¿Sólo la corrupción? ¿O también las políticas?

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Juan Antonio Fernández Cordón

            El master de Cifuentes, las recalificaciones urbanísticas abusivas, la Gürtel, las tarjetas black… La lista de escándalos es larga. En cualquier país de los que nos rodean, hubiera bastado uno solo de estos escándalos para llevarse por delante al partido de gobierno. Pero, aquí, el Gobierno se mantiene como si nada de eso le concerniera. La extensión de la corrupción es un tema preocupante, y, efectivamente, preocupa cada vez más a la ciudadanía, como muestran todas las encuestas recientes. Y es inquietante, no tanto por el saqueo de fondos públicos, que también, sino porque rompe la confianza que los ciudadanos necesitan depositar en los que ejercen el gobierno de la Nación. Si los gobernantes prefieren, sobre todo, enriquecerse y gozar de privilegios indebidos, ¿cómo estar seguros de que muchas decisiones, incluyendo las que nos exigen sacrificios en aras del bien general o de un futuro mejor, no se toman por razones espurias, para favorecer a los que, a su vez, pueden beneficiar a los gobernantes?

            ¿Quiere esto decir que todo descansa sobre la propensión a la honestidad de los políticos? No. Porque existen políticas que favorecen o incluso implican necesariamente la corrupción y otras que, para sacarlas adelante, exigen una razonable, y siempre esperada, integridad moral de los que tienen que implementarlas. Por eso, centrar todo el esfuerzo político en la corrupción, entendida simplemente como problema ético, es tanto o más pernicioso que no tenerla en cuenta. Es cierto que el Partido Popular ha llegado a niveles de corrupción jamás alcanzados en tiempos de democracia. Con él ha llegado a ser sistémica, con efectos devastadores para las instituciones, la vida política y el funcionamiento de la economía. Por todo eso merece ser alejado del poder, derrotado en unas elecciones y sustituido. Pero sustituido ¿por quién y para qué? Lo esencial de la acción de gobierno del PP no es la tara moral de la corrupción y, de hecho, sus líderes se atreven a tratarla como algo marginal, limitado a algunas ovejas descarriadas.

Lo esencial, vinculado a la corrupción, es su política económica, que ha hecho recaer todo el efecto de la crisis sobre las espaldas de los que trabajan y, entre ellos, de los que menos tienen. Una política que, ahora que se inicia la recuperación económica y no por méritos suyos (ocurre en todos los países de la Unión Europea), intenta consolidar los bajos salarios y la precariedad laboral, mientras siguen aumentando los beneficios y el poder de las grandes empresas, algunas de las cuales financian ilegalmente al partido. Lo importante es también una política sanitaria que reduce los recursos del sector público, mientras favorece, mediante contratos leoninos para la Administración, a un sector privado que se limita a extraer beneficios seguros y a facilitar puestos directivos a varios políticos jubilados del PP. Lo que debe interpelarnos es una política social que ha abandonado el objetivo de atender a los dependientes mayores, a la vez que se rescatan, con miles de millones de euros, empresas que intentaron lucrarse con autopistas, por ejemplo, habiendo conseguido de la Administración impensables garantías de que no perderían nunca. Lo escandaloso es tener en vilo a ocho millones de pensionistas que no saben cuánto acabaran cobrando, después de haber trabajado, y cotizado, toda su vida, mientras se alienta a los futuros jubilados a contratar planes privados que solo benefician a los bancos y otros organismos financieros. Lo inquietante es haber inoculado en los jóvenes el miedo a no tener más futuro que la precariedad o el paro, sin poder cobrar subsidios, la falta de vivienda, un sector carcomido por la corrupción y dejado en manos de los especuladores, y una improbable y exigua pensión, porque no tendrán los medios de acudir al sector privado, al que ahora se favorece desde el gobierno.

