El agotamiento de la ciudad neoliberal

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Ignacio Muro es economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

Los grandes retos y las grandes contradicciones globales, desde el cambio climático, la movilidad, la vivienda, la desigualdad o las migraciones, se concretan en las grandes ciudades.

Loreta Napoleoni describía días pasados en bez que el incendio de la Torre Grenfell de Londres es el mejor ejemplo de la injusticia de un sistema donde los pobres se convierten en invisibles hasta que mueren carbonizados. Son, por otro lado, la expresión del negocio inmobiliario como parte central de la actividad económica urbana, en donde el engaño al inquilino forma parte de una estafa general. Y es que es en las grandes ciudades donde se concentran los procesos de acumulación de capital, especulación y exclusión del último capitalismo.

Pero las grandes ciudades son también un espacio de esperanza. Es allí donde donde la participación ciudadana construye nuevos entornos culturales, donde se fraguan experiencias novedosas desde la colaboración entre lo público, lo compartido y lo común, donde se concentran las batallas más significativas entre privatización y remunicipalizacion de servicios, donde se dibujan nuevas políticas públicas y nuevos modelos de gestión y se concentran los mejores experiencias democráticas.

No es casualidad que sea el alcalde de Londres el que encabece la lucha por la integración social y contra la negligencia política que esconde la indiferencia hacia la desigualdad. Ni que sea Bill De Blasio, alcalde de Nueva York, el que encabece la lucha por la subida del salario mínimo y por la recuperación de los derechos laborales, una iniciativa que está siendo seguida por decenas de ciudades de EEUU que se han sumado a las campañas sindicales y han aprobado salarios mínimos para sus trabajadores de 15 dólares la hora.

El resultado, como señala Ada Colau es que “cada vez más las ciudades se están consolidando como sujetos sin los cuales no se puede pensar la macropolítica”. Los gobiernos de los estados y las regiones están asumiendo “lo que el sector privado hace tiempo que tiene muy claro, y es que las grandes ciudades son los grandes actores de la política mundial”.

La globalización ha puesto en el centro de la economía el modelo urbano neoliberal

La globalización ha redimensionado la importancia de los diferentes contenedores territoriales (estados, regiones, ciudades) en beneficio de estas últimas. Los sistemas de producción han ido desplazándose de manera creciente desde las regiones a los centros metropolitanos extensos. Al igual que ocurrió en la Edad Media la escala metropolitana domina de nuevo. Si las regiones industriales tradicionales eran, desde el siglo XIX, la columna vertebral del capitalismo, nuevas y enormes economías urbanas pasan a ser las plataformas de creación de valor en las cadenas de producción global.

En lugar del Noreste o el Medioeste americano, las Midlands inglesas o el Ruhr alemán (ejemplos clásicos del capitalismo industrial moderno), son Shanghai y São Paulo, Nueva York y San Francisco, Londres y Paris, Bangkok y México, Bombay y Seul los motores económicos que marcan tendencia. Madrid y Barcelona compiten por incrustrarse entre los motores económicos con peso específico en el mundo. Es en torno a ellas donde se construyen las nuevas lógicas capitalistas y donde pugnan por nacer los nuevos modos de relaciones sociales.

La ciudad neoliberal favorece la alianza entre el capital global y los promotores urbanos

La gentrificación primero y la turistización después, son el resultado de una nueva noción del del desarrollo urbano que se convierte en parte esencial de la estrategia competitiva común a todo el mundo, en la que convergen las grandes ciudades, sean del Primer o el Tercer Mundo.

Hacia finales del siglo XX, bajo el paraguas genérico de la colaboración publico-privada, el capital privado ha ocupado el vacío dejado por las políticas urbanas. El desarrollo inmobiliario, nos recuerda Neil Smith en La Nueva Frontera Urbana, se convierte en una pieza central de la economía productiva de la ciudad, un fin en sí mismo, justificado por el reclamo de puestos de trabajo, impuestos y turismo.

Los gobiernos municipales desisten de guiar la dirección del crecimiento económico para encajar en las guías ya establecidas por el mercado en búsqueda del mayor rendimiento. Su papel se empieza a limitar, mediante actuaciones directas o utilizando incentivos fiscales, a desarrollar proyectos urbanos para entrelazar los intereses del capital global y los mercados internacionales con los de los promotores inmobiliarios nacionales y locales, de forma que las grandes cadenas de ropa convivan con los pequeños comerciantes locales en una convergencia que reactive a los agentes de la propiedad inmobiliaria.

La re-ocupación del centro impulsa procesos de especulación y alimenta una estrategia de acumulación de capital que conforma un consenso inexpugnable para las economías urbanas en competencia.

Mientras la corrupción se integra en la economía, la mafia se blanquea y se integra en el mundo corporativo y en la política. Desde Bugsy Siegel, un gánster estadounidense del crimen organizado asociado al desarrollo de Las Vegas, hasta Adelson, nuestro promotor de Eurovegas, al que el PP de Ignacio Gonzalez quería someter las leyes, hay toda una evolución que culmina en Donald Trump.

Barcelona como ejemplo de iniciativas públicas

La lucha por poner límites a la mercantilización de la ciudad surge en la batallas ciudadanas contra los desahucios o el desplazamiento de ciudadanos del centro de la ciudad y alimenta una nueva generación de políticos que se atreven a repensar la ciudad y a desarrollar iniciativas públicas a favor de nuevos reequilibrios sociales.

Aunque el ruido dominante en España intenta ocultar las iniciativas novedosas impulsadas en Barcelona, los medios de referencia mundial, como el New York Times o The Guardian o Vox, están popularizando el proyecto de super-islas (“superblocks” en inglés), desarrollado por Salvador Rueda, director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona e incorporados al Plan de Movilidad 2013-2018. Una iniciativa de menor alcance, con un piloto en la calle Galileo, inscrita en la iniciativa de Madrid ZONA 30 que busca reconfigurar las Áreas de Prioridad Residencial, parece caminar en la misma dirección.

La idea es, en apariencia, sencilla: se trata de hacer que la ciudad pase de ser un entorno pensado para los automóviles a otro centrado en el transeúnte. ¿Cómo? Reconfigurando el espacio urbano en bloques de nueve manzanas de manera que las calles que se encuentran en la parte central de ese espacio se corten al tráfico y puedan ser disfrutadas por el peatón en terrazas, parques, cafeterías, gimnasios al aire libre o campos de juego.

Pretenden, en linea con lo que demanda el urbanismo feminista, priorizar la movilidad de la cercanía que exigen los cuidados (llevar a los niños al parque, acompañar al abuelo al médico…) sobre la movilidad entre la casa y el trabajo en la planificación de las ciudades. Se trata de facilitar soluciones para las necesidades cotidianas de la vida imprescindible para la democratización de relaciones en el ámbito reproductivo. Una nueva generación política se atreve a alumbran nuevos modelos de convivencia. El mundo sigue aspirando al progreso social.

 

 

 

2 Comments

  1. Esta claro que hay que conjugar el rol económico de una ciudad como Madrid con el papel social de la Capital de España (también otras grandes ciudades Barcelona Valencia) por ejemplo limitando el uso del vehículo privado o la especulación turística que afecta a los barrios. Pero hay que utilizar las técnicas de la responsabilidad social (hay que ser win to win) no al estilo Carmena o Colau.
    Por cierto, el urbanismo feminista es un postureo nada científico

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