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Una nota económica urgente para el momento actual

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El pensamiento económico al servicio de la ciudadanía

Lecciones de la Historia

Los treinta años gloriosos (1945-1975) o cómo salir de las crisis.
  1. ¿Cómo salir de una crisis?

La pregunta no tiene respuestas claras: no existe un manual de instrucciones para responder a una cuestión tan importante. Pero desde el conocimiento de las últimas crisis económicas –de mayor o menor entidad, de ajuste bursátil o como consecuencia de aumentos en precios energéticos o por burbujas tecnológicas o inmobiliarias–, el interrogante se formula, con reiteración, a la disciplina económica: de acuerdo, no se vio venir una crisis, pero…¿cómo superarla? En tal sentido, las recetas que se han aplicado en períodos de recesiones han obedecido al corpus doctrinario que en cada momento ha regido la ciencia económica.

La primera crisis grave del capitalismo, la de 1873, mudó el sistema económico hacia procesos con mayor concentración del capital, con economías de escala en la producción y con deflación. La medida general que se adoptó por parte de los países fue el proteccionismo, una política arancelaria severa, para preservar los respectivos tejidos productivos en un escenario que presentaba otro elemento inquietante: la caída de los beneficios.

Los gobiernos, instalados en las reglas del patrón-oro y del laissez-faire, dejaron los mercados a su suerte. La crisis de 1921, prolegómeno de la de 1929, y derivada de las consecuencias del Tratado de Versalles –que hundía de facto la economía europea– también se enfrentó con nuevas iniciativas arancelarias hasta prácticamente el Plan Dawes de 1924 –con el pórtico fallido de la Conferencia de Génova de 1922, a la que no asistió Estados Unidos–: hasta entonces, escasez en el flujo crediticio, exigencias en cumplir con los márgenes de un sistema que, tras la Gran Guerra, ya hacía aguas, y obstinación ideológica a la espera de que los mercados lo resolvieran todo. El Plan Dawes trató de corregir parcialmente esta situación: facilitando, entre otros factores y no sin tensiones entre los países, créditos a Europa y modulando el pago de las deudas de guerra de Alemania. Esto, que infería una tímida entrada de lo público en economía, allanó los problemas –fluyeron crédito y dinero–, de forma que se abrieron cuatro años en los que, de nuevo, se pensaba que se asistía a un período de prosperidad: los felices años veinte.

El crack de 1929 rompe con el espejismo. Aumentos enormes de producción en años previos, desarrollo de la sociedad de consumo, incrementos notables de la productividad del trabajo con salarios más contenidos –un gap también vírico– y extensión de beneficios en particular en la economía especulativa, conducen a la tormenta perfecta. La crisis bursátil se hace financiera, productiva y mundial, desde su foco en Wall Street. Las soluciones: las mismas que habían operado desde la adopción del patrón-oro como sistema monetario. Es decir: equilibrio presupuestario, prohibición de emitir moneda más allá de las reservas en oro –con países que acaban por abandonar el estricto patrón monetario, y les va mejor–, aumento de los tipos de interés, cierre de créditos, escasez dineraria, no intervención del Estado en economía. Noción, en definitiva, de que la crisis era una pandemia que atacaba a los menos capacitados y preservaba y fortalecía a los más adaptativos. Un darwinismo en toda regla, acariciado por lo seguidores de la escuela austríaca y por los más importantes economistas del momento.

El resultado fue un fracaso estrepitoso de las recetas de siempre, con sendos exponentes: el incremento enorme del paro y la deflación, elementos que, uno u otro o ambos, se habían visto en 1873, a principios del siglo XX y, de nuevo, en los años treinta.

