La composición de los estímulos fiscales importa

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Jorge Fabra Utray, economista y Doctor en Derecho, es miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

Algunos antecedentes:

Reunidos en Londres en abril de 2009, los líderes del G20 acordaron sacar toda la artillería presupuestaria disponible para salvaguardar la estabilidad económica mundial. Apenas unos meses antes, en la reunión del G20 de Washington de noviembre de 2008, el Presidente Francés Sarkozy había incluso llegado a lanzar la idea de “refundar el capitalismo”. Aunque realmente no sepamos exactamente qué quería decir Sarkozy con esto de “refundar”, no dejaba de ser una manifestación de la preocupación de las grandes potencias por la deriva de la economía que la quiebra de Lehman Brothers había finalmente desatado.

El comunicado de Londres del G20 utilizó un lenguaje sin matices:

Nos enfrentamos al mayor desafío para la economía global de la época moderna, una crisis que afecta a los hombres y mujeres de todos los países y a la que todos los países debemos hacer frente unidos. Creemos –decían los líderes del G20- que la prosperidad debe ser compartida y que la respuesta a esta crisis debe estructurarse en torno a las necesidades de los trabajadores, no sólo de los países ricos y desarrollados, sino también de las economías emergentes y en vías de desarrollo. Creemos que para que la globalización sea beneficiosa para todos se debe fundamentar en una regulación efectiva de los mercados y en sólidas instituciones económicas y financieras globales.”

La declaración continuaba anunciando un acuerdo para “aplicar una respuesta coordinada y sin precedentes para salvar millones de trabajos a través de un impulso fiscal de 5 billones de dólares”.

Este tipo de pronunciamiento del G20 nos retrotrae inevitablemente a Keynes y a Dexter White en la Conferencia de Bretton Woods de 1944, que, aunque con posiciones alternativas pero no antagónicas, sentaron, ante la amenaza de una recesión mundial subsiguiente al fin próximo de la 2ª Guerra, las bases de la gobernanza económica internacional hasta los años 70.

Pero apenas un año después de la reunión del G20 en abril de 2009, el 9 de mayo de 2010, la Troika europea (Comisión Europea, Eurogrupo y BCE)  coincidían con el gobierno español del socialista Rodriguez Zapatero en la conveniencia de dar un giro copernicano hacia la austeridad y hacia el recorte de derechos laborales (“…tomaré las decisiones que España necesita aunque sean difíciles. Voy a seguir ese camino cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste”) : la recesión se ahondó y la tasa de paro se elevó, hasta el 20% ya ese mismo año y, con la agudización de las políticas de austeridad y de devaluación salarial del PP, hasta alcanzar el record histórico del 26% en 2013.

Fue en este contexto, el de la constatación de que la orientación de la política económica se alejaba del interés general de la mayoría de los ciudadanos, de los trabajadores, en el que Economistas Frente a la Crisis surgió para poner de manifiesto que la política económica debe estar al servicio del crecimiento y del empleo. No es economía, es ideología este fue el artículo publicado en El País el 16 de septiembre de 2011 con el que Economistas Frente a la Crisis EFC hizo acto de presencia pública. Frente a la crisis, frente a la austeridad, frente a la devaluación salarial. Un año después publicábamos un libro colectivo con el mismo nombre “No es economía, es ideología”.

I.

En 2016, año en el que se han cumplido 70 años de la muerte de Keynes, Economistas Frente a la Crisis ha tenido el honor de colaborar con la Revista TEMAS en los contenidos de su número 265 monográfico, último de 2016, (coordinado por Carles Manera, miembro de la Junta Directiva de EFC) dedicado a Keynes bajo el título “La vigencia de Keynes”. Este título podría llevar a pensar que aspiramos a que el keynesianismo, como escuela de pensamiento económico con sus derivaciones de política económica, vuelva a ocupar un lugar predominante en el debate político. Sin embargo tal cosa sería admitir que el análisis keynesiano, y su traslación a las propuestas de política económica, habrían caído en el olvido. Y no es así. El keynesianismo nunca ha dejado de estar presente en la cultura de los economistas e impregna el pensamiento de todo economista no abducido por doctrinarismo aunque durante no pocos años hubiera que hablar de Keynes en voz baja….  no fuéramos a ser oídos y tachados de intervencionistas.

