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Juventud y desigualdad: la educación como solución

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Mónica Melle Hernández, Profesora Titular de Economía Financiera de la UCM, es miembro de Economistas Frente a la Crisis

La crisis económica y la ausencia de soluciones justas a la misma están consolidando insoportables cotas de desigualdad en nuestro país, que afectan en mayor medida a los colectivos más vulnerables, entre los que se encuentran los niños y los jóvenes. El 35,4 por ciento de los menores de 16 años que residen en España se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión, una tasa que se incrementó un 3,5 por ciento en 2014 y que lleva tres años al alza, según la reciente Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística[1].

El riesgo de pobreza y/o exclusión afecta en mayor medida a la población infantil (afecta a un 35,4% como ya se ha indicado, frente al 29,2% de la población general de España). Y cuantos más niños hay en los hogares, mayor pobreza. Así el 42% de las personas que viven en hogares monoparentales con niños están en riesgo de pobreza. Mientras que en las casas donde viven dos adultos sin hijos que dependan de ellos la tasa no llega al 15 por ciento.

No se puede hablar de salida de la crisis cuando uno de cada tres niños está en riesgo de pobreza, y cuando, según el último estudio social de la Obra Social la Caixa, uno de cada diez menores vive en situación de pobreza crónica. Además de ser una situación tremendamente injusta, genera efectos muy negativos de cara al desarrollo económico futuro y a la necesidad de consolidar un modelo de crecimiento sostenible y sostenido que permita mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

La crisis, además de reducir las perspectivas actuales de empleo de los jóvenes españoles ha oscurecido sus horizontes de futuro de modo más que notable. A pesar de que durante las últimas décadas se hayan mejorado los niveles medios de formación educativa de los jóvenes. Según la EPA del INE, en 1992 un 56,8% de la población mayor de 16 años carecía de los estudios de enseñanza obligatoria, mientras que en 2014 ese porcentaje ha disminuido al 28,5%. En 1992 sólo un 11,4% tenían estudios superiores, mientras que en 2014 un 27% cuentan con estudios de esa naturaleza.

Sin embargo, a pesar de estos avances, España aún mantiene un cierto retraso respecto a otros países desarrollados. Principalmente por las elevadas tasas de abandono temprano educativo en perspectiva comparada internacional. En España una parte sustancial de los jóvenes de entre 18 y 24 años acaban abandonando sus estudios sin llegar a completar ningún tipo de enseñanza postobligatoria –un 21,5%, el doble que la media de la UE-27, donde es del 12%-.

Los datos de la EPA muestran que el 82,6% de los jóvenes que abandonan los estudios participan activamente en el mercado de trabajo, bien como ocupados en puestos de trabajo de escasa cualificación o buscando empleo. Durante la última fase expansiva, la construcción fue un destino atractivo para estos jóvenes. El paso de una situación con empleo abundante en puestos de trabajo sin requerimientos elevados de formación educativa, habitual durante la época del boom inmobiliario, a otra de desempleo masivo y persistente durante la crisis posterior ha influido, sin duda, en la decisión de abandonar o continuar los estudios. Existe una correspondencia inicial entre bajas tasas de paro juvenil y altas tasas de abandono (en 2007 la tasa de paro juvenil era inferior al 19% y la tasa de abandono escolar era del 32%); y el descenso de éstas conforme se agrava y se enquista el problema del desempleo (en 2014 la tasa de paro juvenil fue superior al 52%, reduciéndose la tasa de abandono escolar al 21,5%).

La crisis ha generado una situación de paro juvenil masivo y prolongado. Aunque pese a su extraordinaria dureza, también haya sido menos intensa para los jóvenes mejor formados, en términos de tasas de paro de este colectivo. Antes de la crisis la diferencia entre la tasa de paro de los jóvenes con menor formación y los que tenían estudios universitarios rondaba los 10 puntos porcentuales. Durante la crisis esa diferencia superó los 36 puntos y todavía ronda los 34 puntos. Algo similar sucede en el resto de casos. A mayor nivel educativo menores tasas de paro, y menores índices de pobreza y desigualdad.

El intenso abandono temprano de los estudios en nuestro país tiene implicaciones en la empleabilidad, la inserción laboral y los problemas de desajuste entre el puesto de trabajo y el nivel educativo de los trabajadores. La corrección de los problemas en esos ámbitos presentará mayor dificultad mientras persistan tasas de abandono educativo tan elevadas como las actuales.

Asimismo tiene repercusiones sobre el posible riesgo de pobreza. Según los recientes datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística, el 45,1% de los parados están en riesgo de pobreza, y los índices son mayores entre las personas que tienen menor preparación: el 29,1% de quienes se quedaron en la primera etapa de secundaria está en riesgo de pobreza frente al 10,2% que se registra entre quienes cursaron estudios superiores.

