En un libro publicado en 2012 (¿Por qué fracasan los países?, Deusto, 2012), Daron Acemoglu y James Robinson utilizaban la historia económica para aportar una reflexión particular sobre el origen de la decadencia de las naciones. Se trataba de la cara “b”, digámoslo así, de la teoría de Adam Smith sobre la génesis de la riqueza de las naciones y sus causas. Los dos grandes libros del considerado como fundador de la economía moderna (La riqueza de las naciones, y la Teoría de los sentimientos morales) se han leído casi siempre de forma epidérmica, con énfasis acusados en sendos temas: la mano invisible –que, sin embargo, solo aparece una sola vez en los textos de Smith–, la división del trabajo –con la potente noción de especialización productiva–, la necesaria apertura comercial –rehuyendo del viejo mercantilismo, y con el enorme complemento de las aportaciones posteriores de David Ricardo– y la intervención pública en economía –a la que el escocés no era reacio en absoluto–. Pero no siempre se ha invocado la perspectiva de Smith sobre la justicia y la distribución económica, una cuestión determinante sin la que todo el edificio económico se acaba derruyendo.
Las investigaciones histórico-económicas de Acemoglu tratan de reconocer elementos concretos que expliquen la decadencia de unas naciones que, en muchos aspectos, podían tener características mejores que las conocidas para Inglaterra, donde se fraguó la revolución industrial. Acemoglu y Robinson contrastan otros factores explicativos que se enfrentan a la grandes teorías sobre los orígenes del crecimiento moderno. Sería demasiado prolijo exponerlo todo aquí. En una síntesis muy apretada y en absoluto completa, aquellas tesis preconizaban el crecimiento económico como un fenómeno abrupto, en línea con lo que expuso en su momento Walter Rostow en sus conocidas etapas del crecimiento (Rostow venía a decir que para industrializarse se debe seguir la pauta inglesa en diferentes fases, hasta llegar al take-off deslumbrante); o Alexander Gerschenkron, que centraba su modelo histórico-económico en la importancia de disponer recursos naturales, bancos poderosos y sectores tractores que arrastren en positivo todo el entramado económico.
Por su parte, Acemoglu y Robinson nos explican que la existencia de instituciones inclusivas es una importante baza explicativa de las disparidades en el crecimiento económico. Ahí, señalan, está el meollo de la cuestión: instituciones que se respeten y que velen por el cumplimiento de reglas, contrabalanceando al poder político establecido y, por tanto, en contra de la corrupción y de la apropiación en beneficio propio de los resortes del Estado. Las aportaciones de estos economistas son destacables en estos momentos, con la guerra en Oriente y la actitud de Israel y Estados Unidos, por un motivo básico: porque esas instituciones, que podían ser inclusivas, ahora están dejando de serlo. Y esto por la irrupción en el mundo de una manera de hacer política que va en contra de las reglas elementales de una normativa de convivencia. El poder del más fuerte es lo que se entroniza, y las instituciones que ese poder maneja se tornan en exclusivas, es decir, en excluyentes de cualquier tendencia de colaboración. La vulneración del derecho internacional constituye un ejemplo ilustrativo, un hecho que se ha visto en las acciones militares en Gaza, Venezuela e Irán.
Fijémonos que entidades como Naciones Unidas, Cámara de Representantes en Estados Unidos, incluso tribunales, todas ellas son solapadas cuando no despreciadas por la administración actual estadounidense, sin que esto genere respuestas más contundentes de carácter institucional, al margen de las protestas ciudadanas. Incluso se trata de generar instituciones paralelas –la denominada Junta de Paz, por ejemplo, creada en enero de 2026 por Trump– que sustituyan a las ya consagradas y homologadas por la gran mayoría de naciones del mundo, y que se plieguen a los deseos de su promotor. Sin reglas ni instituciones inclusivas que escruten su cumplimiento, la convivencia es imposible. Asistimos, por el contrario, a escenas que parecían impensables hace poco más de un año: invasiones, secuestros, expulsiones, arrestos, fallos judiciales, guerras, procesos en los que las instituciones cooperativas o encargadas de vigilar el cumplimiento de las normas, están ausentes o son directamente superadas por hechos consumados.
Las apariencias de un sistema democrático son cada vez más tenues, más frágiles. La vorágine en la que se ha entrado obedece tanto a la catadura moral de Trump y de quienes le rodean, como a las contradicciones internas en Estados Unidos que están provocando medidas como los aranceles, la expulsión de inmigrantes, la creación de otros entramados institucionales –como el ICE– que nada tienen que ver con la visión “inclusivista” de Acemoglu y Robinson. La duración de la guerra en Oriente, planeada por Israel y seguida por Estados Unidos, será lo que condicione buena parte de la evolución de la economía mundial. Por el momento, los signos que van apareciendo son preocupantes: aumento del precio de la energía –el petróleo puede rebasar los cien dólares el barril–, tensiones inflacionistas, reducción de las contrataciones laborales, contracciones comerciales y, sobre todo, una mayor inseguridad e incertidumbre que se suma a la que ya se tenía. Y era así por lo acontecido en Ucrania, en Gaza, y en otros focos –Somalia, por ejemplo– silenciados por las guerras que afectan más directamente a las economías occidentales. El ataque a Irán –un régimen execrable– alimenta los desequilibrios. Todo esto sucede con la parálisis de instituciones otrora inclusivas que, ahora, se encuentran paralizadas, amordazadas, ausentes, irrespetuosamente tratadas.
Las conclusiones de Acemoglu y Robinson, a partir de la revisión de multitud de casos de historia económica apuntan, al margen de los debates en la ciencia económica sobre los orígenes y las decadencias de las naciones, una vía clave: la importancia cultural, política y económica de que esas instituciones –ONU, Tribunal Supremo en Estados Unidos, Unión Europea, Organización Mundial del Comercio, entidades de todo tipo del mundo sanitario y cooperativo, etc.– sean respetadas o alcen claramente su voz. Y lo hagan ante el excluyente, el autoritario, el autócrata, el que está llevando, junto a la estupidez de sus acólitos, a un precipicio en cuyo borde se nos pide –se nos exige– que avancemos.

