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Economía desequilibrada

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  En grandes rasgos, la economía mundial tiene estos perfiles estilizados en los meses presentes. En primer lugar, se está actuando contra los efectos de la pandemia de manera contundente, con el arsenal de la política monetaria y el enorme acicate de la política fiscal. Los datos son claros, y ya muy conocidos. El presidente Joe Biden ha confeccionado un plan de inversiones cercano a los tres billones de dólares, canalizando esas asignaciones a infraestructuras, investigación y desarrollo, junto a diferentes paquetes de ayudas sociales, entre otros capítulos. La Comisión Europea ha aprobado, por su parte, un programa de 750 mil millones de euros –más de tres veces inferior a la cifra norteamericana– para facilitar la transición energética y la digitalización, entre otros frentes. Cabe decir que estas respuestas, en su conjunto, difieren de las políticas económicas implementadas a raíz de la Gran Recesión, tanto en la esfera monetaria como en la fiscal. Se ha dicho en otras ocasiones; no es gratuito recordarlo una vez más. Las economías emergentes, con China a la cabeza, pero con realidades muy diversas –Brasil, México, India, Sudáfrica, Argentina–, parecen fiarlo todo al empuje de sus exportaciones hacia los mercados más desarrollados.

            En segundo término, y derivado de lo anterior, se percibe una sintonía limitada entre lo que se está fraguando en Estados Unidos y, por ejemplo, en Europa. El esfuerzo estadounidense es vital para consolidar la recuperación de la economía; pero es a su vez perentorio que existan paralelismos convergentes en la política económica espoleada en otras latitudes, para evitar desencuentros macroeconómicos a medio plazo. La apuesta de Biden concede relevancia al capítulo inversor, con efectos multiplicadores sobre la inversión privada; en total, esto va a mover la demanda agregada si, además, tal y como ha anunciado el presidente, se incrementan los salarios. Estamos ante mayores cuotas de producción propia y, a su vez, expansión de los pedidos de importaciones. Lo primero será vital; lo segundo, dependerá de las ofertas de las naciones netamente exportadoras, es decir y sobre todo, de China y Alemania. Máxime si éstas arrinconan el consumo interno como acicate de su crecimiento endógeno. El economista y excelente divulgador Andy Robinson, ha acuñado una expresión feliz para compilar todo este proceso: Estados Unidos sería el consumidor mundial final de última instancia. El talón de Aquiles: los déficits gemelos (comercial y de capitales), en expresión de Yanis Varoufakis.

            En efecto, en tercer lugar se advierte que la trascendencia macroeconómica de esto es el aumento de los déficits en la balanza de pagos de Estados Unidos, si persisten sus desequilibrios comerciales al orientar una parte considerable de su consumo interno (y de la inversión) a las importaciones. Estas vendrían de países que basan su recuperación, como decíamos, en el incremento exportador, en una clara competencia entre ellas por una vía letal: la disminución de sus salarios, para impulsar su competitividad. Es decir, minando sus propias capacidades de consumo interior. El recetario chino-germánico parece inalterable, y arranca desde la Gran Recesión (la literatura se refiere a esta estrategia como neomercantilista): recomendar a todo el mundo que exporte, que ya habrá alguien –Estados Unidos– dispuesto a comprar. He aquí el axioma. Pero esto tiene claros efectos negativos sobre los países del sur de Europa, con presiones empresariales evidentes para contener los niveles salariales y, por tanto, ser capaces de competir ante economías con salarios muchos más reducidos –China– y economías con mayores productividades –Alemania–. La siguiente derivada ante el desequilibrio por cuenta corriente de la economía norteamericana es esperable: la subida de tipos de interés, con el objetivo básico de “repatriar” capitales que ayuden a enjuagar el déficit, con consecuencias relevantes, por ejemplo, en China. Y, previamente, el incremento de la inflación. Esta subida de tipos de interés estaría ayudada por el aumento de los precios, fruto de la expansión de las demandas: relación causal entre movimiento de precios y tipos de interés.