La educación ha protegido en términos relativos a los más cualificados respecto del riesgo de perder el empleo. Respecto a los trabajadores con estudios universitarios, los que carecían de estudios o solo tenían la enseñanza obligatoria han tenido una probabilidad de perder el empleo que ha sido en general más de un 40% superior y que incluso ha llegado a doblarla en algunos momentos.

Tampoco las oportunidades futuras de empleo para los jóvenes serán las mismas para aquéllos que cuenten con más o menos formación.

Por todo ello y desde el punto de vista de la situación de los jóvenes, son dos las cuestiones en las que cabe insistir. La primera es la importancia de más y mejor formación como forma de facilitar la inserción laboral, el acceso al empleo y la reducción del riesgo de perderlo en situaciones adversas como las de la última crisis, evitando el riesgo de exclusión y pobreza. La inversión en capital humano tanto durante el periodo de escolarización como después a lo largo de la vida laboral es un factor clave. La segunda es el riesgo progresivo que entraña que la situación de desempleo se prolongue hasta convertirse en paro de larga duración. Eso complica la empleabilidad posterior incluso ante una futura recuperación económica. Ambas cuestiones se relacionan porque la pérdida de empleabilidad viene de la mano, en parte, de la depreciación del capital humano del parado, que va erosionándose y perdiendo utilidad. Renovar los esfuerzos en formación es decisivo para combatir la obsolescencia de las competencias del parado y mitigar ese problema.

La inversión en formación para los jóvenes y en recualificación para los parados, especialmente los de larga duración, resulta clave. En el futuro cercano las oportunidades de empleo serán mucho mayores en las ocupaciones que exigen mayores niveles de formación. Ocupaciones que impulsan además la productividad y los salarios, permitiendo alcanzar mayores niveles de renta per cápita para los jóvenes y mayores cotas de bienestar social en general.

***

[1] Los datos se ofrecen según el indicador europeo AROPE, que combina pobreza (ingresos por debajo del 60% de la mediana nacional), carencia material y baja intensidad en el empleo para mostrar cuántos ciudadanos se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión.

About Monica Melle Hernandez

Mónica Melle Hernández es Profesora Titular de Economía Financiera de la UCM y miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

3 Comments

  1. golpedefecto el junio 19, 2015 a las 8:17 pm

    Muchas gracias por la información aportada, que realmente refleja lo trágico de la situación. Sin embargo me atrevería a decir que la situación es peor de la mostrada, debido a que la tasa de pobreza es un factor dinámico que evoluciona con las rentas, de tal forma que alguien que antes percibía unos ingresos determinados y los mantiene, puede desplazarse de pertenecer al grupo de riesgo de pobreza a no estarlo, con los mismos ingresos.
    La formación es indudablemente un aspecto clave, pero yo incidiría también en comparar, en lugar de las tasas de paro, que se refieren únicamente a los jóvenes que tienen o buscan trabajo, a estos sobre la totalidad de jóvenes, ya que el porcentaje de jóvenes incorporados al mercado de trabajo puede variar bastante de unos países a otros.
    Me he permitido escribir algo sobre el tema que creo puede ser de interés para alguno de los lectores del blog, por lo que dejo el enlace por si es de interés: http://golpedefecto.blogspot.com.es/2015/06/tamano-empresarial-innovacion-y-mercado.html
    Muchas gracias por la información.

  2. […] (Artículo publicado en: Economistas Frente a la Crisis) […]

  3. juan el junio 24, 2015 a las 11:37 pm

    Hay algunos puntos con los que discrepo, aunque la tasa de empleo de los jovenes más formados sea más alta, muchas veces es sub-empleo, o empleo que no requiere dicha cualificación, o sólo la aprovecha parcialmente (idiomas). Hay un problema que como sociedad deberemos de afrontar y es decidir quién tiene que crear los empleos. No van a venir multinacionales a poner fábricas habiendo otros países con la mano de obra más barata, y el estado se ha retirado de las grandes empresas que un día fueron públicas.
    Como sociedad es un fracaso que en décadas de oscuridad y pocas oportunidades gente sin formación levantase fábricas y generase empleo en sus pueblos y ciudadades y que ahora tras una ingente inversión en capital humano y garantizar la igualdad…el resultante es sólo la búsqueda de un empleo de calidad. Igual es responsabilidad de aquellos que han/hemos recibido oportunidades con el esfuerzo de todos den el paso, no fácil, de intentar cosas. Escribí sobre ello https://medium.com/@juanmateu/cuestiones-socioeconomicas-y-culturales-a-considerar-para-crear-un-nuevo-modelo-laboral-y-aa52f577c6c3?source=most-recommended

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