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La ignorancia y la necedad como ideología económica

Significados líderes políticos de la derecha han reclamado recientemente el final de las políticas expansivas y el retorno a los recortes para que la crisis no la paguen las nuevas generaciones: «Europa tiene que asumir la salida de la crisis con una política adulta”, expresión dirigida a “los gobiernos de izquierdas que están presionando para que haya una estrategia expansiva, sin condicionalidad, sin responsabilidad, derivando las consecuencias a las próximas generaciones«.

Pero atendamos a cuatro declaraciones muy recientes:

  1. Cristine Lagarde (presidenta del BCE): “Aumentar el precio del dinero prematuramente podría afectar gravemente a la economía”. No hay que “repetir decisiones y medidas que fueron perjudiciales y dañinas en 2008”   
  2. Jerome Powell (presidente de la Reserva Federal): La nueva variante de ómicron plantea “riesgos a la baja para el empleo y el crecimiento económico y una mayor incertidumbre para la inflación”. Se seguirán comprando ciento veinte mil millones de dólares mensuales en bonos hasta que haya un “progreso sustancial adicional hacia los objetivos del banco central de máximo empleo e inflación”
  3. Paul de Grauwe (catedrático de Economía en la London School of Economics): “Las lecciones de los últimos diez años son que la Unión Europea se ha enfocado demasiado en la prudencia fiscal y demasiado poco en cómo llevar la economía hacia la plena ocupación; ahora el debate no tiene que ser cómo rebajar el déficit, sino cómo impulsar la inversión pública”
  4. Christian Odendahl (economista-jefe del Center for European Reform): “Creo que tendríamos que hacer un poco más (…) un poco más sería mejor (…) Hay que gastar más hasta que la recuperación sea lo suficientemente fuerte”

Estas palabras que se acaban de exponer –y que son sólo una pequeña muestra– no provienen de economistas radicales ni de políticos social-comunistas. Se trata de cuatro personajes de perfil liberal, nada sospechosos de izquierdismos extremos; ni tan siquiera tibios. Gente de orden –poca broma– de larga trayectoria en el mundo de la economía aplicada. Estas cuatro aportaciones sintetizan el pensamiento actual de muchísimos economistas -naturalmente también de los economistas de perfil keynesiano- que, basados en el rigor de los números y en los recientes procesos de crisis económica (en particular, la Gran Recesión y sus enseñanzas para la Gran Reclusión), señalan algo que es obvio: las viejas recetas no sirvieron para atajar las consecuencias sociales durante los años 2008-2014. Al contrario: agravaron aspectos como la precariedad laboral, la desigualdad y la caída de las rentas y solo sirvieron para hundir las economías y para causar enormes efectos negativos… que personas con sentido común y conocimiento no quieren que se repitan. Lecciones de un pasado reciente para enfrentarse a un presente y un futuro actuales. Sin embargo, ante evidencias que sin duda conocen, dirigentes conservadores y sus economistas de cabecera, persisten en una tesis central: hay que retirar lo más pronto posible los estímulos fiscales y monetarios, supuestamente para no dejar deudas a las generaciones futuras (esto último da para un artículo específico, pero dejemos un apunte: ¿qué queremos dejarles?, ¿una vez más una economía decadente, inmensas tasas de paro y un planeta inhabitable?)

La solución que desde esas posiciones extremas se propone: volver a los recortes presupuestarios, junto a la bajada de los impuestos, es, además de una solución “incompetente”, una solución obsoleta. Se habla incluso de que en este momento incierto de la crisis urgen políticas económicas “adultas”, de manera que se critica, de forma directa, el planteamiento económico desplegado desde la Comisión Europea (política fiscal) y el BCE (política monetaria) al que se califica, en definitiva y sin disimulo, de infantil.

Se ve que existen varitas mágicas escondidas que pueden hacer el milagro: reducir la inversión pública –con sus demostrados efectos multiplicadores negativos–; bajar los ingresos tributarios, lo que conduce expresamente -vía recortes presupuestarios- a la depresión económica y al consiguiente aumento de los déficits públicos que supuestamente se quieren reducir; bajar la deuda y, al mismo tiempo de todos estos desmanes, hacer crecer la economía generando una buena distribución de la renta. Pero la realidad es que el recorte indiscriminado del gasto público durante la crisis del euro debilitó las estructuras del Estado del Bienestar, haciéndonos menos resilientes ante las crisis venideras, como se ha puesto de manifiesto en la crisis de la COVID-19, y haciendo a las economías europeas menos preparadas para afrontar la doble transición ecológica y digital.