No se salía de la Gran Depresión con las medicinas y los médicos de siempre. Urgía otro paradigma que marcara una hoja de ruta, primero en el plano teórico, después en su aplicación a la política económica. La depresión enfrenta la ortodoxia con la realidad. Y surgen nuevos planteamientos: Gunnar Myrdal en Suecia, Michal Kalecki en Polonia y John Maynard Keynes en Gran Bretaña. Estos economistas trabajan de manera independiente, pero llegan a algunas conclusiones comunes: el capitalismo es inestable, y esa inestabilidad es recurrente. La falacia del sistema ortodoxo era creer que una economía de mercado siempre tiende a alcanzar el equilibrio, como un péndulo que, mientras va de un lado a otro, se acerca sin cesar a una posición de reposo. Pero un movimiento en el espacio no es un movimiento en el tiempo: aquí sólo se puede recorrer un camino, del presente al futuro. No hay previsiones correctas. La depresión supone el hundimiento de las perspectivas en una automática recuperación. Y Keynes –y también Kalecki– ven con claridad que el reconocimiento de que el futuro es desconocido desbarata toda la estructura de la teoría ortodoxa, basada en el concepto de equilibrio inter-temporal. Ante el hundimiento de los mercados, el Estado –indican Myrdal, Kalecki y Keynes– debe actuar. Un anatema. Surgía un nuevo discurso, muy criticado desde el liberalismo más acendrado –con Von Misses y Von Hayek a la cabeza–, pero con otros resultados empíricos.

  1. Una salida segura: la intervención pública

Los datos subrayan que la participación del Estado en economía fue determinante para superar la crisis de 1929 y la derivada de la guerra mundial. De hecho, las cifras recogidas en la tabla 1 indican que hasta prácticamente el cambio de paradigma económico, es decir, hasta la irrupción del neoliberalismo con los gobiernos de Ronald Reagan y Margareth Thatcher, los porcentajes de participación pública en el conjunto económico se duplicó, en relación a períodos precedentes.

Tabla 1. Gasto público sobre PIB, a precios corrientes, 1940-2010

PAÍS
1938-1940
1950
1970-1973
1980-1984
1995-1999
2007-2011
Alemania

42,4

30,4424849,7

45,8

Canadá

s.d.

24,436,339,445,4

42

Corea del Sur

s.d.

s.d.s.d.s.d.22,1

30,9

España

s.d.

s.d.32,937,542

42,7

Estados Unidos

19,8

21,431,131,735,6

40,5

Francia

23,2

27,638,84753,6

55,1

Holanda

21,7

26,845,558,649,2

49,6

Japón

30,3

19,822,931,137,9

41,2

Media OCDE

s.d.

2536,644,641,1

43,6

Reino Unido

28,8

34,241,544,141

49,9

Suecia

s.d.

16,242,963,161,1

52,5

FUENTE: Elaboración personal a partir de Angus Maddison, The World Economy: a millenial perspective, OCDE, París. Ver también: http://stats.oecd.org/index.aspx.

Se aprecian, sin embargo, diferencias entre las naciones: Francia, Suecia, Holanda, Reino Unido y Alemania resumen una apuesta inequívoca de las políticas públicas sobre la renta total, con porcentajes que superan el 50 por ciento, mientras que Estados Unidos ostenta cifras mucho más modestas. ¿Cuál era el recetario para realizar esas políticas? ¿Qué bases teóricas lo sustentaban? La tesis central y su justificación se recogía en la obra de John Maynard Keynes, Teoría General, escrita precisamente para dar respuestas a escenarios estructurales que no mejoraban con la adopción de las medidas ortodoxas. Un corpus argumental contra la depresión: descubrir al Estado como acicate económico, como estímulo central en coyunturas de atonía inversora, de raquitismo del consumo, de pérdida de activos, de desplome de la demanda.

