Unai Sordo, otro lenguaje sindical

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Ignacio Muro @imroben es economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

Resaltar su origen vasco es obligado cuando se trata de trazar un perfil de Unai Sordo, elegido este fin de semana quinto Secretario General de CCOO en su XI Congreso. Es así, porque hacer sindicalismo en Euskadi es algo que marca especialmente. Tanto que su nombramiento anticipa ya un reconocimiento simbólico de la contribución que la lucha social y obrera del Pais Vasco ha hecho a la modernización y la democracia de nuestro país. Es, por así decir, el otro “cupo vasco” la visión más generosa y federal de la contribución del mundo del trabajo a una historia compartida.

La singularidad de su experiencia viene marcada por muchas singularidades. El sindicalismo vasco que representa las CCOO de Euskadi, junto al de UGT, tiene una larga tradición de haberse desarrollado “a contracorriente”, tanto en el espacio político como en el sindical, en un ambiente en el que ELA y LAB, los sindicatos nacionalistas, son mayoritarios. Trabajar en minoría contra la lógica ideologizada en clave soberanista de una Mayoría Sindical Vasca, que disfruta de ventajas institucionales aunque se ampare en una retórica antiliberal, es ya un reto. Desarrollarse en ese contexto exige desarrollar una voluntad especial muy pegada a la tierra, construida desde su presencia en los conflictos, de su inteligencia en la negociación y de su comprensión de los nuevos procesos industriales y productivos.

Quizás sea por eso que no es fácil oír a Unai deslizarse hacia adjetivos que midan cuánto de izquierdas puedan considerársele. O cuanto de dura es una posición dura. El clima político en el que ha vivido le recomienda huir de planteamientos cómodos o de zonas de confort ideológicos, prefiere entrar en el fondo de los argumentos. Es consciente que la hegemonía neoliberal y el capitalismo financiero debilita simultáneamente los vínculos colectivos en tanto que trabajadores y en tanto que ciudadanos con el objeto de impedir la construcción de un sujeto colectivo auto-reconocible y global. Las debilidades de Zapatero en 2010, las posteriores de Hollande o las de Siryza en 2015 y también los de la izquierda actual “más que achacarlas a la falta de arrojo o de voluntad transformadora” las conecta con la situación subalterna que la arquitectura de la UE ha colocado al trabajo. Y asume como tarea de los sindicatos dar respuesta a ese reto.

No teme Unai al cambio tecnológico porque “los cambios se gobiernan, no son algo a lo que, simplemente, haya que adaptarse, o sufrirlos, como sugiere la lógica liberal”.

Una convicción que conecta, sin duda, con su adscripción a la cultura digital, pero también, al hecho de que el Pais Vasco sea la comunidad con más desarrollo industrial y donde existe una amplia red de nuevos servicios de alto valor, donde los nuevos modelos de empresa se implantan antes y donde el cambio tecnológico se percibe como oportunidad.

Pertenece a una generación que accede al poder del sindicato no en lucha con la anterior, sino como “fruto de la generosidad de los sindicalistas que construyeron la democracia, representados por Toxo”. Pero le gusta resaltar que la nueva dirección representa ya a “una generación de sindicalistas que han crecido en la realidad de precariedades múltiples” que es el nuevo capitalismo y que han sufrido el “cambio en el paradigma del mundo del trabajo’, una generación más sensible a los planteamientos del 15M y a los “procesos de socialización que genera la precariedad y la enorme pérdida de expectativas en su vida laboral y personal”.

La exclusión y la desigualdad nacen en la misma empresa, allí donde todo el valor añadido se reparte entre trabajo y capital y es allí donde tiene sentido el sindicato. Debilitar el trabajo e ignorar el movimiento sindical es esencial para construir desigualdad. De ese análisis deduce los objetivos prioritarios del sindicato: “que lo que la empresa global desintegra, lo integre en su seno el sindicato”. Hay que convencer a la gente de que no “puede establecer su trayectoria vital solo ante el peligro, que en el trabajo las relaciones no son entre iguales”. El reto de CCOO es “cómo sindicalizar una clase trabajadora diversa y dispersa”. Los jóvenes, las mujeres y todos los que sufren la desintegración a través de múltiples formas de precariedad son el objetivo esencial de CCOO.

Obligados a “bajar del periscopio al microscopio”, asume como reto “repensar el sindicato” pero no como un esfuerzo extraordinario sino como un repensar continuo, dinámico. Asumir la multifragmentación de los procesos productivos supone “asumir formas flexibles de organización que den respuesta a situaciones diversas” que van desde la máxima precariedad y dispersión a nuevas formas de trabajo como consecuencia de procesos intensivos de digitalización o a estructuras robotizadas de grandes empresas. Significa dar prioridad a los trabajadores que están en peor situación y en peores condiciones para organizarse y defender sus derechos”. Y que las secciones sindicales de las grandes compañías sean mucho más proactivas respecto de esa red de empresas que funcionan a su alrededor, para que los trabajadores de éstas entiendan la utilidad del sindicato.

Se esfuerza Unai por mostrar sus argumentos de interés general a las empresas y al gobierno, porque “la segregación no solo es injusta para las personas, también es ineficiente para las empresas y disfuncional económicamente”. Define a CCOO como “la primera organización de un país poco vertebrado” y pide que se le reconozca su legitimidad para poder seguir siéndolo. Pero es “consciente que su poder de legitimación está conectado a su poder de intimidación, a la capacidad de condicionar los comportamientos de las empresas y los gobiernos”. Y reclama a CCOO que pase a la ofensiva.

Dice Unai en su blog que es “de los que llegaron tarde a todo. O pronto, según se mire”. Las CCOO y el mundo del trabajo apuestan porque esta vez esté llegando a tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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