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Nacionalismo y desigualdad

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Como explicaba en este post, la desigualdad entre los Estados viene disminuyendo por el mayor crecimiento de los países emergentes, pero la que hay dentro de todos ellos no deja de crecer. Así que el refuerzo de las fronteras en los países ricos, hoy tan de moda, no es para defenderse de la invasión de los pobres de fuera sino para  camuflar la desigualdad que hay en casa. Esa desigualdad dentro de los Estados es lo que está potenciando una extrema derecha nacionalista en todas partes.

El nacionalismo es cortina de humo de la desigualdad

Quienes van hacia abajo por la desigualdad, la clase media y la clase trabajadora, temen que los inmigrantes y refugiados que llegan dispuestos a soportarlo todo empujen más su caída, y cuando los de abajo rivalizan entre sí resulta aceptable que los de más arriba defiendan lo suyo con uñas y dientes pasando de los demás. La desigualdad extrema y creciente deviene en cosa normal, como el cambio climático que viene impulsando, o que los ricos se escaqueen de pagar lo que deben. Es lo que ocurre en EEUU, uno de los países más desiguales del mundo, donde Donald Trump señala enemigos en la frontera sur mientras decreta premios golosos a sus colegas multimillonarios; o en la UE, donde buques de guerra patrullan frente a balseros mientras cinco Estados miembros (Chipre, Irlanda, Luxemburgo, Malta y Países Bajos) ejercen de paraísos fiscales succionando renta y riqueza de los otros veintitrés.

Las élites no suelen tener problemas fronterizos con el dinero ni para explotar trabajadores en el exterior. Alguno, como el multimillonario Steve Bannon, anda obsesionado con financiar la xenofobia como trampolín de nuevos negocios pero para los de más arriba la inmigración nunca ha sido un problema. Los inmigrantes son dóciles, salen barato y, lo mejor, distraen la atención.

Una Europa de prosperidad por un reparto mejor abriría sus fronteras en vez de blindarlas. Si el nivel de bienestar de la mayoría de los españoles fuese aceptable muchos inmigrantes y refugiados encontrarían cobijo en nuestro país. Al fin y al cabo, necesitamos fuerza de trabajo para sostener las pensiones, el interior del territorio está medio despoblado y la crianza de esos españoles de raza que sueña la ultraderecha lleva demasiado tiempo. En una España sin bolsas de pobreza agitar banderas nacionalistas desde las regiones o el Estado resultaría también grotesco. Pero todo eso queda demasiado lejos. Mientras la desigualdad extrema siga su curso seguirá también la lucha de todos contra todos. En España y también en la UE, construida para superar los nacionalismos y acorralada hoy por esa desigualdad creciente que los alimenta.

El independentismo catalán tiene más que ver con la corrupción y las convicciones

La desigualdad es el telón de fondo de todos los nacionalismos pero cada uno tiene su peculiaridad. El catalán tiene tres patas. Está por un lado la burguesía catalana independentista, partícipe de la burbuja, de la crisis, de los recortes y promotora secular de la desigualdad que, como la élite españolista de Madrid, utiliza el nacionalismo como cortina de humo de la corrupción. Una estrategia que les funciona tan bien como para que la Comunidad de Madrid siga en manos del PP con sus antecedentes de récord, o para que el heredero del pujolismo, Carles Puigdemont, ande de gira por Europa señalando defectos morales en sus paisanos. Lo peor es que esas cortinas de humo para tapar la corrupción han alimentado un populismo de confrontación que ha terminado por resucitar al franquismo, uno de los grandes nacionalismos criminales del siglo pasado.

La segunda fuerza del independentismo catalán, una izquierda que declara defender valores republicanos y progresistas, no necesita cortinas de humo ni teme confrontar su discurso a campo descubierto porque su aspiración no es material. Su máximo dirigente, Oriol Junqueras, es un ferviente católico dispuesto a saltarse la ley en defensa de la verdad revelada. Su misión es tan superior que la urgente secesión de Cataluña le resulta compatible con el amor a los no catalanistas y al resto de los españoles, algo fuera de este mundo y a distancia galáctica de Puigdemont, a quien no le va el martirio; o de Torra, quien sabe distinguir mejor la chusma.

Como en el caso del País Vasco, una práctica irracional profundamente arraigada, el catolicismo, sostiene y empuja a la otra, el nacionalismo, desde jerarquías parasitarias bien cementadas en las instituciones, aunque en Cataluña, afortunadamente, sin muertos de por medio. Esto facilita el concurso de ERC con una derecha nacionalista que no tiene que mirar para otro lado ni elaborar justificaciones complejas, pero por su carácter pacifista –pretendidamente, porque el nacionalismo siempre perturba la convivencia- el nuevo engendro crece y se extiende más deprisa. Llevándose bien con todos o despreciando a los demonios, como Rufíán, la prioridad de ERC no es combatir la corrupción ni la desigualdad sino alcanzar el edén nacionalista.

La tercera fuerza que impulsa el independentismo catalán, la de las CUP, tampoco se esconde tras cortinajes. Con el empuje imparable de las asambleas anticapitalistas su misión declarada es construir el Estado socialista independiente de Cataluña. Un delirio que resultaría hasta gracioso si no fuese porque bebe de las escuelas, donde la cruzada católica del pasado ha cedido la vanguardia del movimiento de los elegidos a otra fe y a otra cruzada, la nacionalista. En la escuela catalana florece una juventud rebelde y heroica que lucha contra enemigos que vienen del exterior, como los marcianos, junto a una hornada de buenos chicos que secundan las recalcitrantes piruetas intelectuales de sus maestros. Entre unos y los otros pasar del absurdo nacionalista supone dejar de ser de los nuestros, ser condenado al ostracismo, si no marginado o acosado, en un ambiente en el que no se habla de otra cosa.

