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No dejemos a ninguna niña, a ningún niño, atrás.

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Tengo una amiga inmigrante, joven, cabeza de familia monoparental, con dos hijos de 8 y 5 años. Vive en un piso de alquiler social en una ciudad del Sur de Madrid y está solicitando la Renta Mínima de Inserción, algo menos de 300 Euros mensuales por hijo. Cada semana recibe por whatsapp en su móvil los documentos en formato pdf que le envían desde el colegio público de sus hijos con las tareas escolares. Como no tienen ordenador en el que puedan verlas, ni impresora, la niña copia desde la pantalla del móvil los ejercicios a un cuaderno y ahí los resuelve. Esto hace mejorar su caligrafía, pero le quita tiempo para los ejercicios de lengua, matemáticas, inglés y demás materias. El nivel de formación de la madre no le permite ayudar a sus hijos en las tareas como ella quisiera. Por las restricciones de movilidad,  tampoco pueden acceder a las becas de comedor, ya que sus colegios están cerrados y las comidas están disponibles en centros muy alejados de su vivienda. Este caso no es único. Muy al contrario, representa la realidad de miles de familias cuyas hijas e hijos se van a quedar rezagados en esta crisis del confinamiento y van a tener menos oportunidades en el futuro. Si antes no hacemos algo para evitarlo.

La comunidad educativa está llevando adelante un esfuerzo enorme para paliar los efectos del confinamiento con el objetivo de los estudiantes no pierdan el habito del aprendizaje ni el curso. El profesorado universitario imparte las clases en el campus virtual y mantiene contacto con los estudiantes por las distintas vías que nos ofrece Internet. No obstante, las Prácticas, necesarias en la mayoría de los estudios, e imprescindibles en algunas especialidades, están paralizadas. En todo caso, los estudiantes universitarios son adultos, tienen más medios y pueden adaptarse con más facilidad a este entorno excepcional.

Muy distinta es la situación en educación Secundaria y especialmente en Primaria, donde niñas, niños y adolescentes están agobiados en sus casas por la cantidad de tareas que tienen que realizar, aunque esto les ayude a organizarse y pasar mejor el tiempo. La actividad lectiva online, asumida por profesorado, alumnado y familias con un interés y entusiasmo sorprendentes, pone de manifiesto la existencia de una brecha digital. En torno al 12% del alumnado no tiene acceso a recursos tecnológicos. También una brecha social, porque las tareas educativas de apoyo y supervisión están recayendo sobre las madres y padres, y esto genera varios problemas.

En primer lugar, en muchas familias el padre y la madre teletrabajan y no cuentan con el tiempo ni los medios técnicos (ordenadores) para que sus hijos lleven a cabo las tareas asignadas en un horario razonable. Madres y padres se hacen cargo del trabajo pagado, de las tareas del hogar y de la educación de sus hijos, robando horas al sueño.

En segundo lugar, los padres y madres no necesariamente cuentan con la formación suficiente para ayudar a sus hijos, por ejemplo, en inglés, matemáticas y el resto de materias, incluso si son graduados universitarios.

Por último, en el caso del personal sanitario y de servicios especiales, que están trabajando jornadas interminables y con niveles de estrés y agotamiento insuperables, ¿quién atiende y ayuda a las niñas y niños hijos de médicas, enfermeros, transportistas, personal de limpieza, cajeros del supermercado, policías, y todos los colectivos imprescindibles?

El virus no entiende de ideologías ni clases sociales, pero los efectos de la pandemia afectan de manera diferencial. Obviamente los más favorecidos cuentan con más medios materiales y culturales, así como más espacio para aislarse en buenas condiciones y continuar con el teletrabajo y la educación online. Las herramientas para hacer frente a la alteración de las actividades cotidianas y a las actividades añadidas son muy escasas para los menos favorecidos. Está ocurriendo en la atención sanitaria, más colapsada y crítica en los municipios y barrios más populosos, como el Sur de Madrid. Y también afecta a la disponibilidad de herramientas digitales para educación online o teletrabajo.

Con los avances de la Cuarta Revolución Industrial, a veces creemos que basta con tener Internet en el móvil para ser una persona digitalmente incluida.  Podemos realizar todo tipo de tareas de comunicación, acceso a información y servicios, compra, ocio, etc. Sin embargo, para la educación online o el teletrabajo, necesitamos algo más de infraestructura, una pantalla bastante más grande que la del móvil, algún tipo de ordenador. Aunque es posible conectar el móvil a la pantalla de la televisión para ver una película, sería muy difícil hacer las tareas de trabajo o educación por esta vía. Si hay varios niños en casa, cada uno necesita un ordenador en algún momento, que habrá que compartir con padres y hermanos. También se necesita imprimir las tareas, y según mis noticias, desde que empezó el confinamiento, en el mercado online se han agotado las impresoras de precio razonable.

Un porcentaje no desdeñable de la población española accede a Internet exclusivamente por el móvil. Nos queda mucho para que la educación online pueda ser efectiva.

En España, con datos de la Encuesta sobre Equipamiento y Usos de Internet en los Hogares de 2019 (www.ine.es) la difusión de las tecnologías digitales es extensa y de calidad. El 91,4 por cien de las viviendas tienen acceso a Internet y el 91,2 a Banda Ancha.  Sin embargo, mientras el 98,5 por cien cuentan con teléfono móvil, solo el 80,9 cuentan con algún tipo de ordenador, portátil, tableta, etc. Casi uno de cada diez sin Internet y uno de cada cinco sin portátil o tableta.

Las diferencias se agravan en función de los ingresos. El 95,5 por cien de los hogares que ingresan menos de 900 euros disponen de teléfono móvil, pero solo el 77,9 por cien disponen de acceso a Internet y solo el 58,1 cuentan con algún tipo de ordenador. De manera que casi una cuarta parte de estos hogares no cuentan con acceso a Internet y más del 40 por cien no tienen ordenador. En los hogares con ingresos entre 900 y 1.600 euros, el 98 por cien cuentan con teléfono móvil y el 90,5 con acceso a Internet, pero solo el 76,7 por cien con ordenador, de manera que casi una cuarta parte no cuenta con esta herramienta.

Los hijos se ven especialmente afectados por las diferencias en el tipo de hogar en que viven. El 98 por cien de los hogares monoparentales con algún hijo conviviente, tienen teléfono móvil, pero solo el 92 tienen acceso a Internet y el 82 por cien a un ordenador. Los hijos que conviven con una pareja están en condiciones algo mejores, ya que además de móvil casi al 100 por 100, el 97,8 cuentan con acceso a Internet y el 93 por cien con algún tipo de ordenador.  Muchas localidades tampoco cuentan con el acceso y los medios suficientes. En los municipios de menos de 10.000 habitantes, casi el 26 por cien de los hogares no tienen ordenadores y el 13,3 no tienen acceso a Internet.

La fórmula de resolver el confinamiento en los centros educativos es voluntariosa y bien intencionada, pero muchos niños y niñas van a quedarse rezagados si no somos capaces de poner en marcha medidas de vuelta a las clases presenciales después del confinamiento en junio y julio. Para los profesores es un esfuerzo extra, pero el objetivo merece la pena. La educación primaria es la base de la igualdad de oportunidades y el mecanismo más potente de equidad y movilidad social. No dejemos a ninguna niña, a ningún niño, atrás, porque llevarán esa carga a la espalda toda su vida.

About Cecilia Castaño

Catedrática de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid (UCM.) Miembro de Economistas Frente a la Crisis

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