            Estos son algunos de los “logros” del PP, que deben ser tenidos muy en cuenta a la hora de ir a votar. Son estas políticas las que han permitido que la corrupción aparezca hoy como el cáncer de nuestra sociedad. Por eso es necesario rechazar la tentación que puede suponer un partido joven y virgen, como se nos presenta Ciudadanos, sin pasado del que avergonzarse, y que nos promete tolerancia cero con los corruptos. Porque, incluso si se empeñara en cumplir sus promesas, lo cual no es nada seguro, a la vista de algunos comportamientos dudosos que hemos podido observar en los últimos tiempos ¿qué políticas va a emprender si consigue una mayoría que le permita formar gobierno, sólo o en compañía del Partido Popular? Pues unas que no difieren mucho de las del PP actual, si acaso con un sesgo aún más pronunciado hacia un neoliberalismo letal para los trabajadores. Si yo fuera un banquero, o un gran empresario, o tuviera grandes intereses financieros, preferiría y apoyaría a un partido limpio, pero que siguiera imponiendo las mismas políticas que me benefician, aunque sean nocivas para la inmensa mayoría. Esto es lo que parece que ocurre en estos momentos, con la aquiescencia activa de muchos ciudadanos, que creen, ingenuamente en mi opinión, que un cambio de personas, que aúpe a gente más joven, menos tocada por la corrupción, puede aportar la limpieza y la honestidad que la vida política necesita y, de paso, resolver algunas de las ineficiencias actuales. Pero no es creíble que esto pueda suceder. No lo es porque ese partido joven e impoluto va a seguir desarrollando las mismas políticas que han sumido al PP en la corrupción, al país en el caos y la ineficacia y a muchos trabajadores y pensionistas en la precariedad y la incertidumbre.

            Los mismos excesos cometidos por el PP pueden llevar a pensar que las prácticas corruptas están tan desacreditadas en la opinión pública que son una cosa del pasado y que, con Ciudadanos, llega el fin de la corrupción. En realidad, el relevo en la derecha de un partido antiguo y anquilosado, paralizado por la acumulación de casos de corrupción y abusos que ha protagonizado, por uno que se ve como joven y dinámico, solo significaría el final de las prácticas corruptas si el cambio de partido entrañara un cambio radical de la línea política, algo que no se espera que ocurra. Como máximo, Ciudadanos podría inaugurar un nuevo modelo de corrupción, tal vez menos centrada en casos individuales de abusos, de privilegios, como es el asunto del master de Cifuentes, o de enriquecimiento personal, a favor de otras prácticas, aún más peligrosas, en el mundo de las grandes empresas y de la alta finanza, el mismo que hoy les apoya.

            Sí. La corrupción es importante y se debe perseguir con la mayor contundencia: no se puede votar a favor de corruptos. Pero no podemos decidir a quién apoyar, a quién votar, sobre la base de una supuesta integridad moral de los candidatos, y menos si la garantiza un partido que no está en condiciones de hacerlo, porque son las políticas económicas y sociales las que, no solo condicionan nuestras vidas, las de nuestros hijos y nuestros mayores, sino también las que conducen a que se consolide la corrupción. El rechazo a las prácticas mafiosas, a las financiaciones ilegales, comisiones generalizadas, puertas giratorias y otras, debe regir para todos los partidos. Pero no queremos elegir a nuestros gobernantes simplemente porque se nos asegure que no se van a dejar corromper o no se les va a dejar corromperse. Queremos que aquellos en los que delegamos desarrollen políticas económicas realmente orientadas por el bien común, pensando en la inmensa mayoría, políticas de largo alcance que aseguren un mundo sostenible a las generaciones futuras, políticas de igualdad social y de género, políticas que no se midan por la rentabilidad a corto plazo, tal como la entienden los que más tienen. Y queremos apoyar estas políticas no solo porque mejoran la vida de la mayoría sino porque son las que, con mayor eficacia, alejan el espectro de la corrupción.

