«El mundo está lleno de víctimas que luchan por la Justicia sin rencor»

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Juan Luis Pavón entrevista para el Correo de Andalucía a Ruth Rubio Marín, miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

Ruth Rubio Marín es profesora de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla. Ha participado en la elaboración de la Carta Universal de los Deberes y Obligaciones del Ser Humano, y ha sido incluida en el Muro del Legado a la Justicia de Género, en la Corte Penal de La Haya.

 

Ruth Rubio Marín, en el hogar familiar en el centro de Sevilla. / Jesús Barrera

 

¿Qué hace una constitucionalista como usted en la junta directiva del colectivo Economistas Frente a la Crisis?

Porque no solo  están comprometidos en poner el conocimiento de las Ciencias Sociales al servicio de la ciudadanía y crear propuestas desde el prisma de la redistribución de la riqueza, sino también incorporando al eje socioeconómico la justicia medioambiental y la justicia de género. Es un grupo de pensamiento crítico progresista, opuesto al neoliberalismo salvaje, en el que no solo hay economistas sino también juristas, politólogos, sociólogos e ingenieros. Cristina Narbona sugirió mi adhesión. Acepté y, desde entonces, no dejo de aprender junto a ellos.

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A Ruth Rubio Marín ya no la encuadran en el censo de sevillanos de talento y trayectoria internacional que retornan en fechas como las navideñas. Tras ocho años como titular de la cátedra de Derecho Constitucional Comparado en el Instituto Universitario Europeo, con sede en Florencia, el 2017 ha significado su reincorporación a la Universidad de Sevilla y a volcarse más en su ciudad natal, y con sus amigos entrañables. Enamorada del barrio de la Alfalfa, su vida no va a ser localista ni sedentaria. Desde 2002 está vinculada a la Universidad de Nueva York. Son 27 los países donde ha participado en conferencias magistrales, convenciones y cursos. En la de Yale la han elegido para que en 2019 protagonice la conferencia magistral Gruber de Expertos sobre Derechos de las Mujeres y Justicia Global, una de sus especialidades.

A sus 48 años, su curriculum es brillantísimo. Habla 5 idiomas y se defienden en otros 3. Publica en inglés sus libros en las editoriales de Cambridge o de Oxford. Así resume el eje de sus líneas de investigación: “entender cómo el derecho público construye y reta categorías de inclusión y exclusión, con especial énfasis en las articuladas en torno al género, la nacionalidad, y la pertenencia a minorías nacionales”. Temas que podemos ver reflejados en el día a día de la actualidad: los abusos a mujeres, las migraciones de comunidades perseguidas, el resurgir de los nacionalismos, etc.

Su padre, burgalés, aparejador, recientemente fallecido, y su madre, tarraconense, psicóloga, directora de un centro de psicología clínica en el barrio de Los Remedios, echaron raíces en Sevilla. Ruth es la tercera de sus cuatro hijos. Estudió en el Colegio Alemán y en el Instituto Fernando de Herrera. “En ambos recibí una educación de primer nivel. Como siempre he sido una aventurera, me atreví a hacer COU en Toronto (Canadá). Y aluciné. Intensificó aún más mi pasión por el conocimiento, por tener una mentalidad abierta, por leer a los clásicos”.

¿Por qué se decantó hacia el Derecho como estudio y como profesión?

Fue lo único que no decidí de forma plenamente libre. Tardé mucho en enamorarme del Derecho, y todavía estoy en ese proceso de enamorarme, siempre lo abordo desde una visión que me permite combinar otras vertientes humanísticas, desde la filosofía política o la antropología, estudiando y comparando las sociedades y sus culturas jurídicas. Yo lo que quería hacer era la carrera de Psicología. A mí me fascina la mente, el pensamiento, hablar con personas, conocer la psicología… Pero mi madre acababa de hacer Psicología. De hecho, coincidimos como alumnas en la antigua Fábrica de Tabacos, pues en su último año de Psicología yo empecé Derecho. Me convenció con el argumento de que tenía más salida profesional. ¡Qué mérito el suyo, hacer una carrera siendo madre de cuatro hijos!.

¿Qué profesores le influyeron más en Sevilla durante la carrera?

