Warning: Parameter 2 to wp_hide_post_Public::query_posts_join() expected to be a reference, value given in /homepages/41/d542459659/htdocs/clickandbuilds/Economistasfrentealacrisis/wp-includes/class-wp-hook.php on line 286
Guerras comerciales, peligro mundial | Economistas Frente a la Crisis
Medio asociado a eldiario.es

Guerras comerciales, peligro mundial

Share

            Un fantasma recorre la economía mundial: el proteccionismo. El tema no es sólo actual; es histórico. Según las investigaciones ya clásicas del economista Sidney Pollard (La conquista pacífica: la industrialización de Europa, Prensas Universitarias de Zaragoza, 1991), una de las respuestas de los gobiernos a los problemas económicos vividos entre 1873 y 1940 se centró en un incremento de los aranceles. En concreto, las turbulencias motivadas por la crisis de 1873 –la primera del capitalismo– y la Primera Guerra Mundial condujeron a incrementos arancelarios, de entre el 4 y el 44%, en Hungría, España, Suiza, Reino Unido y Bélgica. Pero antes, ya en 1913, un instrumento esencial en épocas difíciles era igualmente incidir sobre los costes de las importaciones, vía aranceles: entre un 4 y un 41%, abarcando a Estados Unidos, España, Rusia, Suecia, Francia, Austria-Hungría, Dinamarca, Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda. Tales políticas no solventaron ninguno de los graves problemas que acosaban las economías –caída del PIB, incremento del paro, competitividad, productividad, dislocaciones geográficas–, antes al contrario: las agravaron con separaciones mucho más profundas entre las naciones y con conflictos bélicos de dimensiones mundiales.

En efecto, la desintegración del comercio internacional provino de las políticas económicas de empobrecer al vecino. Las grandes potencias capitalistas no cooperaron para superar la economía, cuando ésta se adentró en amplias coyunturas de crisis. Así, la Conferencia Económica Internacional de Londres en 1933 fracasó, en plena hecatombe económica. Surgieron las “áreas económicas”: el bloque de la libra esterlina (acuerdos de Ottawa para el comercio preferente en la Commonwealth), el bloque del dólar, el bloque del oro (con Francia, Suiza y Bélgica) y el bloque nazi. La idea central era clara: socavar a los otros países por medio de la protección y las “guerras comerciales”. La traducción en políticas públicas fue el impulso de políticas proteccionistas: incrementos de las tarifas arancelarias, restricciones cuantitativas a las importaciones y control de cambios. Más de los mismo. El proteccionismo se reeditó nuevamente en 1930 por impacto del crack de Wall Street y de la Gran Depresión, en Estados Unidos, con la aprobación del arancel Hawley Smoot. Esto provocó represalias de otros países que también elevaron sus aranceles y levantaron barreras cuantitativas al comercio internacional. El multilateralismo fue sustituido por acuerdos “bilaterales” de trueque y de clearing, el proteccionismo –contingentes y comercio de Estado– y controles sobre la emigración. El corolario: la caída del comercio internacional. Y otros factores se sumaron: la ortodoxia económica infirió la falta del estímulo fiscal y la promoción del equilibrio presupuestario. En cierta forma, la persecución de volver a los esquemas del patrón oro. ¿A qué nos recuerda todo esto?

            En la actualidad, vivimos situaciones que son imágenes de todo aquello. Por ejemplo: el comercio mundial se redujo en 2016 un 1,7%, mientras las exportaciones de Estados Unidos y Asia crecieron muy poco, 0,7% y 0,3%, respectivamente. A fines de 2016, existían en el mundo más de 2.000 medidas restrictivas al comercio, todo fruto de la Gran Recesión, según la Organización Mundial del Comercio. A esta fría realidad económica, debe sumarse la actitud del presidente Trump, gran instigador proteccionista: rechazo al TTIP (entre Estados Unidos y la Unión Europea) por razones bien diferentes a los críticos desde la izquierda, y al TPP (entre las naciones a ambas orillas del Pacífico). Si se suma a este coctel el Brexit, se tendrá una nueva ecuación del proteccionismo económico: encerrarse en uno mismo, presentando al exterior como un peligro para la estabilidad del país. En cada crisis importante del capitalismo, la protección económica nacional se ha privilegiado: arruinar al vecino otra vez; he aquí la gran tentación, el peligroso desenlace. A su vez, el tema está teniendo traslación política. De hecho, la elección de Trump y el avance de la extrema derecha europea obedecen en parte a esa lógica: ante las supuestas amenazas foráneas –población  inmigrante que ocupa empleos y servicios–, se anteponen medidas tendentes a cierres parciales de fronteras. Todo vestido con un lenguaje populista que capta adeptos en sectores de las clases medias y, sobre todo, en amplias capas de la clase trabajadora. La guinda: las “guerras comerciales” abiertas por Trump contra China, Europa y México, con subidas arancelarias –remiten a las que se han apuntado a principios del siglo XX– que, además, comportan otra derivada: el incremento más que posible del déficit presupuestario, toda vez que el presidente norteamericano no tiene más alternativa que regar con dinero público –subvenciones en toda regla mientras se ensalza el ultraliberalismo– a las zonas agrarias de su país, donde tiene un importante granero de votos, y en donde los impactos negativos de los aranceles van a ser muy relevantes. Porque la reciprocidad está servida, tal y como ya han anunciado algunas cancillerías asiáticas a las pretensiones norteamericanas de enfatizar esa frase lapidaria de Trump: “América, primero”. Este concepto tiene, además, otro componente adicional: uno de carácter racial y xenófobo que, para estos paranoicos neoconservadores, convierte a los no caucásicos en posibles espoletas del terrorismo. El delirio está servido, para consumo de las masas.

