Esa es la gran pregunta que se hacen, con lógica, muchas personas, y que hace pocos días realizaron en un programa de radio en el que, por las naturales limitaciones de tiempo, no resultó posible dar todas las explicaciones correspondientes. A responder un poco más detalladamente a esta cuestión se dirigen estas líneas.
España tiene desde hace 50 años, es decir, medio siglo, las tasas de paro más altas de Europa. Debe haber quien piense que es una maldición. También hay expertos que repiten insistentemente que eso lo que refleja es que España tiene una terrible “enfermedad laboral” derivada de un mal funcionamiento de nuestro mercado de trabajo. Pero nada de eso parece cierto. No hay por supuesto ninguna maldición: quizá en cierto sentido más bien lo contrario, aunque pueda parecer increíble, como veremos. Ni tampoco hay ninguna enfermedad laboral o, mejor dicho, no la que pretenden insinuar quienes insisten en esa idea con la intención de que se vuelva una y otra vez a realizar reformas que desregularicen y precaricen el mercado de trabajo en España, alejándolo de los mejores comportamientos que tienen los mercados laborales en los demás países europeos y provocando, como asimismo pretendemos explicar, el efecto contrario: el mantenimiento en el tiempo de elevadas tasas de paro.
Frecuentemente se citan otras causas muy variadas, entre otras las que tienen que ver con diversos problemas vinculados con la estructura o ‘modelo’ productivo español, como la falta de competitividad de determinadas actividades y partes importantes del tejido empresarial, o la especialización y alta presencia de actividades estacionales y/o de bajo valor añadido, que provocan una gran inestabilidad laboral y unos ajustes cíclicos del empleo más intensos que en otras economías europeas. Y, en sentido contrario, el tradicional bajo peso relativo de otras actividades de elevada intensidad tecnológica.
Sin negar en absoluto la razón y realidad de esas cuestiones, no resultan del todo convincentes porque no permiten explicar suficientemente por qué el comportamiento del paro en España es estructuralmente muy diferente al de otras economías de nuestro entorno con características similares. Ni tampoco por qué los avances –aunque incompletos o limitados, también indudables- de la economía española en esos aspectos han seguido siendo compatibles con el mantenimiento en el tiempo de tasas de paro permanentemente elevadas.
Las causas de ello tendrían que poder explicar por lo tanto el fenómeno del elevado desempleo en una doble dimensión estructural: la comparación con las economías del entorno y la comparación con nuestra propia economía a lo largo del tiempo. Vamos por lo tanto a exponer, aunque de forma sintética y lo más clara posible, la evidencia detrás del asunto de la persistente tasa de paro en España que se deriva y constata por los datos disponibles.
La primera cuestión que surge es si la economía española y el mercado de trabajo son capaces de crear suficiente empleo o si el problema se deriva de una incapacidad de hacerlo. Contamos para ello con los datos estadísticos más fiables que se elaboran en España (con una metodología completamente homologada con los demás países): los de la Encuesta de Población Activa (EPA).
En los últimos 50 años, entre 1976 y 2024, se ha creado en España una cifra superior a los nueve millones de empleos netos. Eso significa que el empleo actual casi duplica (un 90% más) el que teníamos en la década de los setenta del pasado siglo. Esa es una cantidad tan considerable que no hay otro país europeo que pueda igualarla. No existe, por lo tanto, un problema de incapacidad para crear empleo.
Pero, si esto es incuestionablemente así, como acabamos de mostrar, la pregunta se repite con más extrañeza: entonces ¿por qué siempre a lo largo de cincuenta años tenemos más paro que los demás países? Hay dos factores que lo explican.
El primero de ellos es que, al mismo tiempo que se creaba esa cuantiosa cantidad de empleo, también crecía considerablemente la población activa: las personas que quieren trabajar. En el mismo periodo de esas cinco décadas, el número de personas activas no ha dejado de aumentar en ningún momento. Entre 1976 y la actualidad esa cifra ha crecido en 11,2 millones. Ese incremento es asimismo el más elevado, con mucho, durante ese largo periodo de todos los países europeos.
