Recetas contra la desigualdad

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Luis Molina Temboury es economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis

La desigualdad es un grave problema que trasciende las fronteras nacionales y exigirá soluciones globales.

En un artículo anterior explicaba que no hay país de la Unión Europea que escape a la desigualdad extrema. Ni siquiera entre los nórdicos, cuya distribución de rentas es mejor (más justa o equilibrada) que el promedio comunitario, pero que mantienen una pésima distribución del patrimonio.

Continuando con aquella reflexión, de menos a más, en el caso de España es previsible que a corto y medio plazo la agudización de las desigualdades de renta impulse una mayor desigualdad patrimonial. La riqueza se concentrará todavía más en la cúspide y mermará por la base engrosando la población de ciudadanos sin recursos patrimoniales, dependientes totales, por tanto, de algún flujo de rentas, sea de un trabajo, del Estado o de la caridad. Y estarán en situación más inestable y precaria debido a los recortes en los derechos sociales. Las 350.000 familias desahuciadas de sus hogares desde el comienzo de la crisis corroboran ese proceso de vaciamiento patrimonial de los que menos tienen; y la reforma laboral viene a ser el paradigma de un nuevo marco de relaciones laborales que incluye trabajar y seguir siendo pobre.

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Tras el papel estelar de la solidaridad organizada, lo que está salvando la situación en España (como en Grecia, que registra una distribución de patrimonio muy parecida) es el hecho de que amplias capas de la población vienen compartiendo su modesto patrimonio familiar para paliar las consecuencias de las políticas de austeridad. Una solución de emergencia, porque comerse el patrimonio por carecer de rentas, es pan para hoy y hambre para mañana.

Las desigualdades patrimoniales pueden mantenerse sin enfrentamiento social si son compensadas con una distribución razonable de rentas y un sólido estado del bienestar, o lo que es lo mismo, si el poder económico de los grandes patrimonios es contrapesado por un poder popular exigente del derecho a la igualdad de oportunidades. Los países nórdicos funcionan así, aunque nada garantiza que vaya a seguir siendo así contando con el auge de un populismo neoliberal que dispone de poderosos medios de propaganda y persuasión para justificar la desigualdad y ahondar en ella. La ideología de la ambición individualista y el sálvese usted mismo que Bruselas, Berlín y Frankfurt imponen de forma implacable a los países del sur amenaza también al modelo de bienestar de las democracias nórdicas. Este enlace de prensa explica bien por dónde van los tiros.

Pero en aras de la acumulación del capital nos hemos internado en una era de acumulación patrimonial digna de tiempos feudales, lo que es un grave contratiempo.

Por resumir el proceso en el que estamos, la Unión Europea, como el resto del mundo, funciona bajo un sistema económico de capitalismo patrimonial. En el capitalismo es imprescindible acumular capital. Sólo así es posible la fabricación en serie y el aumento de la productividad, o que amplias capas de la población puedan acceder a las futuristas prestaciones de un teléfono inteligente. La acumulación de capital es básica para la industrialización y el desarrollo. Como vienen demostrando los países emergentes, propicia espectaculares aumentos de productividad, lo que significa más riqueza a repartir. Pero en aras de la acumulación del capital nos hemos internado en una era de acumulación patrimonial digna de tiempos feudales, lo que es un grave contratiempo.

La desigualdad patrimonial extrema conduce a una antidemocrática concentración del poder económico y nos sitúa a merced de decisiones individualistas que persiguen el enriquecimiento personal por encima del medio ambiente o el bienestar general. Paradójicamente, si la concentración de capital es del todo necesaria para el funcionamiento del sistema económico capitalista, la de los patrimonios no lo es en absoluto. Tan sólo es la consecuencia de que el poder económico se alimenta de su propio poder. Cuanto más patrimonio se tiene más fácil resulta acumular patrimonio y, por tanto, más poder.

Planteado el capitalismo patrimonialista como un problema que supera a la UE habría que ofrecer alguna solución, y sorprendentemente las hay muy sencillas. En el plano teórico, claro está. Otra cosa es ponerlas en práctica bajo un sistema global que señorean los grandes patrimonios como el cacique su cortijo. Por ejemplo, parece obvio que los gobiernos nacionales y los organismos multilaterales debieran proporcionar mejor información sobre el patrimonio.

