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Empleo, mentiras y programas de televisión

Empecemos por el principio, por lo básico y fundamental: la EPA, Encuesta de Población Activa, es la única medición del empleo (y del paro) regulada y validada por la Unión Europea. La única que ofrece datos homologables. La única válida. Intentemos medir bien las cosas.

Aclarado este punto, es evidente que hay muchas voces, presentadas como opinión o análisis, que están jugando con la verdad por mucha terminología de expertos con la que se adornen. Y cuando esto sucede, y sin entrar en lecturas más profundas y graves, que las hay, resulta imposible no preocuparse y no sospechar de los oscuros intereses que pueden empujar en esa dirección.

En esos momentos, solo cabe reaccionar para restablecer la verdad aportando como prueba sencillamente los datos.

1.- No estamos en el peor momento del empleo y del paro, sino todo lo contrario: estamos en el segundo mejor de nuestra historia.

Los más de veinte millones y medio de personas ocupadas reflejan, según la Encuesta de Población Activa, el segundo nivel máximo histórico alcanzado por el empleo en España.

Y muy cerca del primero, en el que se alcanzó la cifra de veinte millones setecientas cincuenta mil personas, sólo doscientas mil más alta que la actual, y solo durante seis trimestres (del segundo de 2007 al tercero de 2008). En definitiva, la actual cifra de personas empleadas es el 99% de aquel máximo. Véanlo ustedes mismos:

Fuente: EPA e INE

De modo que la población ocupada se encuentra al nivel del máximo histórico alcanzado. Y esto ha sucedido en una situación muy complicada, en la que se ha terminado de recuperar las enormes pérdidas de empleo de la crisis financiera, superando la crisis sin precedentes de la COVID-19, y en medio de una nueva crisis –prácticamente sin solución de continuidad- ocasionada por la invasión de Ucrania, con un proceso inflacionista asociado desconocido desde hace más de un cuarto de siglo en la economía española e internacional.

Puestos en su contexto, los resultados en materia de empleo resultan, pues, extraordinarios. Porque esta es otra lección para los manipuladores de datos: los análisis y las comparaciones deben realizarse teniendo en cuenta su contexto.

2.- El paro tampoco está en la peor de las situaciones: también aquí hay que decir que es todo lo contrario.

Seguimos con los datos de la EPA. Tercera cuestión elemental que debemos señalar: no existe más medición fiable y rigurosa del paro que la EPA. Lo que denominamos Paro Registrado es un registro que, en el mejor de los casos, solo serviría para orientar las Políticas Activas de Empleo que realizan los Servicios Públicos de Empleo.

No es una medición real del desempleo por varias razones (que no podemos aquí detallar), entre las cuales destacan:

  1. Que se extrae (con una regulación, además, anticuada, confusa y discutible) de un registro público de demandantes de empleo y de servicios con inscripciones voluntarias.
  2. Con criterios que se alejan de los reconocidos internacionalmente y de la reglamentación de la UE.
  3. Y que es incapaz de ofrecer datos de la tasa de paro porque no puede medir la población activa (que es el denominador de la tasa de paro).

Ni siquiera se trata de una buena fuente para el análisis de la coyuntura mensual, porque para eso existe desde hace muchos años una estimación mensual de Eurostat que, con metodología común regulada, calcula las tasas de paro mensuales de todos los países a partir de las EPAs de cada uno de ellos.

¿Por qué, entonces, se está intentando crear la impresión de que se manipulan las cifras de paro si el Paro Registrado no mide el paro? Dejémoslo ahí.

La realidad del paro, la que marca la EPA, es una de las menos malas del último casi medio siglo. Por más que, al tiempo, todavía sea la peor del resto de los países europeos.

El 12,7% que refleja el último dato de la tasa de paro, es el tercero más bajo que se registra en cerca de cincuenta años. Hay dos periodos con tasas de paro menores. El primero, hace más de cuarenta años, al comienzo del periodo de transición a la democracia y con una economía cerrada a la competencia internacional (que explica en parte la baja tasa de paro). Y el segundo, durante los años 2001 a 2008, en conexión con el largo periodo expansivo de 1994 a 2007. Si bien aquellas menores tasas de paro se correspondían con niveles de actividad laboral (el denominador de la tasa de paro, decíamos antes) bastante inferiores a los actuales.