Las razones de un crecimiento tan enorme (la población activa ha crecido nada menos que un 84%) son las siguientes:
- La llegada al mercado laboral a partir de mediados de los años setenta de la generación más grande de la historia, la conocida como los baby boomers (que, por cierto, tras pasar más de cuarenta años trabajando, produciendo e impulsando el desarrollo del país, ahora comienza a llegar al momento de su jubilación).
- Además, esa generación y las siguientes tienen una característica que no tenían las precedentes: la proporción de mujeres que deseaban incorporarse al trabajo remunerado era muchísimo más alta y creciente. En 1976, menos de tres de cada diez mujeres en España eran “activas” en sentido laboral, es decir, querían un trabajo remunerado que les facilitara, entre otras cosas, la igualdad con los hombres y una independencia económica.
Hoy más de cinco de cada diez son activas… y la cifra no ha terminado de crecer y está progresando hasta que llegue a igualarse a la de los hombres, como ha sucedido en los países más avanzados de Europa. Lo cual implica que la mayor parte del crecimiento de la población activa (esos 11,2 millones que decíamos más arriba) han sido mujeres.
Si en 1976, trabajaban en España 3,6 millones de mujeres, hoy son nada menos que 10,4 millones, cerca del triple: las mujeres han sido las grandes protagonistas del desarrollo económico español.
- De forma más reciente, en los últimos treinta años, a las razones anteriores se ha sumado la incorporación de nuevos activos procedente de los flujos migratorios, en un proceso similar al de los restantes países europeos e igualmente muy positivo.
En consecuencia, tres factores de gran importancia, enormemente positivos (una bendición y no una maldición), han impulsado con una fuerza extraordinaria el crecimiento de la población activa. Y decimos que son enormemente positivos porque, aparte de otros aspectos sociales que también lo son, el empuje que han imprimido a la fuerza de trabajo ha permitido, y a su vez impulsado, el crecimiento económico y el desarrollo social del país.
Ninguno de los países europeos, ni siquiera los más grandes, ha conocido un crecimiento tan considerable de la población activa. Desde mediados de los años noventa, periodo de prácticamente treinta años para el que las estadísticas europeas (Eurostat) permiten fácilmente obtener datos, ese crecimiento ha más que duplicado al de los otros países más grandes de Europa, como se comprueba de un vistazo en el gráfico siguiente.
Además, ese mayor crecimiento de la población activa continúa produciéndose en la actualidad, ralentizando la reducción de la tasa de paro a pesar del superior crecimiento, uno de los mayores de Europa, del empleo.

En definitiva, el inmenso e incomparable crecimiento de la población activa ha sido tan elevado que explica, en primer lugar, por qué, incluso contando con el incremento tan considerable del empleo en España –sin parangón, repetimos, en toda Europa-, este no ha sido suficiente para compensar aquel y es, por lo tanto, una de las grandes razones que explican que se hayan mantenido durante tantas décadas tasas de paro más elevadas que en los demás países de nuestro entorno.
Pero no es la única. Porque toda la explicación anterior nos lleva necesariamente a la segunda de las causas que han operado en estos cincuenta años y que explica el mantenimiento de las altas cifras de desempleo.
Hemos dicho que en España se crearon en estos últimos cincuenta años más de nueve millones de empleos “netos”. Lo que quiere decir que en términos totales o “brutos” la creación de empleo ha sido mayor. En realidad, mucho mayor. La creación total de empleo a lo largo de cinco décadas ha sido de prácticamente quince millones y medio, suficiente para atender con creces el incremento de la población activa. Entonces, ¿qué ha pasado además del altísimo crecimiento de los activos que explique el mantenimiento de elevados niveles de paro?