Por su actualidad en estos días que iniciamos un nuevo año que intentará  consolidar algún tipo de salida de la crisis, merece hacer referencia a un concepto netamente Keynesiano, con claras consecuencias sobre la orientación y diseño de la política económica: el concepto del estancamiento secular.

El economista Alvin Hansen, discípulo de Keynes, argumentaba en su libro de 1938 “Recuperación plena o estancamiento” que la salida de la Gran Depresión de 1929 podría desembocar en un estancamiento del crecimiento y del empleo si no concurría la intervención económica del estado para estimular la demanda.

En el año 2013, también en el debate sobre la salida de esta crisis, el economista Larry Summers retomaba y actualizaba el concepto del estancamiento secular.

Algunas de las características del estancamiento secular:

  • Tipos de interés cercanos a cero;
  • Altas tasas de ahorro;
  • Bajos niveles de inversión;
  • Persistencia del desempleo;
  • Crecimiento muy débil del PIB potencial, e
  • Insuficiencia de demanda efectiva,

están presentes en mayor o menor medida en la economía europea. Y la forma de despejar su amenaza centra las propuestas del debate económico y político.

II.

La principal preocupación de una situación que podría embarrancarse en el estancamiento se deriva de la dificultad, sino imposibilidad, de alcanzar de manera simultánea una situación de pleno empleo, de crecimiento significativo y de estabilidad financiera simplemente con la política monetaria convencional como herramienta única.

En un contexto de baja inflación, tipos de interés en su límite inferior y una prolongada debilidad de la demanda efectiva derivada de bajos niveles de inversión que implican altos niveles de desempleo, la política fiscal, la política de impulso de la demanda desde el Estado, vuelve a estar sobre la mesa como la vía más efectiva ante el riesgo de estancamiento. Instituciones tan poco sospechosas de ser activistas fiscales, como el BCE, repiten en cada ocasión la necesidad de que la política fiscal refuerce la política monetaria expansiva, ya prácticamente en su límite. Y también repiten, por cierto, la necesidad de subidas salariales para anclar las expectativas de inflación lejos de zonas deflacionarias.

Dos propuestas en este sentido han sido planteadas desde posiciones muy diversas:

La Comisión Europea, maniatada por normas fiscales –el Pacto de Estabilidad y Crecimiento- que imponen una política fiscal procíclica y que constriñen la capacidad estabilizadora de la política fiscal, propuso a los estados miembros en noviembre pasado un impulso fiscal de hasta el 0,5% del PIB de la zona Euro. La Comisión proponía que Alemania y Holanda utilizasen la holgura fiscal de la que disponen para impulsar la inversión buscando que sus efectos de arrastre impactasen positivamente sobre las economías deficitarias del sur de Europa. En definitiva, la inversión como motor de arranque para la actividad económica. Un Eurogrupo dominado por la ordoliberal Alemania ha rechazado este tímido plan de impulso.

En Estados Unidos, el Presidente Electo, Donald Trump, ha anunciado un programa económico que algunos han considerado como un plan de estímulo. Pero ¿realmente podemos llamar plan de estímulo a cualquier actuación de política fiscal? El economista británico Simon Wren-Lewis ha desarrollado un concepto interesante, el de Keynesianismo reaccionario.

El plan de Trump pasa por reducir los impuestos a las rentas más altas, pero sabemos que dada su menor propensión al consumo, este tipo de estímulos tendrá un menor impacto sobre la demanda frente a su alternativa: aumento del gasto y aumento progresivo de los impuestos.