La causa de la razón lleva mal camino en Cataluña, aunque siempre queda la esperanza de que las creencias disparatadas vuelvan a su lugar, un delicioso y positivo ejercicio de irracionalidad en la intimidad de quienes comparten sentimientos extraordinarios comunes, y abandonen un exhibicionismo público y un ansia de poder que, siquiera por vergüenza de su trayectoria histórica, debieran evitar. Las proclamaciones patrioteras, los paraísos del más allá o la revolución imposible poco ayudan a la solución del problema crucial del sistema capitalista global: la desigualdad extrema y creciente.

Podemitas, liberales y socialdemócratas ante el nacionalismo

El nacionalismo es una idea colectivista seductora. De ahí que ciertos sectores podemitas se decanten por él renunciando a la tradición internacionalista de las izquierdas. Como los revolucionarios de las CUP han llegado a la conclusión de que ahora que las grandes potencias comunistas han cambiado de bando sólo vale achicarse para construir la alternativa al capitalismo. La revolución no es más global. Exponer la superioridad del comunismo a los chinos resultaría ridículo y de mal gusto por lo que algunas izquierdas en Cataluña prefieren hacer parroquia local.

Pero los liberales europeos, los principales impulsores del individualismo de mercado y la globalización, no pueden asimilar el independentismo catalán tan fácilmente. Demasiado tienen ya con un posible desmantelamiento del Euro y hasta de la Unión, impensables antes de la última crisis financiera, como para atender nuevos experimentos disgregadores. Es por eso que el Grupo de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa ha expulsado de sus filas al PDeCAT, no tanto por la acusación de corrupción, un pecado perdonable por extendido que el PP ha sorteado sin problemas en el Grupo del Partido Popular Europeo habiendo sido condenado por ella en los tribunales españoles.

Los liberales europeos tampoco pueden digerir que Albert Rivera, el líder de un partido supuestamente liberal, cierre filas con un nacionalismo zombi de la Europa desmembrada de la Segunda Guerra Mundial. Rivera va dando palos de ciego con su exaltación del españolismo. Tal vez pensó que el pacto andaluz con Vox sumaba puntos y prestigio camino al poder, pero para el liberalismo europeo una cosa son los apaños regionales en los Estados miembros y otra muy distinta llevar el franquismo como aliado hasta Bruselas. Allí no vale ser nacionalista y liberal, como tampoco cuela el ultraliberalismo económico de Vox. Para los liberales europeos los nacionalistas siempre serán apestados que pueden dinamitar la Unión desde dentro. Manuel Valls lo sabe bien.

El problema de los liberales es su obcecado ninguneo del motor principal del nacionalismo, la desigualdad creciente, que Macron sólo vislumbra bajo el fulgor de los chalecos amarillos. El argumento liberal de que el acaparamiento bestial de la riqueza por unos pocos no es de preocupar casa mal con el descontento rabioso de tantos votantes y con un mundo gobernado por personajes de perfil psicológico tan inquietante como Putin, Trump, Xi Jinping, MBS, Erdogan, Al-Ásad o Kim Jong-un, todos ellos en el club de los milmillonarios, donde sólo cabe el 0,00003% de los humanos terrícolas. Una coincidencia estadística entre poder patrimonial y político en el extremo de la pirámide que si fuese casual, como defienden quienes creen que el mayor problema es la naturaleza del ser humano y no la desigualdad, sería un verdadero milagro.

La desigualdad extrema, creciente y sin límite parece que sí importa. Al menos por sus efectos derivados, el hambre, la pobreza, el cambio climático, el resurgir de populismos, autoritarismos y nacionalismos, la deslocalización industrial, la devaluación de la democracia, la corrupción, la desigualdad de oportunidades, el monopolio tecnológico a las puertas de una impresionante revolución, el carácter depravado y patológico de quienes llegan a lo más alto… A esa cumbre que se aleja día tras día: cien mil millones de dólares, el último récord de quien tiene más en la carrera de la ambición infinita. Esa carrera, exclusiva de los varones, tal vez responda a la naturaleza del dimorfismo sexual, pero el mundo está loco y cada día más loco por la desigualdad extrema y creciente, no por otra cosa. Lo demás son consecuencias, incluido el resurgir de los nacionalismos.

Y queda finalmente por repasar la socialdemocracia, donde se alinea buena parte de Podemos, de su sangría disidente y la corriente mayoritaria del PSOE. Los socialdemócratas, como los liberales, prefieren la unión a la disgregación nacionalista pero reconocen que el crecimiento de la desigualdad bajo el capitalismo es un problema real. Menos mal. Todavía hay esperanza. Pero los socialdemócratas no han sabido resolver el problema de la desigualdad hasta hoy porque han centrado los esfuerzos en reducir la desigualdad de rentas mientras la de patrimonio se desbocaba, con lo que han terminado por perder ambas batallas. Y eso cuando han reconocido el problema, porque tras la caída de las dictaduras comunistas varios importantes dirigentes se sumaron a la euforia neoliberal y dejaron de interesarse por la desigualdad. Ahora toca reorganizarse y renovarse. Endurecer el discurso, como los demócratas díscolos de EEUU -Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez-, y acometer la tarea de que un pueblo sonámbulo despierte de las patrañas que los amos del mundo, enfermos de una ambición inagotable, peligrosa y contagiosa, llevan décadas divulgando a los cuatro vientos. Tarea bien difícil porque, desde la opacidad de una red al servicio de quien más tiene o más paga, los secretos más íntimos son ahora exprimidos para propagar mensajes amañados, individuales y a la carta, hasta aupar al poder a quien más tiene o más paga, o a quien le sirva mejor.