¿Qué implicaba este cambio transcendental, en relación a los dogmas del patrón-oro? Varias cosas, desde inversiones en infraestructuras, colegios, sistemas sanitarios, universidades, pensiones y sueldos a nuevos funcionarios, subsidios a empresas: estas partidas se aumentaron, desde el Estado, desde poco más del 30% sobre el PIB (1955) hasta cerca del 47% (1979). Pero, además, es el gasto social el más beneficiado: si en los años 1930, ese gasto apenas representaba el 1,5% en Estados Unidos –antes del New Deal– y cerca del 5% en la República de Weimar, a partir de la década de 1950 esos guarismos crecen de forma importante. Entre 1950 y 1980, el gasto social pasa, en el conjunto de la OCDE, del 8% a casi el 15%. De manera gradual, pero contundente, se articulaba lo que se ha denominado Estado del Bienestar: Welfare State, un juego de palabras del obispo de la iglesia anglicana William Temple, para enfrentarlo al concepto Warfare State, que era la divisa de los nazis. El profesor William Beveridge, de la London School of Economics, que pilotó el primer plan de seguridad social en Reino Unido, adoptó el concepto bajo una idea: aportar coberturas universales a la ciudadanía británica, en todas las etapas de la vida.

Este incremento del gasto público se nutría –y al mismo tiempo era espoleta– de la expansión del PIB, gracias a las medidas macroeconómicas adoptadas, tal y como se expone en la tabla 2.

Tabla 2. Crecimiento del PIB, 1913-2008

PAÍS

1913-1950

1950-1973

1973-2008

Alemania

0,2

5

1,6

España

-0,7

5,6

2,7

Estados Unidos

1,6

2,5

1,8

Europa occidental

0,8

4,1

1,9

Francia

1,1

4

1,6

Holanda

1,1

3,4

1,8

Italia

0,8

4,9

1,8

Japón0,98,1

2

Media mundial

0,92,91,8
Reino Unido0,92,4

2

FUENTE: Elaboración personal a partir de Angus Maddison, The World Economy: a millenial perspective, OCDE, París, 2010.

En efecto, la mayor actividad del Estado del Bienestar se concretó en dos aspectos clave,de naturaleza técnica y también psicológica: los ministros de Hacienda dejaron de lado los equilibrios presupuestarios y perdieron el miedo a los déficits:

  • Aumento del presupuesto público en relación con el PIB, como se advierte en la tabla 1;
  • Utilización de la política fiscal con objetivos precisos;
  • Políticas anti-cíclicas, tendentes a asegurar la ocupación en un contexto de baja inflación, que era del orden del 4,3% entre 1950 y 1973;
  • Promoción del crecimiento económico, como factor redistributivo;
  • Redistribución de la renta, en forma de servicios sociales y políticas de aseguramiento vital.

Técnica y psicología se contextualizaron con sendas situaciones:

  • Una estabilidad monetaria que contrastaba con las crisis de inflación y de tipos de cambio de épocas precedentes; sólo el Bundesbank –todavía impactado por la hiperinflación de los años veinte– aplicó políticas monetarias más restrictivas;
  • La recuperación de las exportaciones desde 1950 hasta 1973, tras la vertiginosa caída anterior.

Las inversiones realizadas en diferentes ámbitos –infraestructuras, educación, servicios sociales, sanidad, administraciones, ejército, etc.– se materializan por la mayor laxitud monetaria que aplicaron prácticamente todos los países, como se refleja en la tabla 3.

Y toda esa capacidad productiva, puesta en funcionamiento, tuvo como corolarios importantes los incrementos de la productividad del trabajo, lo que se aprecia en la tabla 4: salarios aceptables, mejoras tecnológicas, apuesta inequívoca del Estado para preservar los resortes básicos de la economía y la sociedad, menor rigidez en las normas presupuestarias, mayor relajación monetaria con incrementos constantes de oferta de dinero, constituyen elementos que explican estos datos que, a su vez, se enfrentan a los alcanzados en el período previo y en el posterior (véase el panel 2 de la tabla 4). Los déficits públicos crecieron; pero la deuda pública se redujo, como se expresa en los gráficos 1-4, a partir de la sistematización de los datos del Fondo Monetario Internacional.

Tabla 4.

