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2020: ética y estética de la crispación social

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Es bonito un año así, un 20 20 redondo, contundente. Empieza también una década y se conmemoran los felices 20. Estética, felicidad y bondad rodean el comienzo de un futuro sin dibujar que necesita despojarse rápidamente de los efluvios de la Navidad.

No sabemos si será un buen año pero sí sabemos que será el escenario de batallas descarnadas, distópicas, exageradas hasta el paroxismo contra la maldad de una alianza de socialistas traidores, populistas, comunistas de siempre y separatistas.

En ese escenario turbio los marcos ideológicos son determinantes. La filosofía sustenta las emociones que provocan las pasiones colectivas, las lógicas que las justifican. El diálogo entre ideas y realidad se hace esencial para que el verbo se haga carne. La crispación debe trabajarse intelectualmente para alimentar un Vietnam cada semana.

El debate entre ética y estética se puso de moda a mediados del siglo pasado. Parece lejano y abstracto pero en seguida veremos que es actual y concreto. Y no es filosófico, es político pues anima la durísima batalla contra la igualdad que está recorriendo el mundo con la aparición de nuevas derechas retardatarias.

Nuevos filósofos como Wittgenstein  (“ética y estética son lo mismo”) alumbraron a mediados del siglo pasado el hilo conductor de reflexiones, con Platón y Kant a la cabeza, que nos marcaba un ideal al desarrollo humano. De alguna forma, bondad y belleza se fundían: del “no hay belleza en la maldad” de Platón a “la belleza es un símbolo moral” de Kant, había un continuo de aspiraciones idealistas en el que convergían los ideales de justicia, bondad y belleza.  

Lo que caracteriza este momento histórico es la necesidad de romper esa convergencia que se identifica con la defensa del progreso social. Hay que atacar “la superioridad moral de la izquierda” y sus ideales que son la plasmación política de los principios morales que se derivan de las mejores teorías de la justicia. Pero sobre todo hay que combatir sus análisis realistas que demuestran que, con los recursos actuales, es posible dar un gran salto hacia un mundo en equilibrio mucho más justo.

Los constantes ataques contra el “buenismo” de la izquierda, contra “su falta de realismo”, esconde un análisis terrible y un mensaje contundente: estamos en un momento en que solo podemos elegir entre lo malo y lo peor, un momento en el que es inevitable (conveniente también) asumir que hay que dejar morir a los niños en pateras porque su llegada trae cosas peores. Que gente tan desagradable como Trump o Bolsonaro son gobernantes necesarios para que las cosas funcionen. Que la mano dura es necesaria para corregir el idealismo igualitario de la democracia, que fomentar los incendios del Amazonas puede ser feo, que el machismo puede ser burdo y primitivo… pero son las cosas que traen el orden y la justicia. Un orden conveniente para sobrevivir como raza o como civilización o como nación o como clase social o como familia o como individuo. El egoísmo ciego siempre antes.  

En la medida que el último capitalismo se hace más injusto, en la medida en que la desigualdad se hace brutal, que los sin casa proliferan en cada esquina, más agresiva debe ser la justificación y más dura y brutal la respuesta. Los MENAS (inmigrantes menores no acompañados) no pueden ser vistos como niños, sino como potenciales delincuentes y asesinos. Para justificar el poder del dinero y los comportamientos avariciosos de los ricos se necesita alimentar la agresividad contra los pobres, la aporofobia, y también contra cualesquiera que ponga en primer término la justicia social.

El statu quo necesita rearmarse lejos de la moral. La multilateralidad ya no es el orden mundial deseado. La solidaridad ya no es el camino para resolver las desigualdades. El pacto y el consenso no es el modo para afrontar los desequilibrios territoriales. La concertación no es la vía para afrontar el gobierno de las empresas. En todos los campos se impone la ley del más fuerte y se fomenta la debilidad de las instituciones como espacios normativos que garantizan un cierto equilibrio.

Si ese es el camino, la derecha que lo justifica debe exhibir la Biblia pero alejarse de la compasión y endurecerse, porque está obligada a retorcer, cada vez más, sus convicciones religiosas y defender cosas incompatibles con sus principios. De alguna forma, asumirse como “peores personas”. La violencia insoportable que provoca la imagen de un niño inmigrante ahogado y abandonado en una playa de Grecia tiene que ser compensada con otra idea de magnitud similar que la justifique y contrarreste. Si pensaran en cristiano sería difícil no luchar contra la desigualdad y la pobreza…

El integrísimo se hace necesario. La regresión histórica debe completarse. La justicia debe dejar paso a la caridad, los derechos a las dádivas. Tienen que defender que aportar un dos por ciento de incremento en las rentas que superen los 130.000 € anuales es una política confiscatoria. Que enterrar dignamente a los cadáveres abandonados de una guerra civil que acabó hace 80 años es favorecer otra guerra, que dotar recursos para aumentar las viviendas sociales en alquiler es arruinar a los propietarios o que paliar las consecuencias de la soledad y la dependencia angustiosa de los mayores es populismo comunista.

Para oscurecer la batalla social se hace imprescindible exacerbar la patria como único argumento. EEUU debe ser grande otra vez. El Reino Unido debe ser grande otra vez. E Italia y Austria y Alemania… también.  Y España. E incluso Cataluña. Todos grandes otra vez y al mismo tiempo compitiendo con sus mentiras y sus mitos para impedir una salida al laberinto actual que recupere la unidad entre ética y estética, progreso social y valores humanistas.

Ignacio Sánchez Cuenca dice que no solo las fortalezas sino también las debilidades de la izquierda proceden de su superioridad moral. Que no es posible que los 12 años transcurridos desde la crisis de 2008, repleta de casos de estafa, fraude, indemnizaciones multimillonarias y salidas a Bolsa temerarias, con grandes perjuicios para las mayorías, se haya saldado con retrocesos en la izquierda. Y reclama una nueva etapa que favorezca la hibridación entre sus elevados principios morales y un proyecto de cambio que acepte las restricciones de la política real.

En el tobogán de la crispación y en un contexto territorial pleno de dificultades, la izquierda española va tener la oportunidad de dar un impulso moral, político y económico a nuestra sociedad.

A ver qué nos trae un año tan bonito. De nosotros depende.

About Ignacio Muro

Economista. Miembro de Economistas Frente a la Crisis. Experto en modelos productivos y en transiciones digitales. Profesor honorario de comunicación en la Universidad Carlos III, especializado en nuevas estructuras mediáticas e industrias culturales. Fue Director gerente de Agencia EFE (1989-93). @imuroben

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