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Animals spirits para 2020: ¿desaceleración o recesión?

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El concepto “recesión”, buscado en Google, tiene ahora mismo entradas similares a las de 2008, cuando estalló, en efecto, la Gran Recesión. De ahí se puede inferir una conclusión: la gente está preocupada por la posible llegada de otra recesión, una nueva crisis económica de gran profundidad que haga tambalear los cimientos del sistema. Publicaciones nada sospechosas de heterodoxia militante, como The Economist o el propio Financial Times, manifiestan editoriales y artículos de fondo que van en una línea de preocupación ante la consolidación del sistema económico y las contradicciones que presenta. Frente a esto, los economistas se han puesto en guardia. En 2008 no supimos ver la venida de la crisis –quien diga lo contrario, trastoca la realidad por no decir que miente: ¡seamos más modestos!–, y ahora muchos colegas alertan de la llegada de una nueva recesión en 2020, no fuera cosa que de verdad apareciera y nos cogiera, una vez más, con la guardia baja. La tirita antes que la herida. Podríamos decir así, en nuestro descargo, que esta vez sí la supimos ver venir. Ahora bien, para llegar a tal conclusión necesitamos argumentos, y datos que los amparen. De entrada, un dilema conceptual se abre: ¿recesión, desaceleración o crisis? La jerga a veces es alambicada, y los economistas somos expertos en ser oscuros para evitar ser profundos. Veamos algunas ideas básicas. Desaceleración sería –como el término indica– una pérdida de la aceleración económica, es decir, una reducción del PIB, si bien éste se ubicaría en franjas positivas, con la existencia de evidentes pulsiones económicas. Recesión expresaría otra realidad: dos trimestres consecutivos de caídas negativas en el PIB, que perdería su contexto positivo; la antesala de un problema mayor. Crisis supone el impacto determinante de la recesión mantenida en el tiempo, con corolarios relevantes en el mercado de trabajo, en la pérdida acuciante de la demanda efectiva y en una contracción reiterada del PIB, más allá de dos trimestres consecutivos. La manifestación, en suma, de un ciclo recesivo que afecta la producción, el consumo, los precios y el sector exterior de la economía.

Acudamos ahora a los datos. En 2020, todas las economías están desaceleradas: Estados Unidos, la Unión Europea y los principales países emergentes, con China a la cabeza, según las cifras de las instituciones económicas de referencia (FMI, Eurostat, Banco Mundial, Reserva Federal, Banco Central Europeo; véase https://www.consensuseconomics.com/con1/publications/consensus-forecasts-g7-western-europe/). Pero, en estos casos, el crecimiento del PIB sigue siendo positivo. El caso más ilustrativo es el del gigante asiático, que puede estar creciendo –según datos del FMI– a tasas cercanas al 6%, muy inferiores a los guarismos a los que nos tiene acostumbrados. Con todo, ese crecimiento no es despreciable, de forma que el PIB del planeta se puede acercar al 3%. Esta desaceleración parece obedecer a varios factores, de los que disponemos de datos empíricos:

  • la guerra comercial entre Estados Unidos y China, un aspecto que se está cobrando víctimas económicas tanto en Estados Unidos como en Europa y, por supuesto, en China y sus países de impacto, con políticas arancelarias que se avienen con un proceloso nacionalismo económico;
  • la caída de la producción industrial, particularmente en sectores que son un motor crucial, como el automovilístico;
  • el retroceso de la demanda, impelida por el miedo a un entorno que se dibuja nebuloso, que ralentiza decisiones de consumo e inversión;
  • las elecciones en Estados Unidos y el panel de promesas que se generen, en función de la candidatura demócrata –todavía desconocida– y de las apuestas de Trump en su reiterada cruzada de bajar impuestos a los ricos e incrementar el gasto militar, lo que ya está provocando un enorme déficit público que nos recuerda lo acontecido en la etapa de Ronald Reagan (información al respecto en: https://www.americaeconomia.com/economia-mercados/finanzas/casa-blanca-estima-un-billon-de-dolares-en-deficit-presupuestario-para) .