En suma, la actual tasa de paro está muy alejada de los picos máximos alcanzados en España (24,5% en la recesión que terminó en 1994, y el record absoluto del 26,9% en 2013), pero también es inferior en varios puntos al promedio (16,4%) del periodo histórico de 1976 a 2022. Véanlo:

Fuente: EPA e INE

Y ya saben, no podemos olvidar que este dato hay que contextualizarlo. Y eso es en este asunto muy importante. Miremos nuestra experiencia pasada: en la crisis de mediados de los setenta a mediados de los ochenta, y en la de 2008 a 2014, nuestra tasa de paro creció en ambas entre 16 y 18 puntos porcentuales, sin paragón con lo que sucedió en los países de nuestro entorno, en los que los incrementos fueron muy inferiores.

Sin embargo, en esta última hay cosas que se han hecho de forma muy diferente (destacadamente, impedir el recurso masivo a los despidos), por lo que pese a la profundidad y características inéditas de esta última crisis, la tasa de paro apenas subió en dos puntos y medio. Lo que ha recibido un gran reconocimiento internacional.

Exactamente lo mismo ha sucedido con la tasa de paro juvenil (y en los restantes grupos de edad), como no podía ser de otra forma, por lo que parecen asimismo fuera de lugar los comentarios sobre una supuestamente gravísima situación del desempleo con los que se están rasgando extemporáneamente las vestiduras.

3.- La temporalidad del empleo, la otra gran lacra del mercado laboral español, se ha reducido en muy poco tiempo hasta casi los niveles del promedio europeo.

La confusión, hasta casi identificarse, entre temporalidad y estacionalidad ha sido uno de los cánceres de nuestra legislación laboral.

La estacionalidad no tiene por qué significar una relación laboral temporal. En todos los países en los que, como el nuestro, las actividades estacionales son cuantitativamente relevantes existen dos tipos de contratos de duración indefinida: uno “permanente a lo largo del tiempo” y otro “discontinuo”. Estas son categorías de la propia EPA establecidas reglamentariamente a nivel europeo. A la actividad que siendo estable no es continua a lo largo del tiempo -porque esa es su naturaleza- le corresponde un contrato de duración indefinida discontinuo, pero no uno temporal. Y aunque se empeñen algunos, hay considerables diferencias entre el primero, indefinido discontinuo, y el segundo, el temporal. Y además, esas diferencias son mayores después de la reforma laboral que antes de la misma.

Multitud de reformas han tenido como objetivo expreso y declarado a lo largo de los últimos treinta años la reducción de la temporalidad del empleo, la más alta con diferencia durante este prolongado periodo de tiempo de todos los países de la UE.

Si nos centramos en los resultados de las seis reformas más importantes, (las de 1994, 1997, 2002, 2006, y la de 2012) observamos que obtuvieron resultados poco apreciables o muy insuficientes, cuando no nulos. Algunas, de paso, sin reducir la temporalidad aprovecharon para aumentar la precarización del empleo. Mal balance. Probablemente porque el enfoque y las medidas de todas ellas eran equivocados y/o defectuosos.

Fuente: elaboración propia a partir de datos EPA

El enfoque adecuado (y en este sentido innovador en España) debería haber sido parecernos a los países de nuestro entorno para conseguir una temporalidad del empleo similar a la suya. Y desde luego, basarse en un buen diagnóstico establecido sobre las evidencias disponibles.

La suma de una mala regulación de los contratos temporales (por errónea en su concepción, y extremadamente laxa y/o ambigua), de interpretaciones judiciales exageradas y perniciosas de estos contratos, y una tradicional utilización mayoritariamente abusiva de estos por parte de las empresas (la regulación no establecía consecuencias mínimamente eficaces al mal uso, al abuso y al fraude) han sido las causas que han dado lugar a esa excesiva, permanente y, según se reconoce de forma general, perjudicial en muchos aspectos temporalidad del empleo en España. Y que, esencialmente, suponía una ruptura del principio básico de que el contrato solo debe ser temporal si el trabajo que se desempeña también lo es.