La desigualdad de España en Europa y de Cataluña en España

Tenemos datos estadísticos muy precarios sobre la distribución del patrimonio, la variable significativa para conocer la desigualdad estructural. El patrimonio, riqueza o capital, es una magnitud varias veces superior al PIB, que representa flujos agregados anuales de la economía como pueden ser las rentas o los ingresos. La distinción entre renta y patrimonio es importante y fácil de entender. Basta con identificar el patrimonio con “lo que se tiene” y las rentas con “lo que se ingresa anualmente”, ya sea de un salario o de los intereses del patrimonio. Se puede tener mucho y ganar poco (un terrateniente con pocos ingresos) o tener poco ganando mucho (un alto ejecutivo juerguista), pero ambos extremos son poco habituales. Lo habitual es que el patrimonio y las rentas expliquen su evolución porque el patrimonio no es otra cosa más que rentas acumuladas anteriormente.

Pues bien, aunque todos los países registran una desigualdad patrimonial extrema y creciente, España no destaca por ser un país excesivamente desigual en cuanto al patrimonio. La desigualdad patrimonial en España es inferior a la de Suecia, uno de los países de la UE que destacan por su desigualdad (en este otro post explicaba el asunto). Sin embargo, en términos de renta, variable que no es significativa de la concentración del poder económico pero sí del nivel de vida -se puede vivir muy bien teniendo poco e ingresando lo suficiente, como en los países nórdicos-, España ocupa una posición que se puede calificar de mala, muy mala o pésima dentro de la UE, según el indicador que se utilice (este informe da un amplio repaso). Esa desigualdad de rentas muy elevada alienta sentimientos destructivos y autodestructivos. El nacionalismo otra vez.

En España se recauda poco en impuestos porque cuanto más se tiene menos se paga, por lo que sería previsible que la marea nacionalista tapadora de vergüenzas creciese más. Sin embargo, y a pesar del ambiente propicio, para muchos españoles el orgullo nacionalista es todavía indeseable. Por eso las patrañas para tapar la desigualdad tienen más protagonismo que el discurso nacionalista preponderante en otros países europeos. En cualquier tertulia televisiva o campaña política española se encuentra uno con que la desigualdad no es el problema sino la pobreza, pagar impuestos es de tontos, el dinero está siempre mejor en el bolsillo de la gente, autofinanciarse la educación, la sanidad y la pensión es más barato y mejor, todos queremos forrarnos y no reconocerlo es de envidiosos, los ricos son justos triunfadores porque son los mejores, enriquecerse hasta el infinito es un derecho, la desigualdad deriva de la libertad… y una larga lista de chorradas disfrazadas de sentido común para que la mente del pueblo llano conciba la desigualdad como un fenómeno meteorológico o natural.

En cuanto a la desigualdad dentro de Cataluña, hay pocos datos estadísticos. Los deciles de salarios de la EPA o las estadísticas de ingresos salariales de la Agencia Tributaria están más enfocados a medir la desigualdad entre CCAA pero se puede deducir que las diferencias en la distribución interior son poco notables. Cataluña tiene una distribución salarial algo mejor que la de Madrid y Andalucía algo peor que las dos. Esto respecto a la distribución de los salarios dentro de cada CA, pero la renta disponible engloba otras rentas que no son salarios, tanto más importantes cuanto más se tiene, y tampoco hay datos publicados a ese desglose.

Respecto a la redistribución de las desigualdades, el Instituto de Estudios Fiscales descubrió en 2017 que Andalucía era la CA que redistribuía mejor los ingresos y gastos públicos, aunque hay que tener en cuenta que su punto de partida es una desigualdad mayor. Según ese estudio Cataluña distribuía como el promedio y la CA de Madrid peor, sólo superada por las Islas Baleares. Pero en todo caso las diferencias en la desigualdad intracomunitaria no parecen notables. En ese sentido España es un país bastante vertebrado. Otra cosa son las diferencias entre CCAA. Ahí encontramos CCAA que están por encima del nivel promedio europeo y otras bien por debajo.

Según la última encuesta de condiciones de vida -la de 2018, elaborada sobre datos de 2017- la renta media por persona en Cataluña era 13.338€, en Madrid 13.279€ y en Andalucía 9.258€. El promedio en España fue 11.412€. Si la desigualdad dentro de las regiones, dentro del Estado español y dentro de todos los Estados es un problema recurrente que fomenta el populismo y el nacionalismo, otro tanto ocurre cuando hay diferencias acusadas entre las regiones, como es el caso español. Porque en la lucha de todos contra todos por la desigualdad extrema y creciente a quien tiene más le resulta tentador desprenderse del lastre de quien tiene menos. De ahí los cuentos con las cuentas del “España nos roba”.

El nacionalismo lleva una historia siniestra detrás y resulta incompatible con el capitalismo global. Capitalismo es lo que hay, nos guste o no, y la cuestión a resolver es la desigualdad que genera dentro de las regiones y dentro de los Estados. Considerar al vecino como un inferior responsable de nuestros males mientras esperamos que nos compre, que nos venda o nos venga a visitar es una idea descabellada que complica la situación; en los Estados Unidos de Trump, en la Rusia de Putin, en el Reino Unido de Boris Johnson o en la Cataluña del procés.

Bajo el capitalismo no es recomendable jugar con la sensibilidad de otros pueblos ni con la más peligrosa sensibilidad de los mercados. Y menos por una aspiración de propensión supremacista que viene siendo tapadera consciente o inconsciente de graves problemas reales. Con un capitalismo en fase terminal por la desigualdad extrema y creciente sería positivo determinar algún límite al patrimonio, o al menos dedicarse a reducir la desigualdad, siquiera de rentas. Intentar revertir la desigualdad parece mejor receta que la expansión del autoritarismo xenófobo o el regreso de los nacionalismos.

