativas. Pero que también tiene un componente financiero, en la dotación de fondos y seguros que la cubren. Porque, más allá de lo inmediato, solo la defensa del medio de vida u oficio, que está definido dentro de la empresa, puede motivar a los trabajadores a la lucha, creando oportunidades para que su medio de vida pueda definirse más allá del empleo actual. La flexiseguridad, aumentar mediante el aprendizaje las probabilidades para el trabajador individual de cambiar de empleo, es el propósito que, paradójicamente, puede movilizar el sindicalismo para comprometerse en una lucha por la cogestión de las empresas.

La flexiseguridad depende de que la información preceptiva de los expertos sobre el nuevo conocimiento tecnológico tenga claridad, sea de fácil asimilación y diseminación. La planificación de las inversiones en intangibles y la previsión de sus consecuencias permiten a la empresa, y a la sociedad, anticiparse al impacto social de los diferentes escenarios tecnológicos asociados a sus estrategias competitivas. En otros términos, la responsabilidad social de la empresa empieza con el reconocimiento de la ciudadanía del trabajador como asalariado, en primer lugar, valorando que la producción es el resultado de la cooperación social, la cual empieza, mucho antes de la entrada del trabajador en la empresa, con la creación del capital humano. Un capital humano del trabajador que es usado en la empresa para la empresa, y se desgasta en el uso, si ésta no invierte en revertir con nueva formación la obsolescencia provocada por el nuevo conocimiento en las habilidades del trabajador. La responsabilidad corporativa, no actúa solo de cara al entorno ambiente, también está comprometida con la preservación y renovación del capital humano. En definitiva, la cogestión es un imperativo democrático porque la ciudadanía, y no el trabajo ni el capital, es el soporte principal de la sociedad moderna.

AUTORES CITADOS

Alonso, Christian, et als, (2020) Will the AI Revolution Cause a Great Divergence? IMF Working Paper WP/20/184.

Erixon, Lennart (2010) The Renh-Meidner Model in Sweden. Its Rise, Challenges and Survival. Journal of Economic Issues / Association for Evolutionary Economics. September. Stockholm

Grant, R. M (1998): Resource Capabilities and the Knowledge-based View: Assessment and Prospects; Ponencia al VIII Congreso de ACEDE, Las Palmas de Gran Canaria.

Jessop, Bob (1993) Towards a Schumpeterian Workface State? Review Studies in Political Economy, nº 40, Spring, pp. 7-36.

Organization for Economic Co-operation and Development (OECD) (1999), “Measuring and reporting intellectual capital: experience, issues and prospects, an international symposium”, programme notes and background to technical meeting and policy and strategy forum.

Rifkin, J (1996): El Fin del Trabajo. Ed. Paidos, Madrid

[1] Grupo de ciudades que, como Detroit, vivieron el auge y muerte del fordismo. La frase fue citada por Joaquín Estefanía en El País, 8-11-2020.

 

About Jose Candela

José Candela Ochotorena, Doctor en Economía y en Historia Contemporánea, es miembro de Economistas Frente a la Crisis.

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  1. […] [1] Grupo de ciudades que, como Detroit, vivieron el auge y muerte del fordismo. La frase fue citada por Joaquín Estefanía en El País, 8-11-2020. […]

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