Pues que de esos más de quince millones de empleos creados, se han perdido, destruido, 6,4 millones durante las tres grandes crisis económicas: la de finales de los años setenta y principios de los ochenta, la de comienzos de los años noventa, y finalmente la Gran Recesión de la economía mundial de 2008 a 2014, con su mayor intensidad en España como resultado sobre todo del estallido de la burbuja inmobiliaria y de sus tremendas consecuencias.
Nuevamente estamos ante un fenómeno diferencial de la economía española: en ningún país europeo se ha destruido tanto empleo durante las crisis económicas y por lo tanto en ninguno las tasas de paro han crecido durante las crisis tanto como en España.
En realidad, hay que destacar que, cuando en España se han producido esas elevadas destrucciones de empleo durante las crisis económicas, las pérdidas han sido además de alta intensidad, es decir, rápidas y concentradas en el tiempo. Por lo que luego, las posteriores etapas de expansión económica y creación de empleo exigen muchos más años para recuperar los niveles previos a las crisis.
Veámoslo en la tabla siguiente con los ejemplos y la comparación de lo que ha sucedido en las últimas grandes crisis y posteriores periodos de expansión del empleo.

- En la crisis de comienzos de los noventa la tasa de paro aumentó en España en 7 puntos porcentuales frente a sólo 2 en el conjunto de países de la Unión Europea.
- En la crisis de 2008 a 2014[i], la situación fue mucho peor: en la UE la tasa de paro creció en 4 puntos porcentuales, mientras que en España lo hizo en unos inimaginables 18 puntos. Una cifra superior al cuádruple de la media europea.
En los periodos de expansión de la economía sucedió lo contrario: las reducciones de la tasa de paro son mayores en España que en el conjunto de la UE, dada nuestra mayor capacidad de generar empleo:
- Durante el largo periodo expansivo que siguió a la crisis de comienzos de los noventa, la tasa de paro en España se redujo en quince puntos porcentuales, prácticamente alcanzado la tasa de paro media europea, en la que se redujo solamente cinco puntos.
- Algo parecido sucedió en el periodo de crecimiento económico subsiguiente a la Gran Recesión de 2008: la tasa de paro española bajó doce puntos porcentuales frente a sólo cinco en la UE. Pero, ese mejor comportamiento en España no fue suficiente para que la tasa de paro alcanzara la media europea porque la reducción en España de doce puntos no alcanzó a compensar los elevadísimos dieciocho puntos que previamente había aumentado durante la crisis. En el conjunto de países de la UE, sin embargo, la bajada de cinco puntos de la tasa de paro, más que compensó los cuatro que había crecido durante la crisis.
En suma, el problema proviene de que en España el ajuste del empleo en las crisis es sustancialmente más elevado que en el resto de Europa, y eleva mucho más la tasa de paro, lo cual hace que una parte de esa pérdida de empleo y correlativo crecimiento del paro tarde muchos años más en compensarse, y a veces, como en la crisis de 2008, no haya llegado siquiera a conseguirse todavía. Y se traduzca en que España tenga durante años la tasa de paro más alta de la UE.
Pero, la cuestión de fondo, la que está detrás de todo esto, es ¿por qué en España se destruye mucho más empleo durante todas y cada una de las crisis que en el resto de los países europeos?
Ese mayor volumen de pérdida de empleo no se justifica de forma suficiente porque las crisis hayan sido más profundas en España (de hecho, las diferencias en el crecimiento comparado de las tasas de paro en España son mucho más que proporcionales a la intensidad de la caída del PIB en las crisis respecto a lo registrado en el resto de Europa), por lo que hay que pensar que existen otros factores que explican los ajustes de empleo tan elevados y las correlativas subidas del desempleo. Y en realidad los hay, y bastante claros.