About Luis Molina Temboury

Economista especializado en el análisis estadístico de la desigualdad. Convencido de que para revertir la escalada de la desigualdad extrema tendremos que acordar un límite al patrimonio. Cuanto antes mejor. Miembro de Economistas Frente a la Crisis

17 Comments

  1. Hejo el septiembre 9, 2019 a las 7:01 pm

    Con permiso, pero no tiene Ud. ni idea de la mitad de las cosas de las que habla. Antes de soltar sandeces y topicazos sobre los nacionalismos desde la perspectiva de un pseudomarximso mal entendido, hágase el favor de leer algun libro acerca de los nacionalismos. Por ejemplo, «Las comunidades imaginadas», de Benedict Anderson, que aunque se publicó hace más de 30 años seguro que para Ud. constituye una gran novedad.

    • Luis Molina el septiembre 10, 2019 a las 2:40 pm

      Muchas gracias por leer el artículo, aunque no me queda claro cuales son las partes que no suscribe.
      El caso es que después de ojear por Internet ese interesante libro que me recomienda sobre el origen del nacionalismo la idea me sigue pareciendo igual de rechazable. Aprender sobre el origen de la esquizofrenia tampoco me hace desear ser esquizofrénico, para que me entienda.

  2. viaje_itaca el septiembre 9, 2019 a las 9:00 pm

    Este artículo es una colección de falacias, empezando por la falacia ad homine de atacar al nacionalismo atacando a sus dirigentes y partidos. Lo mismo se puede decir de cualquier partido y dirigente, que son humanos y con poder, así que, bueno, ninguno. Salvo en algunas películas. Es cierto que los argumentos de legitimación son, pues eso, mitos y patrañas varias, pero también de la economía, pues es bueno leerse a Juan Torres para darse cuenta de la cantidad de mitos y patrañas que contiene. La ciencia tiene mitos y patrañas (puede leerse desde Kuhn a Feyerabend, o el valor teórico de la observación de Henson, o algo sobre el programa fuerte de filosofía de la ciencia, o unos cuantos estudios de ciencia, tecnología y sociedad CTS, etc. ), los Estados tienen mitos y patrañas, la sociedad poco más que eso… Y es manipulable. Como todo la anterior.

    El nacionalismo es algo que surge de la mismísima naturaleza humana, que busca siempre un grupo de apoyo y solidaridad menor que el conjunto de la humanidad concreta. Familia ampliada, tribu, clan, sindicato, hermandades… Cosas del cerebro reptil que hemos heredado, y lo hemos heredado porque nos hace muy resilientes, por ejemplo, buscando grupos limitados de solidaridad. Ignorarlo es ir de cabeza a llevarnos el bofetón.

    El nacionalismo no tiene una relación causal con la desigualdad más allá de muchas otras cosas humanas, empezando por los estados, que son estratificados por definición, leamos un poquito de antropología, por favor. Es que es así. O los sistemas económicos, a partir de la agricultura, íntimamente relacionada con el surgimiento de los estados prístinos, o el capitalismo. O el liberalismo. O el conservadurismo. O el fascismo. O el comunismo (aunque en sus principios declare una igualdad que jamás aparece, y no estoy juzgando sin más los estados socialistas)

    El nacionalismo es, entre otras muchas cosas, un intento de resistencia de las gentes, que por supuesto es manipulable, pero esa resistencia es real, para empezar, instaurando barreras donde cobijarse. Es rígido, pero como expresión de la asociación protectora entre humanos, es terriblemente resiliente y funciona. Pues está muy bien luchar para disminuir la desigualdad (intentar acabar con ella es estúpida utopía), pero a lo mojó conviene conocer un poco bien el terreno donde se asienta el problema. Para no añadir un fracaso más a la lista. Y los fracasos de programas bienintencionados también aumentan la desigualdad. Léase cualquier manual de antropología, el apartado del desarrollo, el Kottak, por ejemplo. Hay un gran libro específico: Viola antropología del desarrollo.

    La causa de la razón en el humano siempre ha llevado un muy mal camino, desde que tenemos un enorme poder, pero no una moralidad que nos permita controlarlo sin hacernos daño. No es que abandonemos la razón con el nacionalismo. Aunque haya sido el vehículo de algunos desvaríos tremendos. Como el comunismo, el fascismo, el capitalismo, el liberalismo, la democracia…

    • Luis Molina el septiembre 10, 2019 a las 9:31 am

      Este artículo no es un compendio enciclopédico sobre el nacionalismo sino la exposición de una opinión de alguien que está un poco cansado de tanta monserga. Por eso es un poco irreverente con la idea. En estos tiempos de locura (por la desigualdad, ya sabe mi opinión), es conveniente poner nombres, porque algunos personajes que guían a los pueblos son bastante peculiares.
      Que el nacionalismo surge de la naturaleza humana ya lo sabemos, como tantas otras cosas (el racismo, la xenofobia…), pero entender su origen no significa que se tenga que compartir la idea.
      A mí me sigue pareciendo que el nacionalismo tiene mucho que ver con la desigualdad. El deseo de ser diferente y especial es quererse desigual. Fíjese que para muchos nacionalistas alemanes los judíos o los polacos eran subhumanos.
      Ya he explicado en el artículo que las ideas irracionales y los sentimientos nacionalistas o religiosos me parecen estupendos siempre que no pretendan erigirse en poder para dictar esos sentimientos. Quienes quieran irse de viaje a paraísos imaginados que lo hagan, pero por favor no embarquen a los demás.
      “Somos sentimientos y tenemos seres humanos”, dijo Rajoy en un momento de lucidez. Por eso yo le recomiendo que además de tanto tratado lea también algo más divertido, y a ratos más profundo, sobre la naturaleza humana y las consecuencias de la ideas descabelladas (Kurt Vonnegut, por ejemplo). Igual las mías también lo son, pero es mi naturaleza.