Crecimiento de la productividad laboral, 1913-2000, en dos paneles

PANEL 1. CRECIMIENTO DE LA PRODUCTIVIDAD LABORAL, 1950-1973

PAÍS

Sector Primario

Sector Secundario

Sector Terciario

Alemania

6,35,62,8
Estados Unidos5,42,2

1,4

Francia

5,95,2

3

Japón

7,39,5

4

Reino Unido

4,62,9

2

PANEL 2. CREC. ACUMULATIVO, 1913-2000

PAÍS

% 1913-1950% 1950-1973

% 1973-2000

Alemania

0,475,832,82
Españas.d.5,99

3,32

Estados Unidos

2,452,571,39

Francia

1,545

2,72

Italia1,715,8

2,12

Japón

1,757,27

2,83

Reino Unido

1,322,85

2,68

FUENTE: E. Tello et alter, L’acceleració del creixement, Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya, Barcelona.

Gráficos 1-4.

Evolución de la deuda pública sobre PIB. Diferentes países

FUENTE: Elaboración personal a partir de los datos del FMI. https://www.imf.org/external/datamapper/DEBT1@DEBT/FAD_G20Adv

  1. Conclusión: algunas lecciones

            La incursión que hemos hecho es necesariamente breve, y se han eludido los matices que sin duda son importantes. En tal sentido, existe una bibliografía de historia económica muy potente –y novedosa– sobre análisis de crisis económicas, con aportaciones muy solventes y sólidas desde el punto de vista de las bases estadísticas utilizadas. Nuestro interés, ordenado en tres consideraciones, es sencillo:

  • Focalizar la atención en puntos clave (crecimiento del PIB, del gasto público, de la productividad laboral, de la oferta monetaria, de la expansión presupuestaria), con comparaciones cronológicas previas a 1950 y posteriores a la crisis de 1930, englobando así los conocidos como “treinta gloriosos años”.
  • Apuntar, en función de los datos expuestos a partir de bases estadísticas aceptadas por economistas e historiadores económicos, cómo una determinada política económica, aplicada desde los años 1950 y muy distinta a la concebida por el mundo académico y político hasta esos momentos –con la excepción de la experiencia aleccionadora del New Deal–, facilitó la salida de la crisis de 1929 y de las consecuencias económicas de la guerra mundial.
  • La importancia de la ruptura de paradigmas económicos que parecen inamovibles cuando se han revelado, reiteradamente, inapropiados: esta es una gran lección para la expansión del crecimiento económico desde 1950.

Las derivadas de todo esto son, a nuestro juicio, explícitas, para meditar en la coyuntura actual:

  1. La importancia de la laxitud en la política monetaria: necesidad de implementar transfusiones de dinero, en escenarios de inflación controlada (4,3% entre 1950 y 1973; no llega al 2% en la coyuntura actual). No existen riesgos de inflaciones disparadas hoy en día.
  2. El empuje de la política fiscal, auspiciada por la mayor oferta monetaria: programas de inversión en mejoras de infraestructuras, retos nuevos para la economía y la sociedad (ahora: el cambio climático, el incremento y la reordenación demográfica, las nuevas tecnologías, el teletrabajo, las energías renovables, el cuidado de las personas mayores y de los niños para favorecer una mayor entrada de las mujeres en el mercado laboral, etc.). El presupuesto público debe ser un arma para el cambio, no un conjunto de celdas en hojas de cálculo, que hay que cuadrar por encima de lo que sucede en la economía real.
  3. La importancia de perder el miedo al miedo al cambio, según la frase feliz de Roosevelt: el mainstream académico y político debería atender las lecciones de la historia económica para no incurrir en errores ya repetidos, y abandonar el luteranismo económico que ha resultado pernicioso –los datos son demoledores, y serían objeto de otro comentario– no sólo para los países periféricos, sino también para el avance y la consolidación de los más avanzados en la Unión Europea.
  4. La urgencia en la coordinación: el período que va de 1950 a 1973, en el que se dibujan nuevas recetas económicas, nuevas actitudes ante el Estado y los mercados, la significación de las organizaciones sindicales y sociales, fue posible gracias a la coordinación de las instituciones económicas surgidas de Bretton Woods y a una idea colectiva de recuperación común, con todos sus defectos y lagunas.