Joaquín Herrera Flores, fue mi profesor de Filosofía del Derecho, y él me aportó la semilla del pensamiento libre, rebelde, fuera de la ortodoxia, que por aquel entonces en la Facultad de Derecho no era la nota dominante. Pedro Cruz Villalón fue quien me descubrió al ver mi expediente y me atrajo al departamento del Derecho Constitucional. Ángel López, que fue mi profesor de Derecho Civil, y con él logré inspiración y aprendizaje, me contagió más el gusto por el Derecho en sentido estricto. También me marcó mucho Juan Antonio Carrillo Salcedo desde el Derecho Internacional Público. Y me decía: “Ruth, tú eres de esas personas que ve en las ventanillas de los trenes ‘Peligro asomarse’ y lo conviertes en ‘Peligro no asomarse fuera’”. Porque nunca me sentí cómoda confinándome a una perspectiva local. Quien me influyó más en la facultad, aunque nunca me dio clases, fue Javier Pérez Royo, que entonces era rector. Ha sido mi principal mentor. Le hablaron de mí, que sacaba muchas matrículas, y le dijeron que en los veranos me buscaba la vida para ganarme un dinerillo haciendo cosas tan variopintas como trabajar de azafata en jets privados, o haciendo labores administrativas en el Centro Europeo de Investigación Nuclear en Ginebra. Me convocó a su despacho de rector, me regaló un libro sobre el caso Roe contra Wade, la sentencia del Tribunal Supremo de EEUU que reconoció el derecho al aborto a las mujeres, y me conminó a que no me dispersara y a que hiciera el doctorado desde la cátedra de Derecho Constitucional.

¿En qué le ha ayudado más?

He aprendido de él, y de su generosidad personal y académica, que un profesor mide sus logros en función de los logros de todas aquellas personas a las que ha ayudado en su carrera, y no solo de su curriculum personal. Me animó a indagar, a salir, a ser yo misma, a no tener miedo a que alguien intentara penalizar el mérito en caso de que regresara a la Universidad de Sevilla. Me emociona haber logrado que el próximo año, aunque se ha jubilado, vamos a impartir juntos un curso de Derechos Fundamentales. Es un estímulo especial para mí que el retorno a Sevilla me permita vertebrar colaboraciones con mis maestros.

¿Tuvo siempre clara su vocación por ocuparse y preocuparse de los derechos y libertades con perspectiva internacional?

Definitivamente, sí. El Derecho como técnica y como ingeniería se tarda tiempo en entenderlo. Porque hay que entender la complejidad de la sociedad, de un sistema político, incluso del espíritu humano. Pero mi vocación por la Justicia la llevaba dentro desde chica en Sevilla. Llegaba a casa con inmigrantes y les daba clases de castellano. Y mi padre decía: “Es que te traes al primero que te encuentras en la calle…”. Si naces con esa vocación, ves el Derecho como instrumento de poder y, potencialmente, de opresión. Pero también como instrumento de emancipación. Eso me condujo de forma muy natural a dedicarme a temas de derechos de minorías.

¿Podía imaginarse que iba a ser catedrática en un centro internacional como el Instituto Universitario Europeo de Florencia?

Ha sido maravilloso lo que me ha aportado en las dos etapas que he tenido allí. Es un organismo que tiene estatus internacional, financiado por la Comisión Europea y los estados miembros. Donde todo el estudiante que va lo hace con beca (allí no cabe matricularse pagando) y tras superar un doble sistema de selección: primero en tu país, y después una entrevista en Florencia. Así entré para hacer el doctorado. Descubrí un ambiente donde se contagian las ganas de comerse el mundo. Todo son facilidades para que des lo mejor de ti, todos son como tú, y en la convivencia aprendemos de todos con perspectiva interdisciplinar (Economía, Ciencias Políticas, Historia y Derecho). Terminé haciendo en inglés el doctorado y que mi tesis la publicara Cambridge University Press es una carta de presentación que te queda ya para los restos. Y quién me iba a decir, años después, tras mi periplo docente e investigador por universidades de EEUU, que saldría a concurso internacional la plaza de catedrática en Florencia y la iba a ganar. Volví a exclamar: ‘¡Qué maravilla!’ Ser directora de proyectos de tesis con ese perfil de alumnos de toda Europa, con temas muy interesantes, motivadísimos para aprender y para aprovechar el privilegio que es estar allí. Me gustó cuidar académicamente a esas mentes jóvenes y abrirles vías para que avanzaran más que yo hacia la frontera del conocimiento en cada uno de sus campos.

Resuma en una clave lo que le aportó su paso por las prestigiosas universidades de Berkeley y Princeton en EEUU.

En Berkeley, 1995, aún era doctoranda, estuve seis meses, iba a todas las clases que podía de Filosofía, de Teoría Política y de Ciencias Políticas. Fue la primera vez que vi a una profesora y sentí que de mayor quería ser como ella: la politóloga Hanna Pitkin, en Berkeley. En Princeton, año 2000, viví la primera experiencia de dar clases en EEUU. Ofrecí un curso de introducción al multiculturalismo y al Derecho. Empecé muy nerviosa, temerosa de cometer alguna falta ortográfica en la pizarra al escribir en inglés. Pero la experiencia fue muy estimulante. Son lugares donde te facilitan todos los medios para que des lo mejor de ti. Y donde lo que cuentan son tus ideas, no tu nombre, y cómo eres capaz de defenderlas. Hay alumnos de aquel curso que me han escrito años después diciéndome que les marcó para reorientar su especialización.