      • viaje_itaca el septiembre 11, 2019 a las 8:13 am

        Hola: pues para empezar, estoy al menos en lo cierto que no describe el nacionalismo de un modo riguroso precisamente. De una persona que es científico social, pues eso no puede menos que chocar, y del choque sale mi respuesta. Y, si nos planteamos intentar algún arreglo, pues a lo mejor hay que dejar de lado unos cuantos errores que siempre han plagado las ideas de cambio. Con los consiguientes fracasos.

        Por supuesto, no hay que confundir lo que es con lo que debe ser. Hay muchas cosas de la naturaleza humana que nos conviene cambiar, pero la cuestión es ser realista si queremos algún plan que funcione, y si esa posibllidad es algo más que un mero sueño. Una de las cosas fundamentales es que el nacionalismo actual, hijo directo del liberalismo, tiene una relación compleja con la igualdad. A veces y para ciertos niveles busca destrozarla, pero por otra parte también busca una cierta igualdad y una solidaridad, eso sí, dentro de las fronteras máximas que tal cosa puede alcanzar entre humanos. Recordemos el sonado fracaso del internacionalismo proletario, como no podía ser de otro modo. Toda idea de igualdad más o menos universal y coherente entre humanos tiene dos bases: o el estoicismo o la democracia limitada en extensión de la antigua Grecia. Si la primera no viene de la segunda, que es lo más probable.Pues partamos de que el nacionalismo tiene dos caras, por lo menos.

        Otra cuestión es la suposición presuntuosa de que el ser humano es un bicho racional. En la práctica, puede ser racional en temas práctico-técnicos, más bien los técnicos. Hasta la ciencia tiene un alto grado de uso de metafísica, analogía y extrapolación infundada de resultados y percepción sesgada, véase lo del valor teórico de la observación, tema sacado por Henson antes de Kuhn, Pues bien, a lo menor si lo que pretendemos es la casi imposible labor de mejorar este mundo, el conocimiento del medio, sus reacciones, y ver las cosas con los lados buenos y malos es como que muy importante. Insisto, ya va bien de ingenuidad de los transformadores.

        Por cierto, ayer me dediqué un rato a una de mis aficciones: la guitarra flamenca.

        • Luis Molina el septiembre 12, 2019 a las 8:25 am

          Encantado de su cambio de tono. Y me encanta que le encante la guitarra flamenca, pero no insista, que sobre filosofía del nacionalismo tengo pocas ganas de investigar. Me interesa más la desigualdad, que considero un problema mayor sobre el cual vengo opinando abiertamente con datos que se pueden contrastar. Pero aunque no sea un experto en nacionalismo me permitirá que opine sobre lo que veo, y lo que veo es todo eso que describo en el artículo, muy relacionado con la desigualdad. Me ha faltado una alusión a los clubs de fans que animan a «los nuestros» a la toma del poder, por encima de consideraciones banales como la exclusión de «los otros» o el respeto a la ley, pero ya le digo que no tengo intención de doctorarme en nacionalismo. A veces la ingenuidad da mejor en el blanco que los tratados específicos. Piketty hacía la reflexión de que pocos economistas viven en carne propia las consecuencias de la desigualdad. O sea, que si sólo pudiesen opinar los expertos sobre los problemas de la sociedad la solución podría demorarse por siempre. Algo así viene pasando entre economistas con la cuestión siempre pendiente de la desigualdad, entre crisis y crisis, pero tampoco veo que todos los científicos sociales coincidan en que el nacionalismo sea una idea tan genial. A mí me parece un mal rollo que distrae del problema principal, ya ve.

          • viaje_itaca el septiembre 12, 2019 a las 11:07 pm

            El problema es que las sociedades son tremendamente complejas, y hay relaciones insospechadas entre distintos campos, que además a menudo son contradictorios. La desigualdad tiene muchas facetas, y para empezar, habría que hablar de qué nivel de desigualdad, porque hay desigualdad norte-sur, desigualdad entre estados, desigualdad entre naciones, desigualdad entre etnias que están dentro de un Estado, por no salir del mismo estilo de colectivos. Y esas desigualdades traen, entre otras, desigualdades económicas. O jurídicas, etc. Por ejemplo, está la falacia del libre comercio mundial, que leí en el Macroeconomía de Krugman: es verdad que la especialización de los países produce más. Pero el reparto jamás es justo. Por ejemplo, los nacionalismos, entre muchísimas más cosas, buscan imponer barreras que protejan de esas situaciones. Algo en lo que hay que buscar algunas de las razones que llevaron a Trump (lo que incluso con esos criterios es un engaño, pero eso es otra cuestión) a la Casa Blanca. Tras el abandono de los demócratas a favor de Wall St.

            Y vuelvo a decir que el nacionalismo tiene varias caras, ciertamente no todas buenas.

            Por cierto, para enterarse bien del tema, no hace falta empollar mucho. Con el capítulo correspondiente de Ciudad y ciudadanía, de Quesada, unas pocas páginas, quizás el Naciones imaginadas de B. Anderson y un librito que habla de las relaciones entre etnias, El Enigma multicultural, de G. Baughmann se conoce francamente bien uno de los factores fundamentales a tener en cuenta si se quiere intentar disminuir la desigualdad. Desgraciadamente, hay unos cuantos más, como los anhelos jerárquicos de los humanos, o sus sesgos cognitivos. Porque no todo es economía en el problema. En sistemas complejos todo se interrelaciona con todo.



