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Contra el fetichismo de los contables y algunos mitos de la  reindustrialización

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La convulsión que ha traído el Covid19 ha vuelto a “poner de moda” la tarea de reindustrializar España como objetivo nacional. Pero es, sigue siendo, un objetivo impreciso y vacío sin ningún significado económico sólido, que parece responder, exclusivamente, al temor que nos provoca el descenso del peso de la industria hasta el 16% del PIB resaltado por la contabilidad nacional.

Nunca un ratio fue tan venerado como símbolo de peligro.  E indica hasta qué punto estamos presos de un “culto al número” propio del fechitismo de los contables y de las limitaciones de unos sistemas de información pública anticuados, propios del fordismo, e incapaces de encontrar un modo de presentar la nueva dinámica de los procesos productivos.

El que Telefónica, Indra, Iberdrola, IAG/Iberia, Cellnex o AENA, esenciales en nuestro tejido empresarial, sean empresas no clasificadas como industriales ni incluidas en ese 16% que nos preocupa, debería hacer dudar a los que se limitan a denostar a los servicios como causantes de nuestros males. También el que formen parte de subsectores que destacan por añadir valor al PIB, con altas retribuciones, alta productividad y alta estabilidad en el empleo, precisamente las cualidades que se atribuyen a una economía con base industrial.

Son muestras de que la “economía de los servicios” es hoy un cajón de sastre que amalgama cosas muy diversas. No es lo mismo especializarse en servicios al ciudadano (turismo, comercio, restauración…) vinculados al consumo, que especializarse en servicios a las empresas (logística, consultoría, mantenimiento, ingeniería..) asociados a la producción. Ganar peso en servicios de distribución en red (energía, agua, telecomunicaciones), en logística y distribución o en servicios tecnológicos e intensivos en conocimiento es desarrollar una economía especializada en servicios de alto valor que es donde los países avanzados están cimentando la mayor parte de sus mejoras competitivas.

Desde luego, es dudoso que España mejorara su estructura productiva si se especializara en el textil o la siderurgia que abandonó en los años 90.

El creciente peso de los “servicios a las empresas” (o cómo la economía se desdobla en bienes y servicios)

– El descenso en la contabilidad nacional de la contribución de la industria al PIB es, principalmente, una consecuencia formal de la externalización de servicios internos de las empresas manufactureras propiciada por las tecnologías digitales.  Lo que antes se contabilizaban como parte de la industria ahora contabiliza como “servicios a empresas”. Cambian los registros pero no la naturaleza de los procesos productivos.

Si sumamos el peso de la rúbricas “industria” y las de “servicios para empresas” observamos una suma relativamente estable. Si España y otros países desarrollados ha pasado de tener una industria que pesaba el 20% del PIB en 1995 a algo menos del 16% actualmente es porque el subsector de servicios a empresas ha aumentado esos mismos 4 puntos, pasando de representar un 13% a algo más del 17%.

Que no nos confunda la contabilidad. Lo relevante es que el desarrollo de nuevas fuerzas productivas impulsadas por las tecnologías digitales obliga a cambios en las relaciones de produccion. Y entre esos cambios destaca la expulsión fuera de los perímetros empresariales de servicios internos que eran poco productivos y los obliga a organizarse como externos y a aumentar su productividad para sobrevivir.

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Ganar competitividad en los servicios intensivos en conocimiento

– De la forma en que cada país avanza en esa tarea dependerá su futuro. Desde un punto de vista estructural los servicios a empresas configuran un conjunto de subsectores con actores muy desiguales en tamaño: en general, en toda la UE se caracterizan por su elevada atomización, con gran dominio de PYMES y microempresas. Pero tambien hay, grandes grupos (no solo de servicios sino tambien industriales) con divisiones de servicios a empresas muy desarrollados.

La paradoja de este subsector es que compagina su relativa atomización con la vinculación a actividades de una alta intensidad de conocimiento (ingeniería, diseño, consultoría y servicios estratégicos, tecnología, marketing, finanzas…) cuyo crecimiento forma parte de la evolución deseada de la estructura productiva. Manuel Castells (1999) considera estos servicios avanzados de naturaleza compleja como responsables de la gestión de los flujos de información imprescindibles para la dinamización del conjunto de la economía.

¿Cómo esta España situada en la competitividad de los servicios a las empresas?

El Banco de España, el Real Instituto Elcano y el Consejo Económico y Social (CES) han realizado informes que muestran el peso creciente de la exportación de servicios no turísticos en el equilibrio de nuestras cuentas al exterior (alrededor de 60.000 M€ un importe equivalente al turismo), un cambio especialmente relevante en momentos de hundimiento de este sector, como el que vivimos.