El derecho a ocultar lo que se tiene, es una impostura. Alguno que adoraba el dinero en la intimidad se inventó tal derecho, y otros que secundaron su fe nos lo hicieron tragar. Lo que sí es un derecho es el de todos los ciudadanos a conocer la distribución de la riqueza común. Y no precisamente por chismorrear, sino por ser un requisito imprescindible para gestionar adecuadamente la economía en una sociedad democrática.

La desigualdad extrema no es una maldición inevitable o un mal menor de un sistema perfecto, sino un grave problema económico, político, ético y social.

Clarear la información sobre el patrimonio tendría un par de consecuencias interesantes. Primero, erradicar de un tirón los paraísos fiscales. Sin secretos, la evasión fiscal, la corrupción o el blanqueo son mal negocio. Y en segundo lugar, expondría de forma oficial por qué hace aguas el sistema y dónde actuar para evitar su previsible hundimiento. Porque vista la distribución del patrimonio es evidente el sinsentido de que una opulenta minoría siga succionando los escasos recursos de la inmensa mayoría, esto que practican los ideólogos de la austeridad desde las instituciones de la Unión Europea ignorando la desigualdad como si no existiera.

La desigualdad extrema no es una maldición inevitable o un mal menor de un sistema perfecto, sino un grave problema económico, político, ético y social. Muchos de los dirigentes americanos venidos de experimentos neoliberales, y también el Papa, lo reconocen. Para nuestra desgracia, los oscuros tecnócratas que ahora comandan la UE no terminan de verlo. No saben de empatía con los de abajo.

Distribución del patrimonio

Conocida la información sobre el patrimonio, otra alternativa sensata al problema de la desigualdad sería, como defiende Christian Felber en el punto 8 de su propuesta por una Economía del Bien Común, imponer un límite generalizado a lo que se pueda poseer. Diez millones de euros, por ejemplo. El respeto a una ambición patrimonial ilimitada, a ese imaginario derecho a acaparar riqueza sin fin, tiene un coste ecológico y social inasumible. Limitar el patrimonio tendría un efecto estabilizador.

Nótese que la propuesta de Felber no limita el capital, lo que supondría renunciar a las economías de escala de grandes proyectos de inversión, sino el patrimonio. Felber también propone limitar las rentas salariales y los derechos sucesorios, pero lo que marca la diferencia, lo que supondría un salto de gigante hacia una economía global más humana y democrática es la limitación de los patrimonios. Con ella, los proyectos de mayor capital necesitarían un mayor consenso social, más personas colaborando con una porción de su patrimonio, con lo que los intereses colectivos estarían mejor representados. Lo de ahora, que un puñado de individuos con inmensos patrimonios pueda controlar o monopolizar sectores enteros con el único fin de seguir acumulando poder económico personal, es descabellado.

La propuesta de Felber implica que hay que consensuar el límite más conveniente para optimizar la transferencia de poder entre la minoría de más arriba y la inmensa mayoría de los desposeídos que buscan su oportunidad.

Sostener y fomentar la ambición sin límite no sale gratis. Es entregar la llave de la economía, el poder económico, a los más insaciables ambiciosos, que no buscarán un bien colectivo ni serán precisamente los mejores, como nos quiere presentar la ideología neoliberal. Porque no estamos hablando de una ambición altruista, cultural o espiritual, sino cutremente material y patológica: tener más para tener más. Esto no significa, por si alguien lo entiende mal, que haya que poner a los grandes ricos en el punto de mira. Si es legal enriquecerse sin fin no hay nada que reprocharles. Pero en democracia las leyes se pueden cambiar, guste o no guste a la minoría de arriba. Y a nadie viene mal aceptar que la vida no es, o no debe ser, una ansiosa competición por poseer más que nadie.

La primera derivada a resolver en la ecuación de Felber sería reconocer que un sistema que antepone la ambición infinita de unos cuantos al bienestar de la mayoría es, como parece, absurdo y previsiblemente letal. La segunda, consensuar el límite más conveniente para optimizar la transferencia de poder entre la minoría de más arriba y la inmensa mayoría de los desposeídos que buscan su oportunidad. Diez millones de euros, o un millón, o cien millones… Y la tercera, cómo hacer que se cumpla ese límite en una economía globalizada. El proceso no es tarea fácil, pero todo es empezar. Y disponemos de un potente medio de comunicación, Internet, con el que es posible sentar las bases de una democracia global. Somos libres, todavía al menos, para decidir entre todos qué sistema económico queremos.