No es posible imaginar que un partido corrupto pueda adoptar políticas orientadas al bien común. Y sin embargo, si es posible imaginar que un partido que desarrolle políticas favorables a los poderosos, dictadas por los intereses de los que más tienen, termine rodeado de corrupción.

Entre quienes están comprometidos en promover políticas de progreso, orientadas al bienestar general y den prioridad a la defensa del servicio público, abundarán los políticos empeñados en desterrar de la política la miseria moral.  Porque son las políticas, avispado elector, las que debieran orientar nuestro voto.

About Juan Antonio Fernández Cordón

Juan Antonio Fernández Cordón es Doctor en Ciencias Económicas y Experto-Demógrafo por la Universidad de París. Ha sido Profesor de las Universidades de Argel y de Montreal e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en el que fue Director del Instituto de Demografía. Ha ejercido también como Director de Estudios y Estadísticas del Ayuntamiento de Madrid y Director del Instituto de Estadística de la Junta de Andalucía. Ha sido miembro, como experto independiente del Grupo de Expertos sobre demografía y familia de la Comisión Europea y miembro del Consejo Científico del Instituto Nacional de Estudios Demográficos de Francia. Miembro de Economistas Frente a la Crisis

3 Comments

  1. Julio Rodriguez Lopez el abril 22, 2018 a las 6:19 pm

    Buen artículo , Juan Antonio. Creo , sin embargo, que la corrupcion afecta asimismo a quienes defienden políticas progresistas. Que un ayuntamiento edifique viviendas protegidas para alquilarlas a arrendatarios con bajos ingresos (medida progresista)no ha impedido que acabasen tales viviendas arrendadas a familiares de los dirigentes locales. Ha pasado mucho más con el PP ( un caso reciente ha saltado en Pozuelo) pero también sucedió en Alcobendas, en tiempos del Psoe. La tesis del artículo es clara pero las cosas no suceden de forma tan lineal.

    • Juan Antonio Fernández Cordón el abril 22, 2018 a las 10:17 pm

      Gracias Julio por tu interés y tus comentarios, que tendré muy en cuenta. Pero Considera que “pocas” es algo más que “ninguna”. No me negarás que la corrupción está ligada o muy facilitada por las políticas que afecciona la derecha. Lo del PP actual no es ni remotamte comparable a nada anterior. El factor humano, que nunca se puede descartar, se desborda cuando se trata de decisiones que afectan a grandes intereses. Seguirá habiendo alcaldes, del PSOE y del PP, que favorezcan a cuñados a la hora de atribuir un piso de protección social, y creo que los dos deberían acabar en la cárcel. Pero confío en que una apuesta firme por la sanidad pública, impida los sobornos millonaros para, desde el poder, favorecer a los extractores de valor del sector privado. O que apoyar sin fisuras el sistema público de pensiones, dificulte las connivencias entre el poder y la banca. No confundamos los pequeños chanchullos, en los que casi todos caemos (¿quién no ha comprado algo sin pagar el IVA?) con el expolio de lo público que se está llevando ahora a cabo.

      • Julio Rodriguez Lopez el abril 23, 2018 a las 11:14 pm

        Juan Antonio: De la física me quedó una frase contundente: toda magnitud hay que referirla a un periodo de tiempo (en este caso el tiempo que cada partido ha gobernado).
        En el comportamiento humano influye la ideología y también los rasgos básicos de la personalidad..
        En materia de política urbanística hay una transversalidad grande entre el comportamiento de los partidos a la hora de las recalificaciones y de las concesiones de licencias. No me gusta la Operación Chamartin que ha dinamizado la Carmena. sobra suelo disponible para oficinas y las viviendas de “protección” se venden en Madrid a precios muy por encima de los niveles de ingresos de buena parte de los hogares. ..
        A nivel macro llevas toda la razón, las políticas progresistas predisponen mucho menos a la corrupción. En la aplicación especifica de las políticas es donde puede haber mas “escapes”.
        Comparto la filosofía general del articulo

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