  3. juan el septiembre 11, 2019 a las 1:03 pm

    Me parece erróneo ignorar las naciones históricas y culturales y hacer ver que los nacionalismos solo buscan una ventaja económica. En Suiza diversas comunidades nacionales conviven y consideran Suiza un paraguas común sin ser internamente unos más que otros.

    Por otra parte hay ejemplos recientes como la escisión de Checoslovaquia donde la parte inicialmente «pobre y subsidiada», Eslovaquia, ha crecido más y mejor tras la independencia.

    Por último me parecen bastante desacertadas las alusiones a Euskadi y el catolicismo. El PNV ya no es un partido «católico» pero sí es el más progresista en términos reales. Superar una caída del 10% del PIB por las reconversiones-peaje para la entrad en la CEE en un entorno de empresarios amenazados por ETA, y crear una industria tecnológica distribuida pueblo a pueblo permitiendo tener buenos empleos y apreciable nivel de vida sin salir cada uno de sus comarcas tiene mucho mérito.

    • Luis Molina el septiembre 12, 2019 a las 8:43 am

      Gracias Juan, comentaré su comentario cuando tenga un momento, que ahora no lo tengo.

      • Luis Molina el septiembre 14, 2019 a las 9:33 pm

        Yo no sostengo que los nacionalismos solo busquen siempre ventaja económica sino que la desigualdad es el telón de fondo de los nacionalismos actuales y del pasado. Tampoco niego que el sentimiento nacionalista tenga motivos históricos y culturales ni que en algún momento y en algún lugar haya empujado el progreso, lo que resulta obvio bajo las tiranías coloniales. Lo que sí sostengo es que más vale que en los tiempos que corren saquemos al nacionalismo de las instituciones para no empeorar las cosas.
        Entiendo que con sus ejemplos usted encuentra una relación causa-efecto benéfica entre nacionalismo y progreso, pero a mí me parece que confirman justo lo contrario. Suiza es un solo país donde conviven idiomas y religiones distintas sin problema alguno, una especie de Unión Europea adelantada, y por lo que se deduce de este enlace (https://www.swissinfo.ch/spa/politica/onu–asamblea-general_suiza-advierte-contra-nacionalismos/44427102) no parece que sus dirigentes estén a favor del nacionalismo sino más bien todo lo contrario. Hacia fuera Suiza viene rehuyendo la participación en las disputas nacionalistas, lo que es otro síntoma de que su fuerza se fundamenta en la unión de distintas sensibilidades y sentimientos, no en la defensa excluyente de alguno de ellos. El éxito de la industria suiza no me parece que tenga que ver con el nacionalismo, tal vez, por el contrario, con haber superado las disputas internas en forma temprana para dedicarse a otras cosas. Si a lo que se refiere es a que la organización del Estado Suizo es interesante, no se lo discuto, pero con un Gobierno catalán que empuja a las masas nacionalistas, anima a los más radicales a dar la nota y declara tan fresco su intención de vulnerar la ley, no creo que se puedan construir consensos para organizarse mejor entre los pueblos de España. Tampoco creo que sea positivo que en los momentos delicados que vive la UE una región pretenda declararse por las bravas independiente. Pero volviendo a Suiza, supongo que tampoco se le escapa que otro de los pilares de su economía es venir ejerciendo de paraíso fiscal, de nuevo la desigualdad que parece estar en todas partes. Esto sí me parece que tenga una clara relación causa-efecto sobre el progreso suizo, por andar sobrados de financiación, pero organizarse alrededor de la corrupción, propia o de los demás, resulta poco ético.
        Tampoco veo que a Eslovaquia le vayan bien las cosas por el nacionalismo. Según los datos de Eurostat, en los últimos tres años su PIB ha crecido un 10,8% y el de Chequia el 10%. Poca diferencia. El de Rumania, que no sé qué posición ocupa en el ranking del nacionalismo, fue el 16,7%. Lo que sí me parece es que a los eslovacos les va mejor dentro de la UE que fuera de ella. O sea, que de nuevo es mejor la unión que el nacionalismo. Si el nacionalismo se pone muy pesado puede uno quedarse fuera, como le ocurriría a una república independiente catalana por las bravas, y entonces el supuesto progreso económico y social del independentismo se convertiría en pesadilla, no tengo duda. Si a lo que se refiere usted es a que Eslovaquia y Chequia son ahora dos y no una, es verdad, pero las dos accedieron a un tiempo a la UE. Las dos sacan ventaja de la unión frente al aislamiento.
        Y llegamos al País Vasco, pueblo cuya capacidad de organización es hoy un ejemplo, por todo eso que usted ve de su industria y por muchas otras cosas más. Pero no me negará que su posición actual es muy diferente a la de los tiempos de las pistolas y la goma-2, cuando los nacionalistas de izquierdas asesinaban y los de derechas y la Iglesia, para no perder parroquia, se ponían de perfil. El famoso libro de Fernando Aramburu describe muy bien aquella situación. Es positivo hacer catarsis sobre los errores que se convierten en horrores, los alemanes son un ejemplo en eso, y creo que la mayoría del pueblo vasco tiene asumido que al fanatismo nacionalista se le fue la mano, por lo que la mayoría de los partidos de uno y de otro lado están ahora empeñados en una mejor convivencia entre los de dentro y con los de fuera. La relación entre nacionalismo vasco y mejor progreso no la veo tampoco clara. En primer lugar porque los asesinatos fanáticos y la destrucción de la convivencia no se miden con el PIB, pero también porque hay cuestiones históricas y económicas de peso que entran en juego. La estructura de la propiedad de la tierra, las prebendas durante el franquismo, partir de una posición más ventajosa… Sería largo discutir sobre eso pero estoy de acuerdo sobre los méritos actuales del pueblo vasco, incluida la templanza de sus actuales dirigentes nacionalistas. El nacionalismo va transitando de ser un agresivo desafío contra los que no son “de los nuestros” a un ejercicio de convivencia con todos, también con los de fuera. Si el camino fuese a la inversa el progreso económico del País Vasco se resentiría. En el País Vasco, como ponen de manifiesto incansablemente sus pensionistas, hay un problema con la desigualdad, como en todas partes, y es más práctico atender ese problema que predicar la irracionalidad para disimularlo. El mejor destino del nacionalismo es sacar sus ideas de las instituciones. La exhibición de sentimientos excluyentes que vienen del cielo, como el hecho de haber nacido o no en el País Vasco o en Cataluña, ya sea desde un púlpito o desde una casa de gobierno, es indeseable, peligrosa y nada rentable.