La evolución de las bolsas está siendo un termómetro real de los efectos del proteccionismo americano, reflejando descensos de cotización en empresas pertenecientes a los sectores más afectados: aluminio, acero, empresas de semiconductores, bancos. Con la caída del crecimiento del comercio mundial desde la Gran Recesión, un aumento significativo del proteccionismo y una alteración de las cadenas de suministro global resultan mucho más problemáticos. Es posible que esta política comercial en un ciclo ya debilitado pueda generar un deterioro más acelerado en la economía global. Las principales instituciones económicas se están haciendo eco de esto, de una forma meridiana: el FMI ha revisado a la baja la previsión del crecimiento económico para 2019 –del 3,7 al 3,5%–. A mi entender, su traslado al comercio internacional puede ser relevante, a pesar de que el propio FMI señala por ahora una escasa trascendencia en este indicador. Ahora bien, los mayores aranceles entre Estados Unidos y China, que se pueden mantener e incluso incrementar, y teniendo presentes los riesgos para el comercio de la eurozona relacionados con el Brexit, sugieren que hay motivos evidentes para la inquietud. En efecto, tras una caída del 10,4% en el volumen de comercio global en 2009, la recuperación no se ha consolidado, a pesar de que se vivió un repunte ocasional en 2010-2011: las medidas keynesianas estaban dando resultado. Pero con la irrupción de la austeridad –la ortodoxia– el comercio mundial creció el 3,6% de 2012 a 2018, la mitad del ritmo anual promedio del 7% entre 1988 y 2008.

En ese contexto, la obstinación de Trump es muy explícita: “La protección llevará a una gran prosperidad y fortaleza”. Esta retórica ha supuesto también otros movimientos: el rechazo del acuerdo climático de París, las amenazas de retirarse de la Organización Mundial de Comercio y las quejas sobre la participación de la OTAN, elementos que redondean la desvinculación de Estados Unidos del multilateralismo y del sistema de comercio global. En paralelo, no es descabellado pensar en el desinfle de la actividad económica china, toda vez que existen ya datos mensuales que ilustran sobre caídas en las ventas minoristas de productos de consumo como automóviles y teléfonos móviles. Demanda interior a la baja. E importaciones que se retraen: casi el 8% en los últimos doce meses, en contraste con su expansión del 16% en 2017. Las exportaciones del coloso asiático, a su vez, han retrocedido; los aranceles pueden causar más estragos. Todo mientras los efectos disruptivos del Brexit no pueden más que exacerbar este problema. La eurozona sigue a China entre los exportadores globales y la supera como el segundo mayor importador del mundo. Si se recuerda que las exportaciones al Reino Unido significan el 3% del PIB de la Unión Europea, las consecuencias del Brexit en el comercio global constituyen otro ingrediente más de preocupación.

El proteccionismo declarativo del mandatario norteamericano empieza a tener serios detractores: empresas tecnológicas han puesto ya severas reservas a las ideas de Trump. Esas firmas podrían perder un capital humano importante –ingenieros, informáticos, científicos–, por la sencilla razón de que tiene orígenes asiáticos, africanos y latinoamericanos. El anuncio de subidas arancelarias corre parejo a la advertencia de bajadas en los derechos humanos: éstos pueden sacrificarse –expulsando de facto a norteamericanos sin origen anglosajón– en aras del eslogan de Trump. La idea, de un patriotismo extremo, elimina cualquier atisbo de racionalidad. En ésta se abriga el proteccionismo económico que infiere la exclusión social. Recuérdese: el fenómeno no es nuevo en la historia económica. Se vivió a raíz de la crisis de 1873, tras la Primera Guerra Mundial y después de la Gran Depresión, con resultados terribles. Se reedita ahora, una vez más. Ultraconservadores americanos, euroescépticos británicos y neofascistas europeos se han apuntado a un carro que sólo ha aportado calamidades. Esto subraya los riesgos de una caída importante del crecimiento del PIB mundial en el futuro inmediato. 

About Carles Manera

Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Consejero de Economía, Hacienda e Innovación (desde julio de 2007 hasta septiembre de 2009); y Consejero de Economía y Hacienda (desde septiembre de 2009 hasta junio de 2011), del Govern de les Illes Balears. Presidente del Consejo Económico y Social de Baleares. Miembro de Economistas Frente a la Crisis Blog: http://carlesmanera.com

Deja un comentario





Share
Share