¿En qué consiste la distinción que le ha concedido la Corte Penal Internacional de La Haya? ¿Qué es el Legacy Wall, el Muro del Legado a la Justicia de Género?

Es un mural que será instalado en el verano de 2018 en la nueva sede de la Corte en La Haya. Es una iniciativa que parte de una asociación de derechos humanos, Iniciativas de Mujeres para la Justicia de Género, implicada, con éxito, en que la jurisprudencia de la Corte incorporara una perspectiva de género al Derecho Penal Internacional. Esta asociación es la que ha propuesto una lista de 150 personas que, por su contribución a esta causa, considera que merecen algún tipo de reconocimiento. No solo son mujeres. Y no solo hay jueces, fiscales, académicos,… También hay testigos, a los que no se citan por su nombre para preservar su intimidad. Y alguna figura glamurosa como la actriz Angelina Jolie y el ex ministro de Exteriores británico William Hague, que organizaron en 2015 un gran simposio en Londres para concienciar a la Humanidad de la gravedad de la violencia sexual, como arma de guerra y en situaciones de conflicto. La intención es que todos los visitantes de la sede de la Corte Penal Internacional se encuentren ese gran mural conformado por fotografías y entiendan que lo que allí se dirime no es solo obra de quienes juzgan, sino que detrás de esa labor por la dignidad humana hay muchas personas que han consagrado a eso gran parte de sus vidas.

De sus labores de consultoría en defensa de víctimas, para países como Nepal, Colombia, Marruecos, Bolivia, México, etc. ¿de cuál se siente más satisfecha?

Quizá la de Marruecos, porque entrevisté en Rabat a los miembros de la Comisión de la Verdad, que estaban buscando la verdad y la reparación a las víctimas de ‘los años de plomo’ durante el reinado de Hassan II. Casi todos habían sido presos políticos, hablar con ellos te ponía los vellos de punta, sobre la realidad de las cárceles y los centros de detención. Todos sabían el impacto diferencial en contra de las mujeres en esas instituciones. A las mujeres presas les quitaban su nombre de mujer, les ponían apodos con nombres de hombres porque cómo iban a ser activistas y disidentes. Se recochineaban de ellas y las castigaban más que a los hombres.

¿Para qué sirvió su labor?

A medida que les iba haciendo entrevistas y cuestionarios, sentí que sus mentes se fueron abriendo a opciones que no habían explorado a priori para la reparación a las mujeres víctimas. Y decidieron elevar automáticamente un 10% la cuantía de la indemnización para todas las presas por motivos políticos, entendiendo que todas sufrían agravios específicos.

Ese tipo de investigaciones que realiza, algunas apoyadas con fondos europeos, ¿consiguen materializar cambios y acciones en regímenes que no son democráticos y que se pondrán a la defensiva respecto a juristas como usted?

Muchas veces el impacto es indirecto y no es inmediato, sino retardado en el tiempo. Siempre he escogido temas escabrosos porque son los que me motivan desde mi pasión por la Justicia. Y hay ocasiones en las que he visto el resultado muy rápido, y otras en las que ha tardado mucho más.

¿Investigar sobre Derecho y Mujer era académicamente incorrecto cuando comenzó en Sevilla?

Sí. Algunos profesores me decían: “Ruth, eso no lo puedes convertir en una línea principal de investigación porque no te van a tomar en serio”. Ahora, por fin, se está empezando a producir un cambio de mentalidad y el feminismo jurídico se toma en serio. Mi reto fue doble: hacerlo porque me sentía libre para ello, y había elegido una vida académica; y hacerlo tan bien que mereciera el respeto de quienes, de entrada, lo veían como una hermanita pobre. Investigar es un compromiso con la sociedad a la que debes servir, pero sin ser esclava de las modas, de la última tendencia política, del gobierno de turno, porque entonces vamos corrompiendo todas las esferas del saber por mor del poder económico y político. He sentido a veces profunda soledad pero también, con el tiempo, la satisfacción de que temas en los que llevaba tiempo trabajando, luego se han convertido en relevantes y he podido, de alguna forma, incidir.

Desde hace muchos años ha realizado estudios sobre la consideración de la mujer en el constitucionalismo. ¿Cuál es hoy en día la mejor Constitución en ese sentido?

Las configuradas a finales del siglo XX o comienzos del XXI como reflejo de procesos participativos más fuertes. Como la Constitución de Suráfrica. En su inicio establece, como valores fundamentales del ordenamiento jurídico, el no racismo y el no sexismo. Y tiene un artículo dedicado a la integridad física y la seguridad personal, donde se hace mención explícita a la prohibición de violencia, ya sea de origen público o privado. O la Constitución de Bolivia, que consagra el principio de la paridad como eje en todos los poderes del Estado. O la de Ecuador, que conceptualiza el cuidado a hijos, familiares u otras personas como trabajo que merece reconocimiento social, ha de tener protección social, y ha de ser distribuido por igual entre hombres y mujeres como uno de los deberes ciudadanos, junto al pago de impuestos o la defensa del territorio nacional.