        • juan el septiembre 16, 2019 a las 12:53 pm

          La comparación de crecimiento Chequia-Eslovaquia hay que hacerla desde la separación, no los últimos 3 años. En los 8 anteriores a los 3 últimos la media de crecimiento fue del 1,6% de Eslovaquia por 0,4 de Chequia. El «presuntamente pobre y subsidiado» una vez independiente pudo avanzar, el subsidio de la parte checa cuando era un país común era más bien un somnífero por lo que se ve. Ojo con lo de la solidaridad que igual es tan solo una forma de destruir competitivamente al «ayudado»…lo que hace Madrid con todas las comunidades vecinas.

          El artículo que mencionas de Suiza hace referencia al nacionalismo-estatal de cara a adoptar medidas proteccionistas. Suiza ha sabido crear un paraguas común para sus comunidades nacionales basado en el respeto, la lengua del 70% por ejemplo, el alemán, no se impone al resto.

          Respecto a lo de Euskadi, la recuperación del PIB y el empleo perdido tuvo lugar en los años de plomo, con políticas de verdad, no de favorecimiento de la especulación fácil y capitalismo de boletín oficial.

          • Luis Molina el septiembre 17, 2019 a las 5:43 pm

            La mitad de la producción industrial eslovaca es en el sector del automóvil (Peugeot-Citroën, Volkswagen, Kia, Jaguar Land Rover) así que parece que han tenido éxito en atraer la inversión extranjera del sector, principalmente europea, pero no acabo de ver que el nacionalismo eslovaco esté detrás del éxito de la industria eslovaca. Hay países pequeños a los que les va bien y otros muy grandes a los que les va aún mejor. Sobre la gestión de las ayudas, coincido plenamente en que deben hacerse con cabeza, también en que la administración debe estar cerca del ciudadano, que no se deben imponer las lenguas sino respetarse, que el centralismo sólo es conveniente en determinadas áreas donde se optimizan los recursos y un largo etcétera. Pero todo eso no veo que tenga que ver con el nacionalismo sino con la necesidad de dotarse de unas buenas instituciones, como explican Acemoglu y Robinson en su famoso libro «Por qué fracasan los países». Declarar unilateralmente la independencia, como amenazan los nacionalistas catalanes, no creo que lleve a nada bueno, y si es por la historia reciente de la corrupción, la Generalitat de Catalunya es más española que nadie. O sea, que no defiendo un estado centralista ni la inmovilidad institucional, sino que conviene entenderse con el vecino sobre la base de la tolerancia y la cooperación, nunca de la confrontación, y dejar a un lado de la discusión, y desde luego fuera de las instituciones y del diálogo político, los sentimientos de superioridad, ya sean religiosos o nacionalistas. En cuanto a la organización, sería formidable aprender de países como Suiza, que tiene sus cosas buenas pero también otras no tanto. El sentimiento nacionalista de parte de la población del País Vasco podría estar influyendo en su mejor situación económica (cuidar lo propio) pero no me cabe duda de que exteriorizar un nacionalismo de confrontación lleva la economía al desastre. No quiero ni imaginar lo que podría haber ocurrido con una declaración de independencia durante los años de plomo. Juntos se progresa más pero con instituciones que funcionen. El gran defecto de España y de la UE es no tenerlas todavía. Pero la desintegración de una o de otra sería una pésima noticia. Devastadora desde el punto de vista económico.



  4. Josep el septiembre 11, 2019 a las 1:04 pm

    Acabo de leer «Anatomia de un desengaño», de Germá Bel en el que se tratan algunos de los aspectos tratados en su artículo. Documentado con numerosas referencias y citas sobre los datos utilizados. Se lo recomiendo, quizás le haría reflexionar y darse cuenta de las muchas barbaridades que Vd. dice en su artículo sobre España, Cataluña, la desigualdad, el nacionalismo, etc.

    • Luis Molina el septiembre 12, 2019 a las 8:41 am

      Muchas gracias por su sugerencia. Pensaba añadirlo a la lista de lecturas pendientes, pero he encontrado este texto que puede googlear:
      «…en la biografía de Germà Bel se olvida mencionar que se trata de uno de los miembros del órgano independentista Consell Assessor per a la Transició Nacional (Consejo Asesor para la Transición Nacional de Cataluña), organismo creado por Artur Mas para el asesoramiento en dicha Independencia. Y es que en efecto, Anatomia d’un desengany es un libro del masismo y para el masismo, un verdadero manual político de justificación de la estrategia independentista en forma de datos, estadísticas, números… estrujados hasta la extenuación del lector para lograr un resultado: la Independencia de Cataluña es tan obvia que no tiene alternativa posible.»
      Se me pasó citar en el artículo a ese otro personaje glorioso del independentismo, Artur Mas. Y espero que perdone mi desinterés, que con tanto que leer hay que ser selectivo.

      • Andrés el septiembre 15, 2019 a las 12:46 am

        Vaya, ¿no se ha enterado usted que esos datos estan perfectamente detallados en el CV que el Sr. Bel tiene colgado en su página oficial de la Universidad de Barcelona? ¿Todo es igual de riguroso en sus escritos?

