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El socialismo democrático y Davos | Economistas Frente a la Crisis
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El socialismo democrático y Davos

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Vísteme despacio que tengo prisa

Se cuenta que Aldous Huxley, en una de sus conversaciones con con Orwell, le dijo: Me ha gustado mucho su libro, 1984, pero lamento mucho que no refleje el futuro previsible. Desgraciadamente, creo que el mundo dentro de cierto número de años se parecerá más a mi “Un Mundo Feliz”. Esta cita viene a cuento de la que se ha celebrado en la montaña “mágica” de los millonarios, con una edición más del “Foro de Davos”; el encuentro de las elites mundiales que todos los años lanza el mensaje al mundo de que alguien está al timón. En su trastienda se disciplina a los políticos díscolos o despistados que, contagiados de la creencia de ser importantes, no pueden resistirse a la gran fiesta del poder; tal vez tengan la esperanza de contarle a los nietos que una vez se codearon con los que de verdad mandan. Este año se han debatido cuestiones críticas, como la inteligencia artificial, y su corolario capitalista, el crecimiento exponencial de la desigualdad. Como no se han dado soluciones a éste último problema, se supone que lo que de verdad han debatido, fuera de micrófonos, es como evitar sus consecuencias políticas y de malestar social; mientras, la gendarmería se ha puesto a punto: Bolsonaro, Orbán, etc. Porque lo cierto, es que la tecnología 4.0 ya está aquí, lo mismo que su implantación, que sirve tanto para fortalecer el poder de gestión y control económico financiero, como para eludir el control democrático. En cuanto a su futuro correlativo (5.0, o IV revolución industrial), está plagado de incertidumbres sobre el orden mundial reinante, aunque la pregunta sigue siendo la misma: ¿es viable utilizar estas tecnologías para lo que se está haciendo con ellas?

Anterior a la “Civilización en la Encrucijada” de Radovan Richta (1968) o del “Advenimiento de la sociedad post-industrial” de Daniel Bell (1976), Joan Róbinson escribió un breve artículo, “Un Modelo para el Futuro” (1962), en el que simulaba una economía donde los “robots” habían sustituido al trabajo industrial, “reduciendo a un mínimo el empleo de trabajadores humanos en la industria organizada”. Esta industria generaría un sector de ingeniería, pequeño en comparación con el empleo industrial de los años 60, formado por expertos que diseñan robots y controlan la producción realizadas por éstos. El primer problema del modelo era la acumulación, dado que la tendencia decreciente de la tasa de ganancias se aceleraría por la importancia creciente del conocimiento en la inversión, llevando el sistema hacia la reproducción estacionaria, a menos que, si la correlación de fuerzas sociales lo permitía, los precios industriales los marcaran las empresas distribuidoras gracias a su posición de oligopolio tecnológico; los beneficios así obtenidos revertirían principalmente sobre la cúpula del sector de ingeniería y distribución de los robots y los productos fabricados por éstos. En cuanto al desempleo, Joan Róbinson apuntaba una posible solución malthusiana basada en la desigualdad generada por la posición de los individuos ante la tecnología. El nivel salarial superior de los expertos crearía las condiciones para un amplio sector de servicios, organizado en pequeñas empresas, principalmente cooperativas en razón de la mala posición negociadora de las empresas de servicios, que daría empleo a los desplazados por la robótica. Estos últimos se convertirían en compradores de los productos fabricados por los robots y, como es de esperar, seguiría existiendo un pequeño sector agrícola, altamente mecanizado, productor de commodities, y una agricultura ligada a los mercados locales de cada polo industrial. Como el modelo mantenía las premisas competitivas clásicas, el bajo nivel de la tasa de ganancias del sector robótica, producto del poder negociador de los expertos, desalentaría a los inversores industriales, favoreciendo a la creación de empleo del sector servicios.[i] Pero, si los salarios de los trabajadores de servicios no eran suficientemente altos como para absorber la producción industrial robotizada, la economía entraría en un estado depresivo sin mecanismos de recuperación. En esa economía, el poder de los técnicos sustituiría a los rentistas inversores, por la devaluación de la riqueza hereditaria.