Para salir de la crisis sistémica de la desigualdad extrema, que continúa agudizándose, habrá que buscar medidas globales de consenso fáciles de entender y de poner en práctica. La propuesta de Felber, fomentar el bien común, es de sentido común. Y está muy bien cimentada sobre esa limitación de las posesiones que él propone. Por encima de querer tenerlo todo está el límite de que la mayoría no tenga nada, porque pobreza y riqueza son las dos caras de una misma moneda: la desigualdad.

Imaginar un mundo en el que nadie tenga demasiado poder económico personal es un ejercicio interesante. Viene bien para interpretar lo que hay detrás de muchos de los terribles sucesos que asolan el mundo cada día. Porque la desigualdad extrema es el hábitat, el medio, el telón de fondo del capitalismo patrimonialista, con su cambio climático, sus guerras por los recursos, su corrupción, sus desplazados y sus hambrientos desesperados.

La propuesta de Felber resultará naif a algunos, pero otros estamos empachados de esa manía neoliberal de complejizar lo simple para disimular lo obvio. No hacen falta modelos matemáticos, farragosas disquisiciones o ser economista para darse cuenta del terrible sufrimiento planetario que provoca la desigualdad extrema. Claro que, debatir una solución a la desigualdad, sencilla o compleja, con quien no acepta que sea un problema, es perder el tiempo.

En la carrera mundial de la ambición infinita, cuyas consecuencias padecemos todos, participemos o no en tan ridícula competición, parecería sensato establecer una línea de llegada que sirviera de referencia y consuelo a los más codiciosos. Al fin y al cabo los niños aprenden desde bien temprano que para evitar hacerse daño a uno mismo o a los demás conviene respetar ciertos límites.

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Asociación de Economistas Frente a la Crisis

4 Comments

  1. Mariano el agosto 13, 2015 a las 12:54 pm

    Aun participando del espíritu del artículo, y alguna de sus conclusiones, no comprendo la razón de situar la desigualdad patrimonial (relativa) como epicentro del «problema» en lugar de la pobreza (medida en términos absolutos)
    La acumulación de patrimonio en unas manos significa que se detrae de otras? Esto podría ser así si el patrimonio total fuese una constante. Sin embargo el patrimonio se crea.
    Cuál es el problema con el patrimonio?: a)Tener poco en términos absolutos b) Tener poco en términos relativos c) los dos.
    El hombre de Altamira estaba totalmente despatrimonializado pero probablemente su nivel de felicidad no era inferior al actual.
    Cómo poner límites al patrimonio? Un terreno valdio se convierte en potencial asentamiento de una central termosolar de 50 MW. Ese terreno baldío pasa a valer 100 M€. Supuesto que nos hemos pasado del límite impuesto al patrimonio, habría que sacar 100 M€ en efectivo de alguna parte para reintegrarlos a alguna institución? Sería “justo” (no quiero decir “legal”) y factible?
    Un problema de fondo que veo en la valoración del patrimonio es que éste se mide con dinero (podría utilizarse otra medida). Y con frecuencia, aunque el patrimonio permanezca (e.g. casas, tierras, obras de arte…) lo que cambia es su valoración en dinero. Esto tendría sentido, si acaso, en el momento de una venta. Cambia la vara de medir, NO el patrimonio, que sigue siendo el mismo físicamente.
    Otro aspecto:
    Una empresa puede estar valorada a “cero” (contablemente o por el mercado) pero seguir funcionando, produciendo bienes y reportando rentas a los trabajadores. El hipotético dueño de esa empresa (y solo de esa empresa) no tendría «patrimonio», pero eso no significa que fuese un paria. Podría disponer de una renta derivada de su empleo en la empresa y generaría utilidades a terceros.