 

El conocimiento de los procesos históricos pueden ser útiles cuando nos hallamos ante encrucijadas, retos y desafíos a veces inéditos, como el actual con el Coronavirus. Conocerlos no es un ejercicio intelectual gratuito: es munición cívica para que agentes económicos, sociales y gobernantes puedan tener más factores para decidir mejor, siempre pensando en el bien común.

About Carles Manera

Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Consejero del Banco de España. Consejero de Economía, Hacienda e Innovación (desde julio de 2007 hasta septiembre de 2009); y Consejero de Economía y Hacienda (desde septiembre de 2009 hasta junio de 2011), del Govern de les Illes Balears. Presidente del Consejo Económico y Social de Baleares. Miembro de Economistas Frente a la Crisis Blog: http://carlesmanera.com

2 Comments

  1. José Candela Ochotorena el marzo 23, 2020 a las 5:40 pm

    Gracias al autor por un artículo tan didáctico y bien documentado, con una carga didáctica y anti neoliberal potente. Pero creo que olvida una lección importante de los tres maestros citados, sobre todo de Keynes y Kalecki. El modelo de presión presupuestaria funciona en una economía suficientemente cerrada como para evitar que los efectos se diluyan en el comercio exterior.
    Hoy, 2020, el sistema termodinámica al que se inyecta demanda es abierto y mucho más dinámico que la posguerra, e incluso ya en 1950 el keynesianismo europeo estaba acompañado de la planificación. Un esfuerzo como el que totalmente de acuerdo propone el artículo, debe ir acompañado, el mismo lo dice, de objetivos concretos de cambio inversor. Además, en la UE, donde hay intereses acreedores que combaten el aumento de deuda de los países deudores y sus intentos de cambio social, la nueva deuda debe generar los ingresos para su devolución porque además el crecimiento ya no puede ser el objetivo frente al cambio climático y la crisis ecológica. Ante un aumento de complejidad tan grande se necesita un nuevo paradigma que nos enseñe a trascender el eje central de la propiedad privada

  2. Demetrio Vert el marzo 23, 2020 a las 7:04 pm

    Suelo leer al catedrático Manera pues sus planteamientos y argumentos son fáciles de entender para un lego en economía como soy yo. Si alguna vez tengo alguna duda aplico un metodo simple: las cuentas de mi abuela. Parecerá una boutade, pero no lo es. Muchas veces las ramas enrevesadas no nos dejan ver el bosque. De ahí que celebro con entusiasmo el corolario del comentarista Candela Ochotorena, un experto en economía, también, imagino, por su forma de abordar estas cuestiones. El eje central: La propiedad privada, su función social y quén la domina. El concepto de propiedad privada nunca ha sido el mismo a través de la historia, ni se ha accedido a ella de la misma manera. Casí toda es fruto de una expoliación, de una rapiña o de las herencias de tales despojos, legales o ilegales, realizados con violencia física o sin ella. Pero bueno, asíestán las cosas. No trato en estas líneas enjuiciar la moralidad de la acumulación capitalista en manos de algunos, sino más bien pensar en qué nos beneficia como sociedad esta aceptada concepción de la misma, y en cómo cuidará de mi en los años de bonanza y me defenderá ante el infortunio el que las decisiones esenciales sobre la riqueza dependan del buen sentido, del buen humor o de la conmiseración de alguién en concreto, y no de la mayoría.¿Puede la sociedad correr ese riesgo? A fin de cuentas, el que la propiedad tenga el estatus que tiene no es más que un contrato social. Cambiarlo depende de nosotros, como diría mi abuela. Porque la pregunta que ella se haría y que yo me hago es la siguiente: porque eso es tuyo y no mío, o de todos.

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