¿Qué propone para la reforma de la Constitución española?

La de 1978 tiene un gran compromiso con la igualdad, incluyendo la igualdad sustantiva, que ha servido para depurar el ordenamiento jurídico de discriminaciones claras hacia la mujer. Seguimos teniendo una: la sucesión en la Corona. Mi primera propuesta es obvia: la reforma ha de tener no solo ‘padres de la Constitución’ sino también ‘madres’. Hace 40 años la articularon siete hombres y ninguna mujer. Que ahora haya paridad, y si es número impar que la mitad más una sean mujeres, con mentalidades distintas, porque no hay una sola forma de pensamiento de mujer ni de feminismo. Mi segunda propuesta: el proceso constituyente ha de hacerse en clave de diálogo con la sociedad civil, para incluir las demandas, pretensiones e intereses de distintos colectivos sociales sobre cómo modernizar nuestra Constitución. En cuanto al contenido, hay que avanzar en la igualdad de género con un enfoque transversal: debemos consagrar la democracia paritaria. Reconocer la libertad reproductiva, y el derecho a la conciliación familiar, y el derecho a una vida libre de violencia de género como derechos fundamentales. E impulsar los derechos sociales, porque la pobreza sigue teniendo sobre todo rostro de mujer.

Sugiera un ejemplo de proceso participativo.

En Egipto, durante la ‘primavera árabe’, por desgracia truncada, vi con admiración cómo colectivos de mujeres, en pequeñas poblaciones, se desplazaban muchos kilómetros para reunirse y estudiar experiencias comparadas, discutir precedentes históricos, articular mecanismos sofisticados de consulta en relación a sus aspiraciones de nueva constitución de Egipto. El año pasado estuve en Chile y conocí un proceso de consulta que promovió la presidenta Bachelet, para aunar la visión de la sociedad chilena sobre los contenidos de su Constitución, antes de abrir el proceso de reforma constitucional. Lo lideraban plataformas ciudadanas que se reunían en casas de particulares. Discutían, en función de unos formatos y cuestionarios, después votaban y luego descargaban los resultados a través de un sistema de consulta online… Con medios tecnológicos, y con mayor concienciación, son ejemplos de cómo hoy en día un proceso constituyente no solo es de la clase política y de los expertos de toda la vida del constitucionalismo, sino también el sentir de la ciudadanía. Eso es el signo de los tiempos.

¿Cuáles son las líneas maestras de los libros que van a editarle en 2018 las editoriales de Oxford y Cambridge, respectivamente?

El libro editado por Cambridge está a caballo entre la Ciencia Política y el Derecho. Sintetiza cómo, en distintos países de la Unión Europea, se han ido consiguiendo cuotas de género, en los parlamentos, en el poder ejecutivo, incluso en el poder judicial, o en los consejos de administración de las empresas. Analiza los debates jurídicos que hay suscitado la adopción de cuotas, así como los actores, los contextos, las ventanas de oportunidad que han permitido la adopción de esa oleada de cuotas de género, uno de los rasgos que identifica a la ciudadanía europea hoy en día para llegar a ser una ciudadanía paritaria. El libro que edita Oxford lo estoy escribiendo con el canadiense Will Kymlicka, uno de los grandes autores del multiculturalismo a nivel mundial, desde la Filosofía Política y el Derecho. Analizamos si el cambio de paradigma hacia la democracia paritaria que reclama la centralidad de la mujer en la toma de decisiones, se está dando también en aquellos.

¿Dónde busca ejemplos para hallar las respuestas?

El libro contiene casos de estudio en países de todo el mundo en los que el Derecho del Estado convive con un Derecho de corte consuetudinario, de corte religioso, de corte indígena. Antes, la pregunta clásica del feminismo frente al multiculturalismo era si la cesión de espacios normativos a colectivos culturales o religiosos suponía una mayor desprotección de sus derechos. Ahora, también desde el multiculturalismo feminista se reclama igual derecho de la mujer a ser creadora del mundo, a definir las reglas y el entendimiento de sus comunidades, de sus culturas, de sus religiones.

Por su dimensión mediática internacional, ¿la repercusión de escándalos vinculados a abusos sexuales de hombres sobre mujeres, como el del productor de cine Harvey Weinstein, pueden suponer que las mujeres profesionales no solo se atrevan más a denunciar, sino sobre todo que en la intimidad le digan ‘no’ a quienes intentan ofrecerles ascensos a cambio de favores sexuales?