La deslealtad de la derecha española respecto del interés general de la población y de la economía española no puede llegar en un momento menos oportuno. El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, un verdadero plan de país, requiere del concurso de todas las administraciones y agentes económicos y sociales para su pleno desarrollo. Además, se están produciendo dos debates de la máxima importancia en el seno de la UE, que determinarán el contexto de la política económica de los próximos años: el diseño de las nuevas reglas fiscales y el debate en torno a la Conferencia sobre el Futuro de Europa. España es receptora neta de fondos europeos y, como economía abierta e intensamente integrada en el Mercado Único, el diseño de la gobernanza económica europea le es una cuestión de la máxima relevancia. En este contexto, las posiciones radicales expresadas por la derecha española no tienen ni sentido económico, ni sentido de Estado.

Es el tonelaje de una ideología que sólo lee los números que le interesan, aferrándose a la inflación como acicate para presionar en una dirección: la subida inmediata de tipos de interés, el cese de la expansión fiscal y monetaria y la contracción de los impuestos. En paralelo, se promete que el bienestar social estará asegurado. Un dislate basado en una huida hacia delante que la historia económica ha certificado en repetidas ocasiones, con resultados harto elocuentes. El primero, en 1937, cuando el miedo a los mercados promovió la retirada de los estímulos por parte de Franklin Delano Roosevelt: el PIB cayó con estrépito, cuando estaba ya en la senda de recuperación gracias a las políticas del New Deal. El segundo, en 2010, cuando ese mismo temor a los mercados indujo también esa contracción de los estímulos capitaneada por Angela Merkel, mientras Jean Claude Trichet, desde el BCE, subía los tipos de interés… todo en un escenario en el que a principios de ese año 2010 se avistaban signos de recuperación. El PIB cayó de nuevo en toda Europa, y la sangría griega fue su mayor exponente. Deberíamos acordarnos de todo esto… porque esto es lo que se nos promete desde algunos think tanks conservadores; desde las palabras de algunos referentes políticos de la derecha española.

El gran economista Hyman Minsky, gran analista de la crisis de los años 1930, nos enseñó que el sistema económico es inestable, sometido a recesiones recurrentes que necesitan de un inequívoco soporte público (H. Minsky: Estabilizando una economía inestable, Profit Editorial, Madrid, 2020). Pero para el mainstream hispano-español más acendrado toca rebajar al máximo las ayudas y los estímulos para retornar a las políticas de austeridad. El estudio de las crisis, sin embargo, nos dice lo contrario: lo advirtió Minsky que vislumbró la crisis de 2008. Pero quien lo sabe, seguro, es Ben Bernanke, historiador económico, conservador y republicano, experto en el crack de 1929 (esta fue su tesis doctoral). Tanto es así que cuando fue presidente de la Reserva Federal durante la Gran Recesión actuó de forma opuesta a como lo hizo su antecesor remoto en 1928-1929, Roy A. Young, que subió precipitadamente los tipos de interés: pinchó la burbuja de Wall Street… y estrelló contra los arrecifes a la sociedad estadounidense que llegó al 33% de paro.

John Steinbeck, “uvas e ira”, tiene páginas tristemente luminosas sobre todo esto. Bernanke bajó los tipos (al contrario que Trichet) y evitó un cataclismo (B. Bernanke: Mis años en la Reserva Federal: un análisis de la Fed y las crisis financieras, Deusto, Madrid, 2014).

Minsky, desde donde hoy esté, observará cariacontecido la obstinación de esos economistas y dirigentes políticos, que se niegan a aceptar las enseñanzas de la más reciente historia económica.