            En tal sentido, la inquietud por un repunte de precios vuelve a estar presente en los discursos económicos, a raíz de las ya conocidas advertencias de Larry Summers y de Olivier Blanchard. El debate está abierto y, de hecho, impacta sobre los movimientos de las bolsas mundiales: muchos inversores esperan un aumento de la inflación con la previsible subida de tipos de interés, una visión que, cabe decir, no es compartida por una parte significativa del mundo académico. Los escenarios al respecto se van modificando: hemos pasado de inflaciones que a duras penas llegarían al 2% –o que superarían en pocas décimas ese guarismo– a cifras que rebasarían el 3%. En un reciente trabajo de Matthew Klein y Michael Pettis (Trade wars are class wars. How rising inequality distorts the global economy and threatens international peace, Yale University Press, New Haven, 2020), citado por Robinson, se defiende que existe capacidad de demanda en los países más desarrollados y en China para absorber el potencial productivo sin tensiones inflacionistas. A la vez, los autores indican que los conflictos comerciales de hoy son causados por gobiernos que promueven los intereses de las élites a expensas de los trabajadores. Las disputas comerciales generalmente se entienden como conflictos entre países con intereses nacionales en competencia; sin embargo, a menudo son el resultado de decisiones políticas nacionales que acabarán por servir los intereses de los ricos a expensas de trabajadores y jubilados. El análisis de historia económica de Klein y Pettis bucea en los orígenes de las guerras comerciales actuales, hasta llegar a las decisiones tomadas por políticos y líderes empresariales en China, Europa y Estados Unidos durante los últimos treinta años. En todo el mundo –aseveran– los ricos han prosperado mientras los trabajadores ya no pueden permitirse comprar lo que producen, han perdido sus trabajos o se han visto obligados a endeudarse más. Esta investigación enlaza plenamente con aportaciones también recientes de otros economistas especializados en la economía de la desigualdad, pero con la observación de ese vértice inédito: el perfil comercial que instaura la globalización está generando, precisamente, desequilibrios, dislocaciones que se mantendrán si no existen políticas económicas mejor articuladas a los dos lados del Atlántico.

            La administración norteamericana está haciendo lo que se esperaba de ella en estos momentos: diseñar un ambicioso plan inversor con connotaciones sociales, que genere porosidad en el resto de la economía mundial. Es decir, la actuación de un líder económico en toda regla, necesario en unos momentos en que urge que la principal locomotora caliente bien sus motores y tire con fuerza de los vagones. Pero éstos deben estar también habilitados. Las respuestas de otros lares es, por tanto, la incógnita. Y esta no puede despejarse únicamente en la persistencia de exportar al máximo. Esto es importante, si se hace en buenas condiciones endógenas; pero no lo es menos la necesidad de incrementar el consumo interior sin atacar los salarios. Recuérdese que durante la Gran Recesión se adoptó la política de devaluación salarial, con consecuencias nefastas.

En conjunto, todo ello va a generar repunte de precios. De alguna manera, es lo que muchos economistas han perseguido, incluyendo los bancos centrales: leamos lo que han escrito sobre el tema hasta ahora, y nos daremos cuenta. Lo que no podemos hacer es que, cuando esa inflación contenida aparece, rasgarnos las vestiduras e invocar, de nuevo, toda la biblia fallida: la consolidación fiscal antes de tiempo y la retirada de las palancas económicas –compras de deuda, facilidades de crédito, programas inversores, etc.– que están permitiendo poner diques de contención a la crisis.

No nos equivoquemos otra vez.

 

About Carles Manera

Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Consejero del Banco de España. Consejero de Economía, Hacienda e Innovación (desde julio de 2007 hasta septiembre de 2009); y Consejero de Economía y Hacienda (desde septiembre de 2009 hasta junio de 2011), del Govern de les Illes Balears. Presidente del Consejo Económico y Social de Baleares. Miembro de Economistas Frente a la Crisis Blog: http://carlesmanera.com

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