¿Cuánto tiene que crecer la economía española para crear empleo?

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José Ignacio Pérez Infante*, Economista. Miembro de la Asociación Española de Economía del Trabajo y de Economistas Frente a la Crisis.

 

El umbral de creación de empleo (U.C.E.) se puede definir como el crecimiento del PIB real o en volumen (una vez deflactado por la inflación) necesario para que la economía comience a crear empleo neto y coincide con el aumento de la productividad por ocupado que se calcula con las estimaciones de la Contabilidad Nacional (PIB real/empleo equivalente a tiempo completo). De forma, que si el PIB aumenta menos que el citado umbral, o sea, que la productividad por ocupado, el empleo disminuirá por lo que para que este aumente el PIB tiene que crecer más que el umbral.

En el segundo trimestre de 2015 el incremento interanual de la productividad, en relación con el mismo trimestre de un año antes, fue el 0,2%, con lo que solo con un aumento del PIB de ese porcentaje se crearía empleo neto. Como el PIB creció en ese trimestre el 3,1%, el incremento del empleo equivalente a tiempo completo (que tiene en cuenta la jornada media trabajada por el conjunto de los ocupados) ha ascendido en ese período al 2,9%. Ese crecimiento de la productividad por ocupado, el umbral de creación del empleo, ha sido desde inicios de 2014 (0,2% en el conjunto de 2014 y 0,1% en el primer semestre de 2015) muy inferior al de los años anteriores (2% en 2011, 2,5% en 2012 y 2,1% en 2013), con lo que en el último año y medio ha bastado con un avance del PIB muy inferior, más de la décima parte menos, que en los períodos precedentes para que la economía española genere empleo neto.

En ello se ha apoyado el gobierno para insistir hasta la saciedad en la defensa del éxito de la reforma laboral aprobada en 2912. La base de la constatación de ese éxito estaría en que esa reforma laboral al favorecer la flexibilidad interna de las empresas, mediante las mayores posibilidades de modificación de las condiciones de trabajo, y la devaluación salarial (que llaman devaluación interna) limita la extinción de los contratos y el despido de los trabajadores a la vez que facilita la creación de nuevo empleo. Pero esta defensa de la reforma laboral encubre, al menos parcialmente, la realidad y merece alguna discusión.

Lo primero que conviene tener en cuenta es que la evolución a medio y largo plazo de la productividad por ocupado es claramente anticíclica, al aumentar mucho menos en las fases de recuperación y expansión económica que en las de crisis y recesión económica: el aumento medio del período expansivo 2001-2007 fue el 0,4%, llegando en 2005 a ser solo del 0,1%, para ascender a más del doble, el 0,9%, en el primer año de crisis, 2008, elevarse en el resto del período de crisis, en su mayor parte de recesión, 2009-2013, hasta el 2,4%, y retroceder hasta situarse en el 0,2% en el último año y medio de recuperación económica.

Es decir, que parece que el descenso del umbral de creación del empleo más que reflejar un cambio estructural de la economía y el mercado de trabajo español derivado de la reforma laboral de 2012 ratifica el comportamiento de la productividad por ocupado que desde el inicio de la década de los ochenta del pasado siglo es notablemente anticíclico. Y cuyo crecimiento en las fases de recuperación es muy inferior al de las fases de crisis y recesión económica. Y ese comportamiento anticíclico de la productividad es consecuente con que el empleo en España es muy fluctuante, motablemente más que en otros países desarrollados y, en concreto, que en los del resto de la zona del euro, al aumentar mucho, más que proporcionalmente que el PIB, en las expansiones y disminuir también mucho, proporcionalmente más que el el PIB, en las crisis y recesiones, lo que se traduce en un valor de la elasticidad empleo-producción (incremento relativo de la población ocupada/incremento relativo del PIB) muy elevada, muy superior a la unidad, 2,5 en el período 2001-2014, muy por encima que la de la media de la zona del euro, 0,5 en el mismo período.

Y ello es así porque los ajustes de la mayoría de las empresas a los cambios de la situación económica son, principalmente, vía modificaciones del nivel de empleo, y no por otros procedimientos, como, por ejemplo, la modificación de la jornada laboral en Alemania. La explicación de este tipo de ajustes de las empresas españolas puede ser doble. Por un lado, por el modelo productivo predominante de la economía española, caracterizado por la importancia relativa, mayor que en otros países de nuestro entorno, de la actividad económica y el empleo de la construcción y de las ramas relacionadas con el turismo, muy estacionales y de carácter temporal, en la naturaleza inestable de muchos puestos de trabajo en la mayoría de los sectores económicos y el elevado peso relativo, también muy generalizado, del empleo de baja cualificaciön y de escasa productividad, mucho más fácilmente de contratar y de extinguir que el de mayor cualificación y productividad. Por otro lado, por la mayor facilidad en España que en otros países para la contratación temporal (el segundo país, tras Polonia, de la UE en tasa de temporalidad), más que por una regulación legal más flexible que en otros países por la falta casi absoluta de control de esa forma de contratación que favorece su utilización irregular, abusiva e, incluso, fraudulenta en muchos casos en los que la contratación debiera haber sido indefinida.

Y es que, además, si hubiera tenido tanto éxito la reforma laboral de 2012 por la mayor flexibilidad interna y salarial las empresas no habrían extinguido tantos contratos y despedido a tanto trabajadores a partir de 2012 (la reforma se aprobó en febrero de ese año) y se habrían mantenido o “atesorado” a muchos trabajadores que, en cambio, acabaron en el paro, utilizándolos por las empresas menos intensamente o reduciendo su jornada laboral, con lo cual el crecimiento de la productividad que fue muy alto en 2012, el 2,5%, y en el primer semestre de 2013, cuando todavía se encontraba la economía española en situación de recesión, y que ascendió al 2,3%, habría tenido que crecer mucho menos. Mientras que, en cambio, durante la recuperación económica se habrìa intensificado la utilización de esa mano de obra o aumentado su jornada laboral, haciendo menos necesaria la contratación que lo que ha sido, con lo que la productividad, que ha crecido el 0,2% en 2014 y el 0,1% en el primer semestre de 2015, tendría que haber aumentado mucho más que lo que lo hizo realmente.

Y es que la reforma laboral de 2012 no ha supuesto ningún cambio del modelo productivo de la economía española ni ha superado la casi absoluta falta de control de la contratación temporal. A parte de que hay que tener en cuenta que la reforma laboral de 2012, además de facilitar la modificación de las condiciones de trabajo, que llega al extremo de permitir esas modificaciones por decisiones unilaterales de los empresarios cuando no estén acordadas en convenio colectivo, y la devaluación salarial, también ha facilitado y abaratado considerablemente el despido. Todo ello en una fase tan depresiva de la economía española como la de 2012 y el primer semestre de 2013 ha servido más para intensificar la destrucción del empleo y ajuste del tamaño de las plantillas que para mantener a los trabajadores en las empresas, como en contra de toda evidencia mantiene el gobierno, a lo que también ha contribuido, sin duda, el efecto negativo sobre la demanda interna de la política de austeridad y de reducción salarial.

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*Este artículo se publicó originalmente en la revista Argumentos Socialistas num. 13 de noviembre y se publica aquí con la autorización del autor.

3 Comments

  1. Es posible que ustedes lideren un estudio de las horas-hombre necesarias por cada Kwh de fotovoltaica a instalar en viviendas unifamiliares y establecer el potencial de empleo que implica

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