Creo que sí. Mientras sigamos en un sistema en el que el poder no está igualmente distribuido, las mujeres siempre vamos a tener que enfrentar una cantidad de situaciones en las que es posible plantear ese tipo de propuestas. Y es muy difícil esperar que el coste de esta transformación vaya a expensas de la exposición y de la exhibición de las víctimas. ¿Qué va a permitir que las mujeres digan ‘no’?. Primero, cuando haya una distribución más equitativa del poder entre hombres y mujeres, y que sean cada vez más las mujeres quienes manden. Y en segundo lugar: si dicen ‘no’, que sepan que la sociedad las va a creer y que las instituciones van a tener mecanismos para evitar que esas cosas queden impunes. Muchas veces, en el mejor de los casos, lo que hay es un tirón de orejas, un “tío, no te pases”. Estamos hablando de la universidad, del periodismo, de los partidos políticos, del mundo de la empresa y de otros enclaves de poder tradicionalmente masculinos. Mientras esa sea la respuesta institucional a este tipo de situaciones, es poco probable que las mujeres denuncien y poco probable esperar que siempre digan ‘no’. Hay que ir a las causas estructurales de la cuestión. Y acabar con estos ambientes de connivencia y de tolerancia que han nutrido esas prácticas.

La propia Universidad de Sevilla ha vivido un caso bastante llamativo. Durante años, muchas personas sabían, y callaban, que el decano de la Facultad de Ciencias de la Educación abusaba de jóvenes investigadoras y profesoras.

Es solo uno de los incidentes, seguro que hay multiplicidad. Espero que sirva para una reflexión profunda y para una transformación clave. Hoy en día existen códigos de buenas prácticas de muchas universidades del mundo donde esto lleva ya tiempo pensándose y tomándose en serio. Y es simplemente cuestión de priorizarlo en la agenda. Sería una vergüenza si no lo hiciéramos después de un caso tan clamoroso.

Usted ha tenido la entereza de escribir el pasado mes de noviembre un artículo, publicado en ‘ElDiario.es’, para dar a conocer los abusos sexuales que sufrió como niña.

Sentí que moralmente debía hacer esa contribución, y unirme al ‘Me Too’ (’yo también’) que se ha extendido por Estados Unidos, y ante el juicio en Pamplona a los de ‘La Manada’… La primera vez que me impliqué de esta forma fue en un acto académico importante: hace año y medio impartí una conferencia sobre el Estado de la Unión, centrada en la situación de las mujeres en Europa, en el Palazzo Vecchio de Florencia. En ella no di detalles pero sí me referí a mi condición de víctima. No podía dedicarme a esas cuestiones y hablar de las víctimas como si siempre fueran las otras. La Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea asegura que una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de violencia sexual, y yo, al referirme a la estadística, quise que se supiera que formaba parte de la misma. Si no lo hacemos las personas que tenemos plataformas y altavoces para crear las condiciones sociales que favorezcan el cambio, ¿cómo vamos a esperar que lo denuncien social y judicialmente mujeres con menos estatus social, menos formación y más que arriesgar?. Lo que hice no tiene especial mérito, soy una más. Sí debo confesar que la ovación que me dieron al final del discurso la recordaré siempre. Y el discurso ha sido traducido a quince idiomas. En el artículo al que se refiere di un paso más y conté la experiencia.

Lo que más preocupa en muchos ámbitos de la sociedad española, si se abre el ‘melón’ constitucional, es que se consagre un ‘federalismo asimétrico’ con mayores cuotas de privilegio para algunos territorios (sobre todo Cataluña y País Vasco) en lugar de dejar atrás los ‘cupos’ y los ‘hechos diferenciales’ de siglos atrás. ¿Cuál es su punto de vista?

Mi problema no es la existencia de hechos diferenciales. La lengua, por ejemplo, es un hecho diferencial, hay que reconocerlo sin complejos y celebrarlo. Con lo que yo no simpatizo, ni para España ni para ningún lugar del mundo, es con esta idea de que el proyecto ha de consistir en que nos juntemos cada vez más los más ricos y los más parecidos entre nosotros para distribuir menos entre los demás. No comparto que proclamarse nación dé derecho a un Estado propio, aunque el Estado actual respete derechos culturales, identidad y autonomía política de quien se entiende nación. Ni me convence éticamente la idea de un mundo en el que los Estados busquen pureza etnocultural. Ni la falta de solidaridad de “la tarta, cuanto menos seamos, a más cabemos”. Hay que poner de moda otra vez la idea de la solidaridad. Tener un idioma, cultura, historia e instituciones propias no da derecho a ventajas fiscales.

A su juicio, ¿por qué tienen ahora más fuerza en diversos países europeos los movimientos secesionistas?