 

 

 

 

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5 Comments

  1. Josep Balletbò el diciembre 2, 2021 a las 7:23 pm

    Ante el escenario económico que tenemos y el previsible en el medio plazo, no parece que una reducción generalizada de impuestos sea una medida adecuada. Los grandes retos que tenemos planteados implican una asignación de recursos públicos de gran envergadura. Las transiciones ecológica y digital, el mantenimiento de un estado de bienestar digno (educación, salud, pensiones, dependencia), la imprescindible inversión en I+D, el refuerzo de la Administración de Justicia, la inversión en infraestructuras para incrementar la competitividad de la economía, por citar algunos de los capítulos de mayor trascendencia, requerirán unas asignaciones presupuestarias incompatibles con una disminución del esfuerzo tributario del conjunto de los ciudadanos, salvo que se incrementen el déficit y la deuda públicos, lo cual, a la vista de los niveles de deuda actuales, no parece razonable. Por otra parte, no tardarán mucho en restaurarse las reglas de estabilidad de la UE, que obligarán a cumplir unos objetivos de déficit y deuda públicos después del paréntesis propiciado por las consecuencias económicas de la pandemia. Y por ello, razón de más para calificar como imprudente e improcedente una rebaja fiscal. Y, si como alguien afirma, se puede eliminar gasto público superfluo, bienvenido sea este ahorro para aumentar la capacidad de financiación de los desafíos antes citados o para reducir el desequilibrio en las cuentas públicas o para minorar el peso de la deuda pública. Seguro que a todos nos gustaría que se pudiese disminuir la carga fiscal que soportamos, pero a mi juicio este no es el momento idóneo para hacerlo.

  2. Pau el diciembre 2, 2021 a las 7:54 pm

    Hablais de no reducir el gasto publico, pero tenemos una deuda publica de mas del 100% que no se va a poder pagar en la vida y aun asi quereis mas gasto publico. Sin duda, la politica de izquierda espanola esta arruinando mas al pais, que poco a poco empieza a ser mas dependiente de ayudas sociales por parte de Bruselas, sin ningun plan de reindustralizacion, de plan teconologico y toda nuestra industria dominada por capital extranjero y teniendo el mayor desempleo de toda la union europea. Sin duda alguna un fracaso de la izuierda espanola que ya estamos pagango las presentes y futuras generaciones

  3. Julián el diciembre 3, 2021 a las 11:36 am

    Cuando gobiernan los neocon en España todo es pleno empleo, cero temporalidad, líderes en empleo juvenil, todos los contratos indefinidos y la hucha de las pensiones llena. Se me olvidaba, cero desahucios y reyes Magos para todos.

  4. Ecléctico el diciembre 3, 2021 a las 1:46 pm

    Si fuera bienpensante podría asumir que los planteamientos y propuestas hechas por líderes políticos y económicos de la derecha ultraliberal (sólo en lo económico por cierto) se sustentan en un análisis alternativo puramente técnico, aunque contradictorio con la historia reciente. Pero no; es más mundano que eso: la fuerza motriz no es un impulso ideológico, es pura y simplemente una manera de expresar su egoísmo. ¿A quién beneficia la receta económica que propugnan? Desde luego no al trabajador, que es la inmensa mayoría de la ciudadanía, ni a un sistema productivo de economía real. A quien realmente beneficia el aumento de los intereses del capital y la disminución subsiguiente de los impuesto a pagar es a la élite rentista, paladines de una economía especulativa que sólo beneficia a ellos. Así de simple, de egoísta, y yo diría que hasta estúpido porque no sé a quien pretenden convencer son sus débiles argumentos sin ningún soporte histórico.

  5. Ecléctico el diciembre 3, 2021 a las 3:42 pm

    Si fuera bienpensante podría asumir que los planteamientos y propuestas hechas por líderes políticos y económicos de la derecha ultraliberal (sólo en lo económico por cierto) se sustentan en un análisis alternativo puramente técnico, aunque contradictorio con la historia reciente. Pero no; es más mundano que eso: su fuerza motriz no es un impulso ideológico, es pura y simplemente una manera de expresar su egoísmo. ¿A quién beneficia la receta económica que propugnan? Desde luego no al trabajador, que es la inmensa mayoría de la ciudadanía, ni a un sistema productivo de economía real. A quien realmente beneficia el aumento de los intereses del capital y la disminución subsiguiente de los impuestos a pagar es a la élite rentista, paladines de una economía especulativa que sólo beneficia a ellos. Así de simple, de egoísta, y yo diría que hasta estúpido porque no sé a quien pretenden convencer son sus débiles argumentos sin ningún soporte histórico.

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