Los cuatro aspectos descritos remiten a otro corolario: estamos ante claros componentes de los animals spirits, es decir, los efectos que está provocando en familias e inversores las noticias que se van divulgando y que algunos economistas ensanchan con todo tipo de previsiones agoreras. Las declaraciones de Trump, como uno de los orígenes de esta fase de gran incertidumbre, no ayudan nada: provocan reacciones defensivas en declaraciones recíprocas de mandatarios chinos y europeos, y todo ello alimenta la desconfianza. El riesgo puede medirse, la incertidumbre no; su relación con los comportamientos y las respuestas psicológicos es más estrecha, y a veces se aleja de las variables objetivas. La incertidumbre condiciona, además, el cuadro de decisiones económicas en diferentes ámbitos. Pero todos estos elementos, que son importantes, no conducen necesariamente a una recesión técnica, a menos que nos sigamos empecinando en ver el vaso medio vacío.

            La desaceleración –que no recesión, por el momento–, deriva hacia las capacidades que la política económica tiene para hacerla frente: política monetaria y política fiscal. En un trabajo muy reciente, Adrià Morron, de CaixaBank Research (véase: https://www.caixabankresearch.com/2019-12-01-000000, dossier sobre “Perspectivas globales 2020: desaceleración inevitable, recesión improbable”, con información de gran utilidad para este artículo), ha aportado datos convincentes sobre los márgenes de maniobra que tiene la política monetaria en la actualidad, y qué posibilidades pueden abrirse para la política fiscal. Sostiene Morrón que los bancos centrales están agotando toda la munición disponible, agotamiento que es más palpable en la Unión Europea que en Estados Unidos, donde la Reserva Federal ha realizado subidas de tipos de interés en los últimos tiempos. La política monetaria tiene límites, y los tipos negativos alertan de posibles problemas en el caso de que, de facto, se produjera una recesión. Esto muchos economistas lo vienen advirtiendo con las lecturas detenidas de la evolución reciente de los tipos, de forma que la única salida solvente puede ser la reiteración de compras de deuda soberana a partir de la emisión monetaria, ante un riesgo muy bajo de inflación. “Jugar” con los tipos sólo va a ser factible en Estados Unidos (del orden de unos 150 puntos, indica Morrón), y Trump está presionando precisamente para que se reduzcan ante la convocatoria electoral de noviembre.

La política fiscal emerge entonces. En tal sentido, Morrón cita los recientes trabajos de V. Ramey y S. Zubairy (https://www.nber.org/papers/w20719; véase también: https://econweb.ucsd.edu/~vramey/research/Ramey_Fiscal_JEP.pdf), que señalan que los multiplicadores fiscales del gasto público se sitúan entre el 0,6 y el 0,8; pero ambos autores llegan a determinar que, en un contexto de tipos de interés muy bajos, próximos a cero, ese multiplicador puede dispararse hasta el 1,7. Las cifras no se distancian en exceso de los trabajos anteriores de O. Blanchard, corrigiendo sus propios cálculos sobre el impacto privado de los multiplicadores fiscales públicos. El mainstream acepta, por tanto, que la inversión se traduce en una palanca determinante que debe ser utilizada en esta coyuntura, para eludir la recesión y mantenerse, en el mejor de los casos, en un proceso de desaceleración económica que puede ser recuperable en función de las recetas que se apliquen. Sin lugar a dudas, mayor contención presupuestaria, más austeridad expansiva, no van a ser la solución: empíricamente, los datos lo demuestran sin discusión.