El ejemplo de recortes de impuestos para los ricos confirma la proposición general de que la composición de cualquier estímulo fiscal importa más que el tamaño total de cualquier incremento en el déficit.

Este tipo de keynesianismo reaccionario nos indica que deberíamos tener cuidado en llamar “estímulo” a cualquier medida que implique aumentar el déficit. Y desde la real politik deberíamos ser conscientes de que llamar a cualquier cosa keynesianismo puede desacreditar las políticas fiscales expansivas de las que esta crisis ha carecido desde sus inicios y que todavía necesita.

III y Conclusión

En fin, la composición del ajuste importa, no es lo mismo reducir gasto que aumentar ingresos. Y la composición del impulso también importa, no es lo mismo reducir impuestos a las rentas más elevadas o invertir en aeropuertos, por ejemplo en España, que relanzar su crecimiento potencial a través de la inversión en I+D, en educación, en dependencia, en sanidad, en nuevas tecnologías que produzcan energía limpia, segura e inagotable. La composición del estímulo fiscal importa porque de lo que se trata es de aumentar la productividad de la economía para poder aumentar los salarios sin perder competitividad y, a partir del aumento de las rentas salariales, desencadenar un círculo virtuoso de crecimiento.

Keynes está vigente. Pero ya no es el Keynes de abrir zanjas para cerrarlas. Necesitamos hilar fino porque el desarrollo de la ciencia económica, el fortalecimiento de las instituciones, la mejora de los instrumentos estadísticos y la disponibilidad de datos, nos permiten hoy seguir siendo tributarios del pensamiento keynesiano para ser economistas eficaces.

Propuestas de raíz keynesiana son las que han reunido a economistas y otros profesionales en Economistas Frente a la Crisis. El multiplicador keynesiano es parte de nuestra cultura. Una cultura contra todo doctrinarismo que niegue las evidencias del fracaso de las políticas de austeridad a ultranza que han hecho de esta crisis una de las más graves de nuestra Historia contemporánea.

 

One Comment

  1. Y dale con Keynes.
    Pq no empezamos asumiendo que la carga fiscal(Y por tanto la capacidad de crecer vía ingresos), de hace 70 años y ahora no se parecen en nada.
    Que el peso del Sector Público en la Economía, no tiene nada que ver.
    Y sobre todo, que lo que sacó a America de la recesión, más que las inversiones públicas, fueron las medidas que intentaron impedir que el Sector bancario se siguiera hundiendo y arrastrará con él a toda la economía.

    Justo algo que ustedes no paran de criticar.

    No nos acordamos del resultado de los Planes E de ZP? Para que sirvieron, aparte para seguir incrementando la Deuda Pública y el Deficit Público.

    Si los ingresos del Estado caen de golpe más de un 30%, y la recuperación de esos ingresos se prevee que va para largo, es imposible cualquier politica fiscal que no este basada en bajar el Gasto Público.

    Pq aunque ideologicamente(O como Keynesiano furibundo), estes convencido que esa es la solución, nadie, nadie, nadie, va a financiarte esa política.

    Quien iba a comprar la Deuda Pública española con deficits públicos mantenidos de más del 10%? Que tipo de interés hubiéramos tenido que pagar si alguien financia ese disparate? Y por tanto que % de presupuesto disponible, después de gastos fijos e intereses de la deuda, nos hubiera quedado para invertir?
    Lo que no hay manera que les entre en la cabeza, es que en el 2008 no hay una crisis financiera. Se va a hacer puñetas un modelo económico basado en crecer a base de Gasto Público en Infraestructuras, en Construir viviendas privadas y en Turismo.

    Y si de un día para otro te desaparece el 10-15% del PIB, no hay política ni fiscal ni monetaria que tape ese agujero. Has de asumir una realidad, eres mucho más pobre que antes y por tanto vas a tener que vivir con menos dinero que antes.

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