Hay dos características que han sido estructurales durante décadas en el mercado de trabajo español y que conducen a que los ajustes de empleo durante las crisis sean muy superiores a los que se producen en los demás países. Y se refieren a dos instituciones laborales con diferencias y singularidades especialmente negativas respecto a los demás países. Se trata de la altísima tasa de temporalidad del empleo, de un lado, y a la regulación del despido, que permite e induce sobre ajustes brutales del empleo ante las crisis, de otro.
La primera, la tasa de temporalidad del empleo que ha sido la más alta de la UE desde, cuando menos, mediados de los años ochenta hasta la última reforma laboral de diciembre de 2021, mediante la cual se ha conseguido reducirlos hasta niveles europeos (aunque sólo en el sector privado) en los cuatro últimos años.
Su comportamiento ante las crisis ha sido demoledor en términos de destrucción de empleo, porque la elevada temporalidad estimula e induce un violento y rapidísimo ajuste de las plantillas laborales a lo largo y ancho del tejido productivo. Algo constatado en todos los procesos de crisis que se han padecido en España. Y que lógicamente no ocurre de ninguna manera en términos comparables en el resto de Europa.
Una gran parte del mayor incremento de las tasas de paro en España proviene, así, de las elevadas tasas de temporalidad del empleo y del efecto de ajuste prácticamente instantáneo ante las recesiones.
La segunda, como hemos dicho, se refiere a la (des)regulación del despido. Un proceso que, además, ha sido creciente desde las reformas laborales de comienzos de los años noventa hasta las realizadas en la década pasada. Un dato lo muestra con total claridad. Entre 2008 y 2014, durante esa crisis, se realizaron en España más de cinco millones de despidos de trabajadores con contrato indefinido, es decir, sin contabilizar la destrucción de empleos temporales.

La regulación (todavía vigente) había llegado a ser en el momento de desencadenarse la crisis tan laxa que permitió que las empresas realizaran millones de despidos mediante la modalidad del despido individual (apenas uno de cada diez fueron despidos colectivos) y, dentro de la misma, abrumadoramente –siete de cada diez- bajo la fórmula de los despidos improcedentes, desdeñando incluso los despidos por causas objetivas. Porque esos improcedentes, aunque tengan una indemnización mayor, que también había sido fuertemente reducida años atrás (entre otras cosas eliminando los salarios de tramitación), se realizan sin procedimiento de justificación alguno: con una simple notificación al trabajador de la decisión del empresario, ante la que la tutela judicial resulta sencillamente inoperante e inviable.
Apoyada en esas dos nefastas características, elevada temporalidad del empleo y laxa regulación del despido, la tasa de paro creció de un 8% en 2007 a un 26,9% en 2013, un incremento de casi diecinueve puntos, que supuso para la economía española alcanzar el record absoluto de desempleo y una cifra verdaderamente desproporcionada respecto a cualquiera de las registradas en los demás países de la UE. Y como claramente de aquellos polvos vienen estos lodos, la tasa de paro española, aunque ha bajado considerablemente, todavía bastantes años más tarde se resiente del altísimo nivel alcanzado entonces.
Recordemos, en la UE, la tasa de paro aumentó cuatro puntos, mientras que en España, fueron casi diecinueve y sobre un nivel de partida ligeramente más elevado que el promedio europeo. De los que en doce años ha bajado cerca de diecisiete. Hace ya años que la mayoría de los países de la Unión recuperaron aquellos cuatro puntos e incluso bajaron más, pero España está entrando ahora, por fin y tras enormes esfuerzos y una creación de empleo sostenida y superior a la europea, en la zona inferior a los dos dígitos.
Las grandes destrucciones de empleo y sus causas son, en consecuencia, una herencia sombría, que debería llevarnos a considerar la importancia de superar los problemas de la regulación de determinadas instituciones del mercado de trabajo.