La creciente desigualdad social es una de las causas fundamentales del resurgir de estas identidades nacionales fuertes, de la intolerancia, de la xenofobia, que está detrás del auge de los populismos. Todos son manifestaciones de que el proyecto de redistribución está haciendo aguas en nuestra sociedad. Y cuando hace aguas, uno se autoafirma en su identidad y la reclama como eje de protecciones y garantías. Así ha sido en el ‘Brexit’, y en la supuesta amenaza del fontanero polaco en el imaginario británico. Y lo vemos entre nosotros cuando pensamos en el lugar que ocupa en la mente de muchos catalanes el andaluz y del catalán. Expresiones, con matices, de un mismo fenómeno.

A su juicio, ¿Junqueras es preso político o político preso? ¿Puigdemont es prófugo o exiliado? ¿La votación del 1 de octubre fue un referéndum? ¿En Cataluña se proclamó la independencia?

Ni el Derecho nacional, ni el Derecho Internacional, ni la Ética otorgan en Cataluña un derecho a ser un estado independiente y, además, a decidirlo unilateralmente y sin una base social suficiente que así lo desee. Dicho esto, el problema no se va a solucionar por la vía de la judicialización, debe ser resuelto desde la política. Y no hacerlo ahora retrasa un momento inevitable y dificulta la posibilidad de dar con la solución. El independentismo no tiene una base social tan amplia para lo que reclama, pero vamos a convivir con él mucho tiempo. Sobre todo, cuando se hagan adultos los niños y jóvenes de hoy.

¿Cuáles son los principios que han de basar la evolución del concepto de ciudadanía para favorecer el mejor desarrollo de la integración europea?

Respondo en negativo y en positivo. Lo que no debe ser es la excusa de la Europa fortaleza. La gestión de la crisis de millones de refugiados ha sido una vergüenza colectiva. Europa ha contraído una deuda con la Historia. Externalizando el problema a otros países, pagándoles para que sean los que controlen y repriman, y mirando para otro lado. Conscientes de que, en muchas situaciones, los interlocutores son las mafias que controlan zonas de costa y el tráfico de personas. La ciudadanía europea no puede ser una prerrogativa para decidir, como EEUU, que se torture en otros países para poder decir que en nuestro territorio no torturamos. Y mi respuesta en positivo: la Europa que se limita a la libertad de mercado tiene que recuperar la simiente de la Europa comprometida con la justicia social. Parece que, por fin, se están dando pasos para que los derechos fundamentales y los derechos sociales sean predominantes en el proyecto europeo. Esta Europa social debe además ser paritaria y mostrar un compromiso tajante con la lucha contra el cambio climático y liderar la transición energética.

¿Y los deberes? ¿La ciudadanía se basa solo en derechos?

En absoluto. Los derechos descansan sobre los deberes. Precisamente he participado en la redacción de una Carta Universal de Deberes y Obligaciones del Ser Humano. Fue una idea que expresó José Saramago en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura. Los derechos están muy bien, pero se quedan en papel mojado si no van acompañados de una tabla de deberes. La Universidad Autónoma de México y la Fundación Saramago han querido materializar esa propuesta del escritor, y han contado con diversas personas para elaborarla. La intención es que se presente a comienzos de 2018 en Naciones Unidas y, sin ser un documento jurídicamente vinculante, sí logre convertirse en un documento de educación cívica que nos haga a todos conscientes de que la ‘derechitis’ en la que hemos vivido es insuficiente. No podemos vivir los derechos como patrimonio sino que hay que pensar mucho más en la corresponsabilidad de los estados y de los ciudadanos. Cuáles son los deberes en los que descansa la posibilidad de realización de los derechos.

Ponga ejemplos.

Está muy bien tener derecho a votar, pero si tenemos un sistema donde la corrupción es tolerada, ¿en qué se queda la democracia? Está muy bien definir el principio de igualdad, y tener la libertad de creación de empresa, pero si vemos que las prácticas de precarización emanan del colectivo empresarial, ¿de qué nos sirve tener el derecho a la igualdad?. Por eso le hemos dado la vuelta a la tarta de los derechos, para ver de quiénes dependen fundamentalmente que haya instituciones con una salud democrática lo suficientemente fuerte para garantizar la satisfacción de los derechos.

¿Deben las instituciones europeas transigir con diversos grados de calidad democrática en el seno de la UE? ¿Pueden coexistir el nivel de derechos y libertades de países como Holanda en comparación con Hungría?

La Unión Europea tiene que creerse a sí misma y no ir rebajando poco a poco los estándares democráticos. Todo no vale. Competir a la baja no es la vía para estar unidos. Y el país que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Cuanto más rebajamos nuestros estándares internos, menos legitimados nos sentimos para acusar a otros. No me importaría pensar en una Europa a distintas velocidades, pero tiene que haber un liderazgo europeo donde no haya fisuras a la hora de expresar que los valores democráticos son el compromiso con los derechos. No basta con demostrar credenciales democráticas para acceder a la Unión. Hay que mantenerlas.