La necesidad de inversión se ofrece, además, como respuesta ante la caída de los beneficios empresariales, en el bien entendido que no se está en pérdidas sino en una igual desaceleración en la obtención de ganancias, como indicó en su momento C. Lapavitsas y, más recientemente, M. Roberts (consúltese: http://www.sinpermiso.info/textos/una-recesion-de-beneficios) . De hecho, para Roberts los informes de beneficios de las empresas estadounidenses para 2019 señalan que habrá la primera caída de ingresos totales desde la mini-recesión de 2016. Para las empresas del índice S & P 500 se espera una pérdida promedio de ganancias del 2,8%, según la consultora FactSet. Este es otro factor que debiera considerarse en los análisis, pero que no siempre se incorpora a los mismos. Los beneficios se están instalando, de nuevo, en la esfera más especulativa de la economía, en un proceso de financiariación que se enfrenta a los resultados de la economía más netamente productiva: aquí radica otro elemento a retener.

Una rápida ojeada a los presupuestos comunitarios para el periodo 2021-2027 no invita al optimismo en el cuadro inversor, toda vez que las partidas consagradas a este capítulo son más reducidas que lo que realmente urge en la Unión Europea, con una disparidad de situaciones entre el norte y el sur. En tal sentido, Alemania debería utilizar su superávit en canalizar políticas agresivas de inversión en direcciones claras, como por ejemplo todo lo que atañe a la emergencia climática, las infraestructuras y el internet de las cosas y las nuevas tecnologías –robótica, nanotecnología, biotecnología, entre otras–. Los márgenes germánicos son generosos; los de los países del sur, son mucho más limitados. Pero se podrían beneficiar de una actuación alemana en clave de liderazgo económico europeo, de verdadera locomotora de la inversión.

La activación de una política fiscal ambiciosa puede paliar los efectos de la incertidumbre, del miedo al futuro inmediato, que se ha podido encumbrar en la economía mundial, sin que existan datos plausibles que insinúen que estemos a las puertas de una recesión. Superar los animals spirits negativos debiera ser un objetivo estratégico. Pero esto requiere de una política decidida, sin ambages, en inversiones públicas, flexibilizando las reglas del déficit y de la deuda, a partir de la activación, sobre todo, de la palanca de crecimiento inversor de Alemania y de la connivencia de la Unión Europea, con presupuestos más expansivos. Una señal que no sería mal recibida por los mercados y que, tal vez, podría incidir en la política económica de Estados Unidos.

About Carles Manera

Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Consejero del Banco de España. Consejero de Economía, Hacienda e Innovación (desde julio de 2007 hasta septiembre de 2009); y Consejero de Economía y Hacienda (desde septiembre de 2009 hasta junio de 2011), del Govern de les Illes Balears. Presidente del Consejo Económico y Social de Baleares. Miembro de Economistas Frente a la Crisis Blog: http://carlesmanera.com

2 Comments

  1. Jose Candela Ochotorena el febrero 19, 2020 a las 9:34 pm

    En primer lugar, muchos desde la Crisis de las .com avisaban de algo que el autor comenta de la actual coyuntura: la financiarizaci’on de la obtención de beneficios, en nuestro país, todos aquellos que colaborábamos en la web de ATAC. Lo cual me lleva al segundo aspecto: la economía es global, pero el PIB global, bajo el motor de China y la India, y del déficit de Trump, no debe ocultar que en nuestro continente, una vez perdida en 2012 la oportunidad de independizarse del dólar, pagamos ese déficit U SA junto al resto del planeta. Y entramos en la tercera cuestión, no es comparable el contexto Reagan, en la cúspide del poder imperial USA, que la actual de Trump, en una transición tecnológica y un reto climático al que sólo concibe afrontarse por el conflicto, causando un daño añadido a toda la población, y en lo que a nosotros atañe, la ruina del sostén de la democracia europea, las clases trabajadoras y medias en declive.

  2. Alejandro Ruiz Valencia el febrero 27, 2020 a las 10:32 pm

    Como pretendáis con este tipo de artículos hacer frente a la recesión que se acerca os va a comer por las piernas; pero tranquilos, vosotros creéis en el sector público, no es problema vuestro.

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