Una solución práctica al inmenso problema de la desigualdad

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Por Luis Molina Temboury, economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis EFC

Los síntomas del colapso del sistema global son ya demasiado evidentes. Se veía venir, porque la libertad de enriquecerse sin límite tiene como resultado predecible que personajes de ambición desproporcionada, pobre discernimiento y nula empatía, acaben por imponer su agenda sobre otras aspiraciones más razonables de los demás. En la cúspide del poder no hay lugar para esos buenos grandes ricos que quieren pagar impuestos, como tampoco lo habría para piadosos asesinos si hubiese libertad de asesinar.

Organizar una sociedad eficaz y sostenible requiere aplicar regulaciones sensatas. Y asumir que cualquiera pueda enriquecerse hasta el infinito tiene poca sensatez. Por ello los récords del disparate: en 2016, el 1% de la población mundial atesoraba más de la mitad de la riqueza global, y la mitad de la población mundial sumaba lo mismo que las ocho personas más ricas del mundo.

Los ocho magníficos son todos varones, como la gran mayoría de grandes ricos. Tener siempre más es cosa de machos. Sufrir las consecuencias de tal pretensión, pobreza, injusticia y violencia, es más de mujeres y niños. Eso indica la estadística, aunque igual es casualidad.

Los datos estadísticos sobre la desigualdad son escurridizos y misteriosos, pero una fuente extraoficial calcula que 2.024 personas en el mundo poseen propiedades por encima de los mil millones de dólares además de su primera vivienda. Se dice que esos dos mil son gente estupenda, que por algo son triunfadores, así que podemos dormir tranquilos. Con la economía en plena libertad las buenas intenciones de los triunfadores triunfarán. Además, los políticos sabrán evitar posibles abusos. Para eso están. Confiemos pues en Putin, Donald Trump, Abdulaziz, Erdogan, Babis, Kim Jong-un… todos ellos, por cierto, en la lista de los 2.024. Igual es también casualidad.

Quienes controlan la economía mundial son muy pocos, y desde luego no son el 1% del famoso eslogan. Habría que poner varios ceros tras el cero y el decimal. Según la citada fuente estadística, el 0,18% de la población mundial, unos trece millones y medio de personas, posee más de un millón de dólares de patrimonio sin contar su primera vivienda. Alrededor de medio millón de personas poseen más de diez millones de dólares. Unas ciento noventa mil personas tendrían más de 30 millones de dólares, cerca de veinticuatro mil más de 100 millones y esos 2.024 afortunados más de mil millones.

El 0,18% al completo, visto el panorama global, tiene motivos para celebrar su nivel de vida, pero son pocos, insisto, los que tienen poder de control sobre la economía. Y no me refiero ahora a esos multimillonarios que casualmente son dirigentes políticos o viceversa, sino exclusivamente al poder económico derivado del capital personal.

Con un millón de dólares además de la vivienda se vive muy bien, pero de controlar, poca cosa. Diez millones proporcionan alguna capacidad de influencia económica, sobre todo en países poco desarrollados. Tener más de treinta millones de dólares supone ya estar entre los ultrarricos (ultra high net worth individuals o UHNWIs, dicen los anglosajones), lo que permite intervenir con éxito en alguna parcela de poder económico, aunque sea pequeña.

Con cien millones de dólares quien no influye sobre la economía para aumentar su fortuna es porque no quiere. Muchos quieren y lo hacen. Para eso vienen bien los paraísos fiscales, las puertas giratorias, los centros de negocios y think tanks neoliberales, los mercados financieros, la especulación, el control de los medios de comunicación, de las empresas estratégicas y los gobiernos… o los sobornos y la corrupción, que chicos malos siempre puede haber.

Con más de mil millones ¡aleluya! puede uno contarse entre los amos del mundo, y ni qué decir si por casualidad se está en la política como presidente de una gran potencia. Así es.

Con tan brutal concentración de poder económico en tan pocas manos y sabiendo quiénes son y a qué se dedican, ¿a alguien le extraña que solventar cuestiones tan de sentido común como acabar con los negocios de la guerra, superar un modelo energético que ha provocado un cambio climático planetario, garantizar a todos agua, alimentos, educación y sanidad, o simplemente echar el cierre a los paraísos fiscales parezcan imposibles?

En nuestro querido planeta, la riqueza fastuosa de una élite minúscula convive con la penuria y desgracia de una sufrida mayoría de los terrícolas. De todas las especies pensantes que pueda haber en el cosmos debemos ser la única que ha desarrollado su tecnología sobre una base organizativa tan tosca, que se condense en unos resultados tan desalentadores y que mantenga al timón a representantes tan imprudentes. En este mojón galáctico llamamos a esa organización Economía capitalista.

Tolerar pretensiones abusivas, la ambición ilimitada es una de ellas, culmina en un régimen de pesadilla. En el patio de un colegio o en un planeta entero. Pero, que nadie se equivoque, las personas que acumulan inmenso poder económico y, a través de él, creciente poder de cualquier tipo, no son, en absoluto, responsables por lo que ocurre. Seamos justos. Si es lícito acumular patrimonio sin fin, no hay nada que reprocharles.

Por no haber establecido un límite a la codicia, la desigualdad extrema y creciente es hoy el mayor de los problemas en cualquier lugar del mundo. Por encima y por delante del cambio climático que atenaza el futuro de todas las especies del planeta, porque no es posible revertir la destrucción ecológica en una sociedad crecientemente desigual. Lo estamos viendo.