¿Qué está justificado en la multiculturalidad y qué no? ¿En qué se ha acertado y en qué se ha errado a la hora de desarrollar estos planteamientos a nivel internacional?

No hay un modelo único. Hay unos estándares mínimos de derechos humanos y de protección a minorías nacionales, y los estados manejan como patrimonio de su soberanía el tema de las minorías culturales. Creo que las premisas del multiculturalismo bien entendido, como algo que no compite, sino que completa las teorías clásicas del pensamiento liberal (simiente de pluralismo e igualdad), no solo se mantienen vigentes, sino que son más necesarias que nunca. Es decir, entender que en un estado que comprende varias naciones con diversas lenguas tiene que haber un elemento de justicia de forma que los derechos culturales de los distintos colectivos se protejan es correcto. De la misma forma que me parece justificado que, en un Estado con una constitución donde se reconocen la libertad religiosa, el pluralismo religioso y la libertad de creencias, una persona que sea de una religión minoritaria pueda también ser enterrada de acuerdo con sus rituales religiosos, acudir a un lugar de culto donde pueda ejercitar colectivamente su religión, y no tener que elegir entre trabajar o poder practicar su religión por motivos de vestimenta o de calendario laboral.

¿Qué responde a quienes acusan a los teóricos del multiculturalismo de equivocarse y favorecer la coexistencia de guetos integristas en sociedades cosmopolitas?

El multiculturalismo bien entendido no aprueba la idea tribal que justifica la opresión de minorías internas, la vulneración de derechos individuales, el sometimiento de las mujeres. No tolera prácticas culturales que supongan vulneración de derechos fundamentales. Lo que observamos en Europa es, sin embargo, un ambiente de islamofobia a causa de las amenazas terroristas, que nos dificulta entender la necesidad de dar acomodo a las minorías religiosas. Para afrontar el terrorismo yihadista, lo que necesitamos es más multiculturalismo, no menos. Más educación en tolerancia, en el conocimiento del otro, en facilitar que las instituciones del Estado y los espacios sociales de diálogo sean realmente inclusivos. Porque si no lo son, estamos creando marginalidad, y cebando la exclusión social, política, religiosa, económica, etc., que luego es el caldo de cultivo para el reclutamiento de fanáticos delincuentes.

¿En qué experiencia a pie de calle, fuera de las aulas y de los ámbitos académicos, ha aprendido más sobre cómo plasmar en normas concretas los principios y valores teóricos?

Me ha enseñado mucho mi trabajo con las víctimas. Me refuerzan los valores en los que creo, porque son personas que han pasado por cosas indecibles. Ver cómo te asesinan a tus hijos, o te violan a una hija, o vivir durante décadas buscando pistas sobre la desaparición de un hijo o de un marido… Y muchas de ellas son personas que, en vez de quedarse en la autoconmiseración o el rencor, han conseguido hacer de su rabia y de su dolor una especie de motor para seguir luchando por la justicia. Porque yo voy a tener alguna notoriedad. Pero ellas lo hacen por necesidad existencial, en el anonimato total y habiendo vivido las experiencias más atroces.

Dígame alguna que tenga en mente.

Recuerdo una mujer afrocolombiana, en un encuentro en Bogotá. Bellísima, con una mirada verde profunda. Le habían asesinado tres hijos. Y la entereza en la que hablaba me impresionó. Cuando tengo cualquier problema, cualquier obstáculo, me acuerdo de esa mirada y me digo: “Mira, Ruth, lo tuyo es ‘peccata minuta’….”. Tienes la obligación moral de seguir dando tu pequeña batalla y contribuyendo con tu granito, porque por todo el mundo hay muchísimas personas que hacen una labor absolutamente heroica sin ningún tipo de reconocimiento.

Domina cinco idiomas y tiene nociones de otros tres. ¿Qué piensa cuando ve que nuestros presidentes del Gobierno, y la mayor parte de nuestros ministros/as, nuestros/as presidentes/as de comunidades autónomas, etc., solo hablan y entienden el español?

En los tiempos que corren, cuando tanto de la política no se circunscribe al ámbito local, estaría muy bien manejarse en aquellos idiomas que son condición sine qua non para tener un debate de tú a tú con cualquier interlocutor que, si sabe que estás dependiendo de un traductor o si te ve hablar un mal inglés, de momento has perdido siete puntos en la negociación. Esa desigualdad lingüística empequeñece mucho. Dicho esto, a mí también me gustaría que Trump hablara castellano perfectamente. Tampoco creo que debamos sentir un complejo ancestral por ser monolingües frente a otros políticos y potencias que también lo son. El inglés está aprovechándose de todos los esfuerzos que hacemos desde las demás lenguas.

¿Cómo ha sido su retorno a la Facultad de Derecho?

