La economía mundial: una ventana hacia el optimismo

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Por Jorge Fabra Portela economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

 

Después de muchos años de lúgubres perspectivas, los analistas internacionales recuperan su optimismo en la economía mundial. Según el FMI, la recuperación global está cogiendo tracción y se prevé que crezca el 3,6% en 2017 y 3,7% en 2018 impulsada por la confianza del consumidor y un repunte de la inversión, del comercio internacional y la producción industrial. El dibujo que pinta la institución de Bretton Woods es muy distinto al que nos mostraba el año pasado por estas fechas, cuando la economía mundial se enfrentaba a tasas bajas de crecimiento y a turbulencias en los mercados financieros. El FMI observa ahora una aceleración cíclica de la economía que se extiende por Europa, China, Japón y EEUU, así como por el sudeste asiático.

 

A pesar del optimismo mostrado por las instituciones financieras internacionales reunidas en Washington con motivo de las asambleas anuales del FMI y del Banco Mundial, también alertan de que la recuperación es todavía incompleta. El crecimiento del PIB sigue siendo insuficiente en muchas economías, incluyendo los países exportadores de petróleo; persiste la baja inflación, por debajo de los objetivos marcados por los bancos centrales; y el crecimiento de largo plazo – lo que los economistas llamamos ‘crecimiento potencial’ – continua sin repuntar en las economías más avanzadas como la zona euro, lastrado por la baja productividad, el escaso valor añadido de los empleos creados, el envejecimiento de la población y por las desigualdades sociales que afectan negativamente a la capacidad de crecimiento de largo plazo de nuestras economías y dotan de motivos para desconfiar de las instituciones que les han dado la espalda y que tan necesarias son para articular una respuesta a los problemas económicos.

Riesgos

Los analistas coinciden en señalar que los riesgos para las buenas perspectivas de crecimiento están controlados en el corto plazo. La cosa cambia cuando se trata de mirar más allá de los próximos trimestres. Sin llegar a hablar de nubarrones en el horizonte, sí se observa la formación de cúmulos que podrían dar lugar a fuertes tormentas. Y es que a los tradicionales riesgos económicos –reversión abrupta de flujos de capital ante la normalización de la política monetaria en EEUU; desequilibrios globales recesivos o incertidumbre en torno al crecimiento de China- a los que se enfrentan las economías capitalistas avanzadas, se unen otros riesgos de naturaleza geopolítica que son de difícil gestión.

La administración Trump envía señales confusas sobre la posible relajación de la regulación financiera que, en plena crisis, se aprobó para controlar las operaciones potencialmente desestabilizadoras. El aislacionismo de los EEUU se muestra también en su enfoque restrictivo hacía la liberalización comercial en igualdad de condiciones, el desprecio hacia las Naciones Unidas, la política migratoria y, en definitiva, hacia soluciones multilaterales y cooperativas. Situaciones similares, de nacionalismos contractivos, las encontramos también en Europa. A pesar de las marcadas diferencias que aconsejan un análisis muy diferenciado, los procesos de ensimismamiento que observamos con el Brexit y la cuestión catalana, amenazan con revertir la búsqueda de soluciones comunes a problemas compartidos. La tensiones bélicas en la península coreana, desde luego, es fuente de honda preocupación también en lo que a la estabilidad económica se refiere.

Mención especial cabe hacer de la lucha contra el cambio climático. Los riesgos financieros y económicos derivados del cambio climático ya no pueden ser ignorados, y como ha puesto de manifiesto el propio FMI en su World Economic Outlook, suponen uno de los riesgos principales para el crecimiento y la estabilidad económica internacional. La subida de las temperaturas impacta negativamente en el crecimiento económico a través de distintos canales, pero sobretodo lo hace en los países emergentes y de rentas más bajas cuya población es más vulnerable ante estos fenómenos. El cambio climático reduce la producción agrícola, que en los países más afectados supone la principal fuente de ingresos de divisas; afecta a la productividad de los trabajadores expuestos a temperaturas elevadas; ahuyenta las inversiones ante los mayores riesgos de desastres naturales inducidos por el cambio climático, y es pernicioso para la salud, impactando negativamente en las cuentas públicas y su sostenibilidad. El FMI estima que actualmente el 60% de la población mundial está expuesta de manera directa a estos riesgos, cifra que podría alcanzar el 75% a finales de siglo.

 

Para la zona Euro, el FMI ha revisado al alza de manera significativa sus perspectivas de crecimiento y estima que el área monetaria única crezca un 2,1% en 2017 y el 1,9% en 2018. Son buenas noticias para el proyecto europeo que, después de años de austeridad empieza a ver cómo la relajación de los objetivos fiscales y, sobre todo, las condiciones monetarias muy favorables, se traducen en mejorías en los principales indicadores macroeconómicos.

Economías avanzadas

Pero en la zona euro, y en otras economía avanzadas, la recuperación es incompleta y atípica.

La recuperación es incompleta porque amplias capas de la población no se benefician de las mejoras económicas. La desigualdad no es sólo una consecuencia socialmente injusta de las economías capitalistas de mercado. Las crecientes desigualdades son un riesgo de primera magnitud para la estabilidad económica y política. En la Unión Europea, la Gran Recesión ha afectado negativamente a todos los deciles de renta, concentrándose fundamentalmente en los deciles inferiores. El Fiscal Monitor del FMI estima que el decil inferior sufrió una caída de su renta del 17% en comparación con los niveles previos a la crisis. En un documento muy interesante, el FMI analiza el papel de la política fiscal y de la imposición a las rentas superiores para revertir esa desigualdad.

La recuperación es también atípica porque a pesar de que el output gap –la diferencia entre el PIB y el PIB que potencialmente se podría alcanzar si todos los factores estuviesen siendo plenamente movilizados- se esté cerrando, el crecimiento de los salarios nominales y reales permanece anémico. Tal es el problema en términos macroeconómicos, que el propio presidente del BCE, Mario Draghi, insiste cada vez que tiene la oportunidad en que la baja inflación no se debe a un cambio estructural en los precios sino a los bajos salarios. La creación de empleo de baja calidad; el desequilibrio en la relación de fuerzas entre trabajo y capital derivado de las reformas laborales que, paradójicamente, tanto se impulsaron desde los propios organismos que hoy se lamentan de las consecuencias, así como unas normas fiscales con marcado sesgo contractivo que mantienen infrautilizada la capacidad productiva, sobretodo en el mercado de trabajo, explicarían parte del desacoplamiento entre desempleo y salarios.

Oportunidades

La economía internacional empieza a sacar la cabeza con firmeza del hoyo en el que hay estado en la última década. Una recuperación que sin embargo no debe hacernos olvidar los legados que deja la crisis en forma de elevado desempleo e infraempleo; una abultada deuda, pública y privada; y una baja productividad que lastra la capacidad de crecimiento.

Pero la recuperación también nos ofrece oportunidades.  Tenemos una ventana de oportunidad abierta, no sabemos durante cuánto tiempo, para aplicar las reformas institucionales y de política económica que contribuyan no sólo a aumentar la productividad y el crecimiento potencial de nuestras economías, sino que remodelen las relaciones laborales fuertemente desequilibradas por las últimas reformas; que cambien las normas fiscales que nos abocan a la austeridad contractiva y limitan la redistribución a través del gasto; que se diseñen estructuras impositivas que faciliten la reducción de las desigualdades. Una ventana de oportunidad, breve, ínfima, para actuar de manera decidida y coordinada contra el cambio climático, la mayor amenaza para la humanidad. Y una ventana de oportunidad para retomar la senda de la cooperación y el multilateralismo.

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