  5. Luis Molina el septiembre 14, 2019 a las 1:10 pm

    Para seguir, con los comentarios al viaje anteriores, al principio del artículo hacía alusión a otro en el que explico a qué desigualdades me refiero, por si quiere consultarlo. Las cosas siempre son complejas, hasta en un simple átomo de hidrógeno, pero ante la magnitud de problemas sociales tan evidentes como la desigualdad extrema y creciente, los dirigentes milmillonarios surgidos de esa desigualdad que gobiernan el mundo -que no están ahí por sus virtudes morales ni contribuyen, sino que obstaculizan, la resolución de problemas mayúsculos y globales derivados de la desigualdad, como el hambre, la pobreza o el cambio climático, que ellos vienen potenciando- o la resurrección de los nacionalismos que amenaza llevarse por delante la UE, puede uno posicionarse. Concluir que las cosas son complejas es no posicionarse. Mi conclusión resumida ya sabe cuál es, pero intentaré explicarme por otro camino.
    El sentimiento nacionalista aupado al poder y mantenido como discurso es indeseable y peligroso porque lleva en sus genes un sentimiento excluyente y potencialmente supremacista, por muy pacifista que se pretenda. José Antonio Marina lo explica mejor en ese artículo al que hacía referencia. La propensión del nacionalismo al supremacismo no tiene cura porque está en la base de su discurso, pero se puede tratar como enfermedad crónica. Y el tratamiento no es otro que dejar de imponerse desde el poder, o sea, volver al lugar de donde nunca debió salir, la privacidad, con lo que de paso deja de ser una enfermedad para convertirse milagrosamente en una muy respetable creencia.
    El sentimiento nacionalista de sentirse elegido o especial tiene mucho que ver con los sentimientos religiosos. Bertrand Russel escribió un libro titulado “Por qué no soy cristiano” y el citado filósofo Marina replicó con su “Por qué soy cristiano”. Sus sentimientos son declaradamente opuestos, pero estoy seguro de que los dos se entenderían perfectamente porque ninguno pretendería aupar sus creencias hasta el poder. Con el Estado religioso o con el Estado nacionalista es cuando empiezan los problemas, hacia dentro y hacia fuera, y algunos de la historia reciente espeluznantes y muy cercanos. Por eso resulta inquietante que el Presidente de todos los catalanes declare, un día sí y otro también, que no tiene otra cosa en la cabeza más que el nacionalismo catalán y que su objetivo vital es la independencia de Cataluña. O que aliente a los sectores más radicales de su hinchada a tomar las calles para asaltar el poder. También lo viene haciendo. Jugar con fuego en el bosque de los sentimientos es irresponsable porque puede provocar un incendio incontrolable y devastador. Ya lo sabemos.
    Cuesta mucho construir. Uno de los mayores logros tras las Guerras mundiales fue la Unión Europea, un excelente invento para dejar atrás las matanzas nacionalistas. Que vuelvan a agitarse esas banderas es en buena parte responsabilidad de los Estados y de la propia UE por promover la ambición insaciable de una exigua élite en vez del bienestar de la mayoría (otra vez la desigualdad extrema, creciente y generalizada), pero eso no significa que sea mejor desintegrar algo que ha costado tanto construir o que convenga volver a las andadas nacionalistas en Europa.
    En la discoteca mediática de estos tiempos conviene posicionarse alto y claro en contra del crecimiento de la desigualdad por encima del ruido ensordecedor de las fuerzas que lo empujan o lo camuflan, como el bien conocido nacionalismo de siempre, cualesquiera que sean sus modernos matices, la xenofobia declarada o el paraíso catalán.
    No me cabe duda de que sería mejor dedicarse a derribar muros, tarea bien difícil por el modelo generalizado de desigualdad extrema y creciente, que levantar otros nuevos. Pero esa preferencia mía no es tanto ética, que también, sino ante todo práctica, porque hace ya tiempo que los problemas son globales, lo serán cada día más y crecerán aceleradamente (armamento nuclear, cambio climático, revolución digital, dirigentes de pocas luces…). De nada vale achicarse ante los problemas globales. Ese es grosso modo el fondo de mi relato.
    Desde la economía, que es de lo que va principalmente este blog, me parece de cajón posicionarse en contra del nacionalismo porque no existe un sistema alternativo al capitalismo global. Ir contracorriente es condenarse a una situación como la de Corea del Norte o la Venezuela de Maduro. Si en algún momento del pasado las fronteras pudieron ser un instrumento para probar un sistema mejor hoy resultan superfluas porque los demás experimentos fracasaron. El cierre de las fronteras no funciona y la planificación sin mercado tampoco. La extensión del capitalismo no es mala noticia porque da mejores resultados –salvo que la República Socialista Catalana que promueve la CUP consiga llegar al poder y pruebe otra cosa-, pero no ponerle freno a la desigualdad extrema y creciente que genera el capitalismo en todas partes sería también un empecinamiento kamikaze. O sea, que más allá de la complejidad que puedan tener cuestiones como la desigualdad extrema y creciente y sus consecuencias asociadas, el renacimiento nacionalista en Europa y en el mundo y sus consecuencias asociadas, o la íntima relación entre ambos procesos, puede uno declararse tranquilamente partidario o en contra de ellos, y a mí me parece que los dos son perjudiciales y rechazables. Exteriorizar públicamente el sentimiento nacionalista como ambición de poder sólo acarrea problemas sociales y económicos que pueden derivar en graves o muy graves sin aportar beneficio alguno, que yo vea.

  6. Jose Antonio el septiembre 19, 2019 a las 4:35 pm

    Notable, esclarecedor, riguroso y de entretenida lectura. Enhorabuena.

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