Todo esto cambia diametralmente con la crisis del coronavirus. Una prueba muy concluyente de ello es lo que, en efecto, sucedió durante la crisis de la COVID. Las inéditas medidas adoptadas por los responsables laborales del Gobierno permitieron en esa ocasión que, con una caída agudísima del PIB, las pérdidas de empleo, fueran ciertamente muchísimo más bajas que en cualquiera de las crisis anteriores. La tasa de paro creció solamente en un punto medio, un punto más que la registrada en el conjunto de la UE.
La clave de esa reacción tan diferente del empleo fue la inédita combinación de las instituciones laborales vigentes. Por un lado, la aplicación obligatoria de los Expedientes Temporales de Regulación de Empleo (ERTES) que, si bien existentes desde hacía décadas en el ordenamiento laboral español, siempre habían sido de utilización voluntaria y discrecional por parte de las empresas. Esos mecanismos permiten que estas, las empresas, no tengan que soportar los costes salariales durante la crisis dado que los trabajadores pasan a percibir las prestaciones por desempleo. Al finalizar el periodo de crisis, las plantillas vuelven a su situación anterior sin que se produzcan pérdidas de empleo.
La novedad en su aplicación, que consiguió que fuera absolutamente mayoritaria, fue que se suspendió la posibilidad de realizar despidos durante la crisis, por lo que a las empresas no les quedó otro remedio que acogerse a los ERTES, que permitieron mantener y salvar el empleo así como aliviar por el lado laboral el coste de la inactividad (aunque esta obviamente, al impedir continuar la producción, ocasionó el deterioro de los ingresos empresariales, lo que fue parcialmente paliado con otro tipo de instrumentos ajenos al ámbito laboral).
Unas semanas más tarde de comenzar el confinamiento, las autoridades laborales decretaron asimismo que se prohibía cancelar los contratos temporales, de forma que estos trabajadores debían también incorporarse a los ERTES. Simplemente ese retraso de unas pocas semanas en la adopción de esta medida ocasionó que el paro aumentara con la cancelación de centenares de miles de contratos de trabajadores temporales, y es la razón del aumento en un punto de la tasa de paro respecto a la UE.
Con todo, la crisis de la COVID mostró a las claras cómo existen en el ordenamiento laboral medidas que permiten operar como el resto de los países europeos, defendiendo el empleo durante las crisis en lugar de convertirlo en un mecanismo impropio e inadecuado de respuesta, aumentando la tasa de desempleo con graves y largas consecuencias para el conjunto de la economía, para el gasto público por desempleo, y para las familias.
Lo que pretenden quienes siempre apuestan, de forma más o menos explícita, por la desregulación en el mercado de trabajo provocaría nuevos aumentos de la tasa de paro que nos mantendrían permanentemente en las peores posiciones de la UE.
En conclusión, los elevados y permanentes crecimientos de la población activa, y unas instituciones laborales que conducen a pérdidas considerables de empleo durante las crisis, son los factores que se han sumado dando como resultado el mantenimiento durante décadas en España de tasas de paro elevadas y muy superiores a las que presentan los países de nuestro entorno.
Un último aspecto de interés a señalar en relación con las todavía hoy elevadas tasas de paro es la dualidad geográfica que estas presentan en España. Esa dualidad ocasiona que las medias nacionales escondan una situación heterogénea y claramente diferenciada.
En este momento la mayoría de las Comunidades Autónomas, once de las diecisiete, presentan ya tasas de paro inferiores al diez por ciento. Y de ellas, en seis, esas tasas se sitúan entre el 5,8 y menos del ocho por ciento. Es decir, muy próximas no sólo al promedio europeo sino rozando los niveles de pleno empleo. Las medias nacionales, por más que se utilicen de forma habitual, no permiten contemplar adecuadamente la situación real del desempleo en nuestro país.
[i] En la tabla se contempla el inicio del periodo en 2007 para poder realizar la comparación de forma más rigurosa porque en 2008 la tasa de paro ya había aumentado respecto al año anterior. Asimismo, y por las mismas razones, se considera como final del periodo el año 2013 porque en 2014 ya había empezado a reducirse la tasa de paro.