Todos destacan que, dentro de ese gran epígrafe, la exportación de los “servicios a las empresas” intensivos en  conocimiento, que representan un tercio del total, son su parte más dinámica. Lo prueba el hecho de que nuestras empresas, junto a las de China e India, ganan cuota en los mercados internacionales de forma consistente desde 2012 mientras la pierden las de Francia, Italia y EEUU. Hasta el punto que hemos multiplicado por cuatro nuestra cuota mundial en servicios de ingeniería y arquitectura y aumentado nuestra cuota en servicios a empresas (investigación de mercado y consultoría), transporte y servicios financieros… aunque perdemos cuota en los servicios tecnológicos.

La industrialización del conocimiento empresarial.

– El dilema industria o servicios es, en buena medida, un falso dilema cuando nos referimos a las deseadas especializaciones del futuro.  El desarrollo de la robótica depende de la fabricación del robot en sí (un autómata compuesto de sensores y elementos electromecánicos) y de aplicaciones para su uso en la sanidad, logística o trabajo social que son los que incentivan su fabricación. En un caso es industria, en otro son servicios.

Pero es que, además, las TIC han permitido a los servicios dar pasos hacia su industrialización que corre paralela a la capacidad de generar economías de escala. Cada vez es más habitual denominar industria a la energía, la cultura, la salud o las finanzas. Y tiene sentido.

Si hasta ahora los servicios estaban asociados a prestaciones diferenciadas, (instantáneas, personalizadas) que requerían de la presencia simultánea de quien lo prestaba y quien lo recibía, con la economía digital pasan a ser estandarizables y susceptibles de generar nuevas economías de escala por tres vías:  de un lado, mediante la internacionalización productiva que facilita la liberación del trabajador de la presencia in situ para trabajar en red, desde cualquier sitio; de otro, mediante la  sistematización e integración de los procesos intangibles asociados al conocimiento; por último y consecuencia de lo anterior, mediante la evidencia de costes marginales decrecientes y tendentes a cero.

La industrialización del conocimiento es un rasgo del modo de produccion digital  de la que participan muchos subsectores de servicios. Recordar a los Google, Netflix, Amazon, Facebook o Booking debería ser suficiente para acreditar la capacidad de desarrollo de economías de escala que culminan en la construcción acelerada de cuasi-monopolios globales.

Pero si no lo fuera y quisiéramos repasar fenómenos similares en el nicho de negocio más elevado de los servicios a empresas, bastaría con repasar el status del selecto club de consultoras globales que compiten por el desarrollo de los planes estratégicos de las grandes corporaciones. De un lado, Mc Kinsey o Boston Consulting Group ( 17.000 y 9.000 empleados respectivamente) especializadas en el diseño estratégico; de otro, las conocidas como Big Four, las consultoras/auditoras especializadas en su implementación, (Deloitte, PwC, KPMG y EY con más de 200.000 empleados cada una), demuestran hasta que punto la estandarización de los conocimientos pueden generar economías de escala en los servicios a empresas de alto valor.

Partir de donde estamos para mejorar nuestro modelo productivo

– El reto para economías intermedias como la española, es cómo ocupar un lugar más favorable dentro de la conocida como la smiling curve’ del valor añadido que concede la máxima prioridad a las partes iniciales asociadas a la creación (conceptualización de servicios, patentes, tecnología, diseño) o a las partes finales, asociadas a la distribución y comercialización final  (gestión de perfiles, marketing en red, logística automatizada). La mera  fabricación puede ser un lugar no apetecible o serlo solo si se desarrolla a base de autómatas, con poca capacidad de generar empleo.

España no puede caer en la ensoñación de que puede “cambiar turismo por industria” como consecuencia de un simple acto de voluntad que pueda materializarse a corto plazo.

Debe aprender a crecer en productividad en cada uno de los sectores en los que disfruta de cierta masa crítica y ventajas comparativas. La construcción, el automóvil, la energía… son tres sectores especialmente afectados por el cambio tecnológico y medioambiental que ocupan un lugar central en la economía española y sobre los que disponemos de know how de alto valor. Tan importante como reconocer esas ventajas es ubicarlas correctamente: ese know how no siempre se localiza en las grandes empresas tractoras de esos sectores sino en el conocimiento acumulado en PYMES que les suministran servicios.

Mejor no distraerse sobre si son galgos o podencos, industria o servicios. El problema es cómo aumentar nuestras capacidades productivas y hacerlas crecer en calidad e innovación.