La evidencia comparada de los resultados de la última reforma laboral con las anteriores pone de manifiesto que los pasos que se han dado (y son muchos más y de mayor calado que el de los fijos discontinuos) van en la buena dirección. Naturalmente, como acertadamente se indica a menudo, a la reforma le falta desarrollo temporal para analizar todos sus efectos y constatar la consolidación de las medidas en el tiempo. Y también un poco de sentido común al analizarla.

Por ejemplo, terminar con la utilización en las actividades de temporada y estacionales de los contratos temporales no puede nunca significar que estas dejen de ser (por arte de birli birloque) lo que son: estacionales y de temporada. Por eso resultan tan ridículas algunas críticas  a la regulación de los contratos fijos discontinuos (que nuevamente confunden estacionalidad con temporalidad del empleo). Críticas con las que se está intentando justificar que la reforma no cambia las cosas y es un puro formalismo. Pero no lo es.

En este contexto, los debates acerca de si los fijos discontinuos en periodo de inactividad son parados o no lo son, tampoco tienen mucho sentido ni sustancia. Sin obviar que estadísticas como la del Paro Registrado son un desastre, lo cierto es que el problema de la medición del paro está bien resuelto donde debe estarlo, en la EPA (insistimos, con regulación homogénea para toda Europa). Si un fijo discontinuo en periodo de inactividad cumple los criterios establecidos a nivel europeo e internacional para ser considerado parado (1.- no ha trabajado una hora la semana anterior a la encuesta, 2.- buscar activamente empleo, y 3.- estar disponible para acceder de inmediato a un empleo), se sumará al paro, y si no cumple alguno de ellos, será considerado ocupado o inactivo, según el criterio que incumpla.

No hay, por lo tanto, problema alguno en la medición del paro con los fijos discontinuos en su periodo de inactividad. Por más que se le busquen tres pies al gato. Y, como decimos, eso no significa que no se reforme en profundidad la estadística de Paro Registrado… comenzando por cambiarle su equívoco nombre.

4 y último.- Saquemos algunas conclusiones, para bien, y algunas perplejidades, para mal.

El mercado de trabajo y el empleo y el paro no están en un mal momento, ni cabe hacer catastrofismo alguno. Más bien lo contrario. No todos los problemas se han resuelto –ya nos gustaría a muchos-, pero algunos muy importantes (estructurales) han encontrado reformas que de momento los han mejorado mucho, y han funcionado incomparablemente mejor que todas las anteriores.

El empleo está en máximos y lo que parece y lo esperable es que, además, muestre una resiliencia mucho mayor que en el pasado, sobre todo si aplicamos las lecciones aprendidas y, junto a las reformas realizadas en materia de estabilidad, cortamos el paso a una utilización desaforada de los despidos.

Correlativamente, la tasa de paro se sitúa en una posición mucho más baja que en cada una de las anteriores crisis, lo cual es una excelente noticia. Y de mantener la dirección y sentido de la última reforma laboral, en cuanto se recupere el crecimiento económico nos aproximaremos más bien rápido a los niveles del promedio europeo.

En aras del rigor y de la verdad hay que reconocer que nunca hasta ahora se habían hecho en España las cosas de esta manera en una crisis, y gracias a ello hemos evitado pérdidas monumentales de empleo (recordemos las cifras de 2014) y enormes costes económicos y sociales.

La estabilidad del empleo ha aumentado hasta niveles que no se conocían desde 1987 (primera vez que se midió), es decir en treinta y cinco años. Hace falta tiempo e ir analizando su funcionamiento en múltiples dimensiones, claro que sí. Pero, sin olvidar las lecciones: habrá que reconsiderar lo que haga falta, pero no para desechar lo que funciona, sino al contrario, para reforzarlo.

Y ahora, las perplejidades. Si todo esto, como apuntan los datos de empleo, de tasa de paro, de reducción de la temporalidad del empleo, es así ¿de dónde puede haber salido la especia de que es al contrario y de que todo en realidad va peor? ¿Y qué interés podría tener nadie para tergiversar los datos, para mentir y crear una impresión falsa de la situación del país?

¿Cuáles son, entonces, el motivo y la intención por los que, en declaraciones, en programas de televisión y en artículos de prensa, se intenta manipular la situación del empleo y crear una imagen falseada de ella?

 

About Antonio González

Antonio González, economista y miembro de Economistas Frente a la Crisis (EFC), fue Secretario General de Empleo en el periodo 2006 – 2008 @AntonioGnlzG

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