El keynesianismo de izquierdas ofrecía con éste y posteriores trabajos, una base teórica para la distopía de Huxley. Como decía la autora, “la extraña apariencia de este modelo se debe al hecho de representar el caso de una economía en la cual se siguen observando ciertas reglas y convencionalismos aun después de no estar acordes con la situación técnica”. La propiedad privada de los medios de producción es, evidentemente, incongruente con una técnica que, por materializarse más en el valor de uso del trabajo que en los equipos productivos, exige regular los mercados desde el origen, la educación; pues la competencia en esa economía puede ser sumamente destructiva. Hoy observamos ya una tendencia creciente al endeudamiento de los consumidores, índice de una falta de congruencia entre los ingresos de los diversos sectores sociales a los que va dirigida la producción, y la composición de dicha producción. Igualmente percibimos que la organización corporativa de la tecnología en la era cibernética desborda todas las barreras anteriores al monopolio; ejemplo, China no fue imaginada como una plataforma tecnológica, sino como un contenedor de mano de obra industrial barata. El monopolio occidental del conocimiento está roto y, a pesar de la concentración creciente del conocimiento en las corporaciones, aún no puede decirse que éste último se haya convertido en una mercancía evaluable y vendible, es decir en capital, y las entradas financieras que cubren los beneficios de las grandes corporaciones provienen del endeudamiento de los consumidores; la inestabilidad de los mercados, hace que los expertos ganen paulatinamente una gran cantidad de poder. Podría decirse que constituyen el grupo social más influyente, ningún otro puede aspirar a controlar el futuro sin ganárselos. La tecnología crea en ellos una cultura de estar en el centro del cambio social y, por lo tanto, de socios imprescindibles de cualquier proyecto ambicioso.

Sin embargo, las predicciones que se hicieron desde 1982[ii], de que el proceso de trabajo y su organización solo podría avanzar desplazando las decisiones hacia el proceso y sus ejecutores, o la utopía de Riffkin de que las nuevas energías y su informatización distribuirían el poder y forzarían a la horizontalidad de la organización social, no parecen encontrar su camino de desarrollo, que se refleja en un estancamiento de las fuerzas productivas. Como pronosticaban los tecnólogos agrupados en Evolutionary Economics o en Intelectual Capital Review, los avances de las tecnologías de la información en un contexto de poder vertical buscan hurtar el control de base del proceso en lugar de centrarse en la liberación del trabajo y el bienestar, así se frustran las oportunidades que abren a la difusión del conocimiento y a la extensión horizontal de la capacidad de tomar decisiones, hacia las personas que ejercen las actividades económicas. Además, tras la crisis de 2008, es evidente la utilización de la tecnología de la información para eludir tanto la vigilancia democrática del poder político como la del desarrollo tecnológico.

Kalecki pensaba que los técnicos, en tanto que grupos capaces de corporativizar su posición en la estructura productiva, constituyeron la base de los regímenes herederos del estalinismo; dictaduras que defendían los privilegios de la tecno-estructura frente al campesinado y el resto de trabajadores; la historia ha resuelto el problema, sin despejar la hipótesis sobre las posibilidades de viabilidad del socialismo que realmente existió[iii]. 1989 dio paso al capitalismo sin freno, alternativa que formó un sistema de estados, que pronto demostró ser inviable en sus propias fronteras; la Unión Europea parecía ofrecer una esperanza democrática de bienestar, frente a la excepción hecha de unos pocos macro-estados, liberal y no solidaria en EE.UU., o autoritarismo protector en China. Davos y sus corolarios conflictivos indica que ni tan siquiera éstos últimos garantizan la viabilidad del sistema mundial de poder, con el peligro añadido de que las viejas inercias geoestratégicas provoquen un conflicto bélico, el cual sabemos que no puede tener vencedor. Paradójicamente, éste hecho no frena a los gobiernos de esos estados, ni los lleva a cooperar por la gobernanza global. Mi opinión, por lo tanto, es que el reto principal está en la cuestión geográfico-territorial, para lo cual no existe otro modelo que la libre asociación representada por la UE, con sus valores, a la vez liberales y socialdemócratas, pero hoy también en crisis profunda. Tal vez sea hora de pensar en una vía europea autónoma.

La crisis del proyecto europeo afecta a las preguntas críticas que se hacen los ciudadanos: ¿Como pueden funcionar los mecanismos reguladores de la economía en un mundo globalizado? Unos mecanismos que son nacionales, al tiempo que cada día se hacen más autónomos de cualquier dispositivo de control porque los sistemas estatales en los que operan son tan abiertos que no permiten la modulación de la presión regulatoria. La ONU ya predecía en 1957 que las políticas keynesianas en un país podían tener más impacto en los demás estados, si ese país, soporta una parte importante de su acumulación en el superávit comercial con el extranjero. [iv]. Esa situación de interdependencia y acoplamiento entre diferentes economías es ya común a la mayoría de los países del mundo, incluido Estados Unidos. Los efectos de las erróneas políticas del gobierno actual estadounidense lo demuestran. El mundo puede entrar en recesión si no se produce una rectificación de las represalias comerciales y cibernéticas actuales entre grandes estados; incluso la consecuencia de la lucha por la hegemonía tecnológica puede resultar catastrófica.