Estoy feliz porque he sido acogida con mucho cariño por mis compañeros de departamento. Y el nuevo equipo decanal, que yo no conocía como tal, me tiene encantada porque está muy comprometido con internacionalizar la facultad, premiar la excelencia y crear un sentimiento de colectividad. Que no impere el ‘cada uno va a lo suyo’. Me hace ilusión traer a mi facultad a muchas personas que he conocido por todo el mundo, y hacerles partícipes de Sevilla para reforzar la identidad internacional de la ciudad.

¿Y su integración personal en su ciudad natal?

Estoy muy contenta porque me está permitiendo darle a mis hijos ese sentimiento de pertenencia cultural a algo más grande que ellos y que sea transmitido de generación en generación. Además de vivencias con la familia extensa (sus abuelos, sus tíos, sus primas…), que me parece muy importante. Me gustaría que ellos fueran ciudadanos del mundo. Pero con raíces, no desarraigados. Lucas nació en Florencia hace 9 años y ha vivido más de 7 años allí. Simón nació hace 14 en el Hospital Macarena pero desde los dos meses de edad vivió entre Nueva York y Florencia. Siempre hemos vuelto a Sevilla, han tenido contacto con mi padre antes de morir hace un mes. Estoy ilusionado construyéndome una casa en el centro, y algo que nunca había hecho: remar en el Guadalquivir. Me he apuntado al grupo de adultos del Club Náutico. Es maravilloso disfrutar desde el río de unos atardeceres con esos cielos de Velázquez que son una gloria.

Si la nombraran rectora de una universidad sevillana, a la luz de todas las universidades que ha conocido a lo largo de todo el mundo, ¿qué propondría reformar para mejorarla?

Mi respuesta es: todo lo que me gustaría para una universidad en cualquier ciudad del mundo. Una de las mejores. Ese debe ser nuestro reto. Que premie sin complejos y de verdad la excelencia. Una universidad donde la democracia interna y la transparencia fueran rasgos definitorios de la institución. Donde los derechos fundamentales se tomen en serio y no sea un reducto del feudalismo. Y que no permitiera ninguna forma de abuso, explotación o injusticia. Ni la precariedad laboral, que afecta ahora a muchos profesores y además les coarta la libertad académica.

Como ciudadana de Sevilla, ¿cómo enjuicia la evolución de la ciudad? ¿Es conocedora de las desigualdades que existen en Sevilla a nivel económico, social, educativo?

No todo lo que debiera. He estado mucho tiempo fuera, y desafortunadamente, cada vez todos vivimos más en guetos urbanísticos, en guetos profesionales, académicos, etc.. Uno de los cambios que sí he observado, más por lo que me han contado que por lo que yo he vivido directamente: la enseñanza pública ha perdido fuerza y capacidad de integración. Eso me entristece. Cada vez hay más segregación educativa de la pública a la concertada o a lo privada. Un cambio que sí he visto directamente es el causado por el turismo. Me preocupa. Porque he vivido ocho años en Florencia, que ya es un parque temático. Y no me gustaría que Sevilla se convirtiera en un parque temático.

Señale un ejemplo, según su criterio.

Antes de irme de Sevilla, cogía muchas veces un libro y me sentaba en el Alcázar a leerlo. Ahora hay siempre enormes colas para acceder. Son evitables, ¿por qué no se venden las entradas a través de internet y por qué no hay un acceso para residentes?. Paseas por la calle San Fernando y está llena de cartelones de menús turísticos, como si eso no afectara a la belleza de la ciudad tanto o más que la reforma que quieres hacer en tu casa. Si estamos a tiempo, tendría que haber un plan de turismo sostenible y pensar Sevilla a veinte años vista. Pues lo que vendemos de nosotros como imagen de la ciudad es aquello en lo que nos acabamos convirtiendo. No me gustaría pensar que hemos pasado del pelotazo del ladrillo, extractivo y cortoplacista, al pelotazo del turismo, extractivo y cortoplacista. Me gustaría pensar que podemos aprender de otras ciudades que ya han vendido su alma al diablo. No hay que evitar el turismo, sino definir qué queremos que sea Sevilla e incluir ahí cómo planificamos el turismo.

¿Qué ha sucedido en Florencia?

En el centro no puedes comer nada que no sea un trozo de pizza o alguna comida precocinada. Quién va a cocinar la pasta a mano, cuando sacas el mismo dinero con un trozo de pizza o con una paella congelada,… Y he visto cómo los vecinos dejan de vivir en el centro histórico, cómo los comercios también han de irse, los monumentos dejan de ser habitados por los florentinos y todo huele a transacción comercial barata.

 

About Ruth Rubio Marín

Ruth Rubio Marín, Catedrática de Derecho Constitucional Comparado del Instituto Universitario Europeo de Florencia, Profesora de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla, es miembro de Economistas Frente a la Crisis

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