  2. Luis Molina el agosto 13, 2015 a las 9:16 pm

    Muchas gracias por tus interesantes reflexiones, Mariano. Voy por párrafos.
    Una de las conclusiones del artículo es que no merece la pena discutir soluciones a la desigualad con quien no ve que sea un problema, así que mi tarea principal será intentar convencerte de que sí lo es.
    Creo que la desigualdad patrimonial es, efectivamente, el epicentro del problema económico, se mida como se mida. Hay riqueza de sobra para vivir todos muy bien, pero falla el reparto. La pobreza nace de la desigualdad porque riqueza y pobreza son las dos caras de esa única moneda que es la desigualdad. La pobreza es la consecuencia de un desequilibrado reparto de la riqueza. Dicho con un ejemplo, y copiándome de mi comentario a otro artículo, en un planeta en el que todos fuesen igual de pobres no habría ricos, pero ¡tampoco habría pobres! En ese planeta podrían definir la pobreza absoluta como que “comemos poco y nos gustaría hacerlo más”, o que “nos gustaría vivir más años con menos enfermedades”, etc. Pero hasta que un acomodado extraterrestre les visitase ni siquiera se habrían planteado qué es eso de la pobreza. Siempre se es rico o pobre en relación a otros. Es por eso que para tratar la pobreza es imprescindible analizar la igualdad o desigualdad del reparto. Ya he comentado también, sobre otro artículo, que no debiéramos olvidarnos nunca de lo que estén haciendo los ricos porque al serlo tienen un gran poder que les permite actuar en favor de sus intereses particulares, y éstos pueden ser contrarios a los de la sociedad. Hay que ocuparse de los de abajo, pero hay que enterarse, y ocuparse también, de lo que hacen los de arriba, no sea que los mercados acaben siendo oligopolios y la democracia dictadura. Por otro lado, comparar la desigualdad en términos relativos es útil. Y cuando se quiere hacer entre países es casi imprescindible. Esto no quiere decir que haya que ignorar los datos absolutos, ya lo comento en los artículos, sino que los datos relativos son más acertados o representativos para este tipo de análisis. Como también lo es utilizar deciles y centiles en vez del confuso coeficiente de Gini.
    Más o menos sí pienso que la acumulación de patrimonio en unas manos significa que se detrae de otras, aunque no insistiré en ello porque situaría, de manera innecesaria, en una posición incómoda al lector acomodado (me he hecho un poco de lío). En la distribución de una tarta, lo que unos coman de más, otros lo comerán de menos. Y si la tarta puede crecer o menguar, sólo habrá que precisar de qué momento de la tarta estamos hablando. Según lo que nos dice la distribución de la tarta, hay pocos que tienen mucho y muchos que tienen poco. Esto es lo que (me) interesa resaltar. Con los comentarios anteriores verás que es, o podría serlo en el futuro, aunque ahora no lo sea, un verdadero problema poseer poco patrimonio, ya sea en términos absolutos o relativos.
    Aunque no tengo pruebas ni sé gran cosa de antropología del hombre de las cavernas, no me cuadra que estuviese totalmente “despatrimonializado”. Parece que echaban mano de símbolos a modo de tótem, y puedo imaginar, sin ningún fundamento preciso, que alguno de ellos estuviese dispuesto a morir por conservarlo. El sentimiento de posesión, del cuerpo mismo, es algo que nos distingue como especie. Sobre la felicidad de aquellos tiempos no tengo la menor idea, aunque me apasionan las novelas de Jean M. Auel, donde entre grandes porciones de sufrimiento tenían momentos maravillosos. Como debiera ser la vida para todos. ¿Te has planteado qué porción de la infelicidad actual es consecuencia de la desigualdad extrema? Yo pienso que es bastante grande.
    Poner un límite al patrimonio sería tan fácil como cualquier otra operación fiscal. El problema actual es que, por obra y gracia de los paraísos fiscales, no podemos cuantificarlo, lo que ya comento que me parece una vergüenza y que sería urgente poder hacerlo. Sobre el terreno que se revaloriza me parece la confirmación de que si una tarta mengua o crece es importante hacer referencia al momento de medición.
    Lo de medir cualquier cosa con dinero es un vicio de economistas. No es más que un truco para poder comparar cosas que no son homogéneas, o de medir de forma “objetiva” cosas que son subjetivas. Es verdad que somos pesados con esto, pero es una forma de ahorrar tiempo y dedicarlo a otras tareas, como dormir la siesta (me permito esta última broma porque nos conocemos).
    Respecto al empresario sin patrimonio, desde luego que no sería un paria. Podría mantener prestigio e influencia económica (poder) con un patrimonio que fuese nulo o incluso negativo. El caso es también un problema derivado de las dificultades de medición. Para medir la desigualdad lo más representativo es observar la distribución del patrimonio, pero no se debe ignorar en absoluto otras mediciones, como la de las rentas o el capital. Fíjate que los países nórdicos tienen peor distribución del patrimonio que los países del sur, pero parecen disfrutar de un mayor bienestar (ya estamos otra vez con el problema de las mediciones). Este asunto salió también en un anterior intercambio de comentarios, que te cortopego para que no tengas que buscarlo: “Un mejor reparto de rentas proporciona mayor bienestar a la mayoría de abajo. Y un mejor reparto de patrimonio, más capacidad de resistencia ante posibles recortes sociales. Dudo que los nórdicos aguantaran nuestro nivel de paro sumado a políticas de austeridad en tiempos de crisis. Allí, esa ocurrencia de bajar los impuestos progresivos, porque el dinero está mejor en los bolsillos de la gente, suele cabrear. Un buen ejemplo de esa diferencia de enfoque es la solución a la crisis financiera en Islandia, tan alejada del dictat de Bruselas. Pero el pacto social de los nórdicos es un pacto de rentas. Su reparto de poder económico (patrimonio) no es nada ejemplar.”
    Finalmente, pido perdón por la extensión de este comentario en el intento de convencerte de que la desigualdad sí es un problema. Como digo en el artículo, a mí me parece un grave problema ético, político, social y económico. Pero si no lo ves, no pasa nada. Hay muchos economistas que tampoco piensan que lo sea. A mí me consuela pensar que muchos no economistas piensan que sí lo es. Cuestión de opiniones.