¿Hay esperanza? Pues en teoría parece que sí. Estableciendo un límite al patrimonio personal podríamos evitar el ascenso hacia la cúspide del poder de la ambición desmesurada y patológica. Hace largo tiempo que usamos la democracia para intentar restringir la ambición política insaciable, pero la ambición económica está sin acotar. Ese es el problema crucial a resolver.

Establecer una limitación generalizada al patrimonio no tendría contraindicación alguna. Al contrario, todo serían ventajas. Porque la fuerza motriz del capitalismo no es la concentración de capital personal (patrimonio) sino la concentración de capital empresarial. La concentración excesiva del primero tiende a vulnerar la libre competencia y la igualdad de oportunidades, al abuso de poder. La concentración del segundo sólo es perjudicial cuando sirve al primero, cuando queda fuera del control de los intereses de la sociedad, pero no es un problema per se. De hecho, la acumulación de capital empresarial, privado o público, podría ser nuestra última tabla de salvación para frenar el cambio climático o para paliar emergencias mayoritarias (distribuir alimentos o rentas mínimas, por ejemplo). O para que unos pocos, asumiendo un estrepitoso fracaso organizativo, puedan huir a Alpha Centauri, como propone Stephen Hawking.

¿Cuánto habría que limitar el patrimonio? Si la limitación fuese global, 100 millones de dólares por persona (excluida la primera vivienda) parecería un mínimo razonable. O mejor hasta los 30 millones. O hasta los diez millones si se decidiese localmente (esta es la cifra que sugiere Christian Felber en el punto ocho de su modelo de Economía del Bien Común). O incluso hasta un millón, ya que el estado de la desigualdad requiere un cambio brusco de rumbo.

Hoy día nadie puede estar seguro de la cifra óptima de limitación del patrimonio, porque podría suscitar fuertes resistencias o, tal vez, al contrario, insospechados e influyentes impulsores. Podríamos aproximar esa cifra mediante una campaña pública y abierta que sondease la opinión de políticos, economistas, famosos, gente corriente y también de los grandes ricos, claro está, sobre esa hipotética posibilidad. Sería interesante.

Para aplicar la máxima prudencia en la transición hacia un sistema que revierta la desigualdad, el límite máximo podría ser, para empezar, tan alto como los mil millones de dólares. O diez mil millones de dólares ¿por qué no? Lo importante es asumir que en algún punto hay que parar. Porque es seguro que bajo el capitalismo antes o después habrá que establecer un límite al patrimonio. Una organización edificada sobre una norma tan irracional como el enriquecimiento personal ilimitado es inviable y peligrosa. Una broma de muy mal gusto.

En su libro La crisis del capital en el siglo XXI dice Piketty “…Librado a sí mismo, el capitalismo nos lleva con naturalidad a las catástrofes, ya que es profundamente inestable y antiigualitario.” Parece, pues, que convendría aplicar algún ajuste para evitar esa catástrofe capitalista que se presiente. Y sería bueno que el ajuste fuese fácil de entender, práctico y de sentido común, no esa jerga tan de moda entre los economistas. Para reconocer que la desigualdad es un problema no hacen falta fórmulas matemáticas. Basta con observar la ostentación de los multimillonarios, las estrecheces de las legiones de pobres o el curioso perfil psicológico de esos grandes políticos que guían nuestro futuro.

Evitar el abuso progresivo de poder es también cuestión de libertad. Ya en 1944 el antropólogo y filósofo Karl Polanyi, autor de una obra tan esclarecedora para los economistas como La Gran Transformación, alertaba de que la libertad plena del mercado nunca existió ni existirá, y en su último capítulo (La libertad en una sociedad compleja) explicaba que las clases acomodadas no están interesadas en extender la libertad que ellas disfrutan al resto de la población. Los ricos perciben las imposiciones (impuestos progresivos, por ejemplo) como si fuesen dirigidas contra ellos, pero deben comprender que aceptarlas es condición para que los demás obtengan su cuota mínima aceptable de libertad. Una pretensión individualista profundamente egoísta y absurda no debiera condicionar la libertad de la mayoría.

La economía no es una maquinaria imparcial ni un medio ambiente casual. El capitalismo global que los economistas hemos inventado, diseñado y puesto en práctica ha desencadenado un cambio climático que amenaza con ser irreversible. También una desigualdad extrema y creciente que impulsa un agudo desequilibrio de poder y aumenta dramáticamente la probabilidad del apocalipsis nuclear.

Deberíamos tomarnos en serio solucionar el terrible desaguisado que nosotros mismos, economistas, hemos organizado. Tal vez habría que imponer un impuesto global y progresivo al patrimonio, como propone Piketty. O extender con urgencia la Economía del Bien Común de Felber. O aplicar esa economía más humana que propone OXFAM-Intermón. O quizás algo más sencillo de explicar y de intuir su razón, como establecer un límite al patrimonio.

Encontrar solución al problema más grave de nuestro tiempo, la extrema desigualdad, parece de gente sensata, aunque a algunos economistas imbuidos de espíritu científico les cueste creerlo. La ciencia, como el gato de Schrödinger, puede resultar extraña a la razón colectiva, pero todo el mundo entiende que para no morir de hambre hay que comer. Ochocientos quince millones de personas afrontan hoy ese problema. Cosas de economistas.

 

One Comment

  1. Muy bueno el artículo y muy cierto.Te hace pensar…¿Qué locura de sociedad hemos construido?.Comparte puede se posible que ochocientos quince mill9nes de personas en este mundo se estén muriendo de hambre y que haya personas que acumulen diez mil millones de dólares en su patrimonio.Absolutamente delirante.

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