About Ignacio Muro

Economista. Miembro de Economistas Frente a la Crisis. Experto en modelos productivos y en transiciones digitales. Profesor honorario de comunicación en la Universidad Carlos III, especializado en nuevas estructuras mediáticas e industrias culturales. Fue Director gerente de Agencia EFE (1989-93). @imuroben

5 Comments

  1. José Candela el septiembre 16, 2020 a las 9:31 am

    Empezamos a hablar de hoy, y no de teoría III y Keynesianas como hacíamos en los felices años metalúrgicos. Enhorabuena. No estaría de más que se recordara la literatura de los ochenta y noventa. Cuando todo lo que precisas en tu artículo empezó a cambiar la percepción de los economistas y la UE se cortó quedó sin herramientas para afrontarlos en Maastrich, mientras los gobiernos perplejos asistieron al desarme económico frente a la ofensiva neoliberal

  2. Cuyobai el septiembre 16, 2020 a las 11:14 am

    «LA SANTA ECONOMÍA»
    politicacos.wordpress.com

  3. Lorenzo Terán el septiembre 19, 2020 a las 9:38 am

    Correcta la tesis, pero difuso el desarrollo. Necesitaríamos más datos para saber si la externalización de servicios que antes se daban internamente ha producido economías de escala por la acumulación del conocimiento, o por la depauperación de la masa salarial en las consultoras. La consultoría informática se ha mantenido en precios por persona/hora prácticamente similares desde la crisis de las punto.com, y la recua de profesionales inducidos por las buenas perspectivas de futuro de las carreras técnicas ha pasado a engrosar esa lista de urbanitas que se tragaron la crisis del ladrillo, siguen pagando la hipoteca, y cambian de empleo cada dos años. Eso sin contar cómo volvió a aumentar la brecha de género en STEM. Cualquier parecido con cualquier «informático» de gran empresa de los 80-90 es pura coincidencia.

    Ahora mismo, las grandes empresas están gestionando la I+D con pequeños departamentos internos e «innovación abierta», lo que significa viveros de startups donde a los chavales se les cosstea la fibra, pero ellos ponen su capital semilla y ellos arrostran con las dificultades de salir adelante, valle de la muerte inclusive. O, si no, se tira de universidades, ya sean de aquí, o de Polonia, donde los proyectandos o doctorandos curran para a las empresas gratis, o con una beca pagada por las CCAA. Cualquier parecido con el departamento de I+D de una gran empresa de los 80-90 es pura coincidencia.

    En Alemania siguen apostando por la industria, mucha de ella de tamaño medio, dedicada a producto singular, sólido y reconocido, con cadenas de conocimiento basadas en las universidades técnicas y en los centros tecnológicos, con cadenas de valor en las que participan empresas de varios tamaños, muchas de ellas con largo recorrido, que se han ido adaptando. No todo es bondad en ese esquema, sobre todo en cuanto al trabajo temporal y los sueldos de los trabajadores menos especializados, pero está años luz de lo que pasa aquí.

    Ahora viene el fondo de recuperación, que no va ni puede servir para cambiar el modelo productivo, como cacarean por ahí, porque es imposible inducir cambios estructurales en menos de un lustro, pero nos citamos aquí para evaluar el reparto y ver cómo el dinero fluye hacia las grandes empresas y consultoras internacionales, para llevar a cabo infraestructuras y servicios asociados poco complejos, compra de material informático, suscripciones a la nube, y despliegue de 5G por parte de multinacionales, y luego echamos cuenta en qué ha influido eso en la consolidación de los sectores industriales o de servicios industriales, en el empleo «de calidad» y en la competitividad de la economía. Los mismos haciendo las mismas cosas no van a dar a resultados distintos.

    • Economistas Frente a la Crisis el septiembre 19, 2020 a las 12:14 pm

      Gracias Lorenzo, comparto tus dudas. Pero las economías de escala y los incrementos de productividad son perfectamente compatibles con la depauperación salarial. Lejos estamos de que las empresas retribuyan la productividad como en los años 80.

    • José Candela Ochotorena el septiembre 19, 2020 a las 12:34 pm

      Efectivamente el capitalismo es eso, aunque el capital humano a explotar adquiera formas futuristas, de hoy en día. El problema no creo que debamos buscarlo en la estructura de producción del conocimiento, que es cooperativa y enriquecedora de los cerebros de los trabajadores del mismo. Más bien sigue estando en la estructura de la propiedad que es la que propone la lógica de la visión de los procesos de capitalización del aprendizaje de los trabajadores que como dicen los economistas queda embebido en la estructura organizativa de los procesos de innovación y de los que relacionan a esta con la producción y el mercado. Como dice Grant, en el balance de apropiación del saber hacer y el I+D, lo que determina quién se lo apropia es la dependencia respecto a la organización industrial de la producción. Es decir, los mecanismos de información y capitalización financiera que orientan todo el complejo de redes de producción de intangibles y bienes materiales hacia la creación de valor para el accionista.

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