Cuando añadimos la crisis medioambiental al boicot del multilateralismo tecnológico, el escenario que componen con el agotamiento de recursos estratégicos y el calentamiento global, se convierten en un peligro para la supervivencia como especie; no hablamos de alternativas al capitalismo, como el socialismo, presentado tradicionalmente como una opción. El tipo de riesgos del que hablamos conduce a otra pregunta radical: ¿Qué significan el capitalismo o el socialismo en la era de la economía distribuida, cuando ésta no encuentra el camino para serlo? Para distribuir, descentralizar y hacer descender el poder económico al propio proceso productivo, se necesitan regulaciones democráticamente aceptadas; y el principal obstáculo a la regulación que existe: la alta centralización de los medios de producción de propiedad privada. Causus belli inevitable, en un mundo donde el gendarme principal es, al mismo tiempo, el sumo guardián de los valores asociados a una idea estadounidense de propiedad privada[v], y sede de las principales corporaciones. La auto-regulación de los monopolios es la doctrina oficial de las instituciones que han impulsado para el gobierno global (FMI, OCDE, Banco Mundial.., etc.). No es de extrañar, por lo tanto, que los políticos en activo no puedan imaginar una práctica asociada a la palabra socialismo. No tiene sentido en el ámbito nacional y necesita de un ámbito estatal para aplicarse. Este último, hasta hoy, ha estado ligado al concepto de nación. La cuestión geográfico-territorial nos coloca ante un círculo vicioso, que corrompe la política.

Por lo tanto, ¿En cual ámbito han de ser pensadas las estrategias sociales y democráticas para el siglo XXI?… ¿Qué respuesta política se da a la cuestión del Estado nación? ¿Que ente se plantea como sustituto de aquel? ¿Qué dimensión tendría? Porque claro, el problema inmediato de toda política trasformadora es el control de las elites políticas y tecnológicas, cuyo marco regulador hasta ahora era el Estado-nación democrático, hoy en proceso de extinción por inanición. Necesitamos saber hacia donde nos dirigimos pasado mañana, no solo en lo que soñamos al final del camino. Una cuestión que está en el orden del día; porque las grandes corporaciones van atando sus propias respuestas, a través de sus lobbyes. Tejen los acuerdos en las redes de influencia con gobiernos, ministros, grandes financieros, académicos leales y otras figuras, y los publicitan en reuniones y convenciones internacionales como Davos. Incluso en la Unión Europea, escenario más plausible de la democracia en el medio plazo, la política la dictan los lobbyes, presentes tanto en Bruselas como en Estrasburgo. En ese escenario, los representantes populares, incluidos los sindicatos de clase, asociaciones, mutualidades cooperativas y ONG,s, continúan ensimismados sin saber que territorio pisan. La política europea la marca la herencia del nacionalismo liberal, y asistimos al conciliábulo del consenso entre Gobierno, empresarios y banqueros, sea aquel del color que sea, cuando de la misma se trata; incluso se eligen los comisarios para Bruselas por el color de la bandera, y no por sus propuestas políticas.

La política tiene que dar respuesta a los problemas del ciudadano, respuestas viables y en el marco de actuación de la política de hoy, un marco que en cuestión de bases de actuación se cocina en Bruselas. Pero la política hacia la UE se traza desde partidos nacionales; los cuales solo se legitiman en sus estados de residencia; un problema muy complicado que obliga a respetar y mejorar lo único que tenemos, los procedimientos democráticos e intentar que las instituciones que se crean para la UE contengan una réplica de esas mismas reglas. Pero también exige ser muy humildes, dar la bienvenida a cualquier contribución que se ajuste a los objetivos marcados por los problemas de la mayoría de los ciudadanos y a las aspiraciones y garantías democráticas marcadas por la Constitución, incluso cuando queramos cambiarla. Reconocer que no sabemos donde se podría ir en 10 años, que no disponemos de una ruta trazada para llegar a nuestras fantasías, las cuales sin estrategias constituyen un “ábrete sésamo” sin sentido. Por el momento, solo sumando propuestas, sometiéndolas a crítica, con las herramientas técnicas que disponemos, y a la prueba de la práctica y los consensos inevitables, podremos avanzar y reconstruir la idea del socialismo o de lo que sea que nos aproxime a donde querríamos llegar.

[i] Joan Robinson (1962; pp. 27-31) Ensayos sobre la Teoría del Crecimiento Económico, FCE.

[ii] Publicación de Evolucionary Economics, de Nelson y Winter, y de múltiples trabajos sobre las capacidades de las organizaciones, ver Foss, N.J. (1997) (ed.) Resources, Firms and Strategies ( A reader…) Oxford U.P.

[iii] Feiwell, G.R. (1981; pp. 24 y 500-54) Michael Kalecki: Contribuciones…… FCE.

[iv] Kalecki dirigía en aquellos años los estudios de desarrollo de Naciones Unidas. Hay que decir, a favor de Keynes, que el propio maestro ya preveía esa posibilidad en su “Teoría General”.

[v] P.R. Krugman, El ataque de los centristas fanáticos, El País, 3-2-2019

About Jose Candela

José Candela Ochotorena, Doctor en Economía y en Historia Contemporánea, es miembro de Economistas Frente a la Crisis.

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