  3. Ecora el agosto 14, 2015 a las 10:35 pm

    Mariano, centrarnos sólo en la pobreza es centrarnos sólo en la consecuencia, olvidando la causa de la misma, que no es la falta de crecimiento. Hace mucho tiempo que ya se produce mucho más de lo necesario para que nadie carezca de lo básico sin necesidad de crecer más. ¿Por qué no llega a todos? Más aún, condicionar la suficiencia de todos a un mayor crecimiento nos lleva a producir infinidad de lujos más allá de lo sostenible. ¿No es sospechoso que aun así nunca se acabe con la pobreza?
    Un par de artículos:
    La concentración de la riqueza en el origen de la pobreza: http://nomasdeunmillon.org/2014/05/09/la-concentracion-de-la-riqueza-en-el-origen-de-la-pobreza/
    Sobre la supuesta pobreza de nuestros ancestros, quizá sea útil esta reflexión. Ellos no sentían la pobreza porque disponían de bienes comunes en abundancia, esos mismos bienes que estamos destrozando a pasos agigantados:
    El gran mito de la escasez: http://dfc-economiahistoria.blogspot.com/2013/11/el-gran-mito-de-la-escasez.html
    En cuanto a los problemas con las variaciones del valor de los patrimonios, creo que sería una cuestión secundaria, que se podría consensuar, pongamos que con una banda de fluctuación preestablecida. En cualquier caso, aun cuando alguien saliera ganando con la fluctuación, ya habríamos dado el paso decisivo.

  4. Javier_Arias el agosto 17, 2015 a las 7:46 am

    Los que fijan como objetivo la «lucha contra la pobreza», olvidándose de la «lucha contra la desigualdad» parten de una concepción del mundo como un almacen ilimitado de bienes y recursos. Es un mito creado en el siglo XVIII que aún pervive en nuestros días en la mente de mucha gente debido a la incansable labor de los medios de propaganda. Pero el planeta no es un almacen ilimitado de bienes y recursos, sino un contenedor de recursos físicos y biológicos FINITOS. En ese contexto el no poner límites políticos a la acumulación está teniendo y tendrá consecuencias letales para la humanidad ya que nos arroja a todas/os a una lucha a muerte para conseguir unos mínimos vitales, una distopía completamente destructiva. De acuerdo con los compañeros Luis Molina y Ecora. Gracias por vuestro trabajo.

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