La inversión, herramienta para gobiernos audaces

  1. Invertir para crecer

            Cuando existen crisis verdaderamente letales para el sistema económico, como la Gran Depresión, la Gran Recesión o la Gran Reclusión, los economistas abren su caja de herramientas y tratan de buscar nuevos instrumentos, o adaptar los ya conocidos, para aplicar a la economía cuando la crisis es considerada como muy grave (Crafts, 2013; Mazzucato, 2021b). El objetivo es ofrecer soluciones que incidan en la recuperación de la actividad económica. Se sabe que ha habido numerosas crisis económicas de entidad menor, de ajustes endógenos de las economías, aunque hubiera espoletas externas que las pudieran alimentar y/o generar. En esos escenarios, el equipo de los economistas ha podido encarar, con mayor o menor fortuna, la situación.[1] Los debates técnicos e ideológicos, sin embargo, han aflorado con notable fuerza y enfrentamientos muy directos, en algunos casos, cuando se trata de crisis sistémicas de gran profundidad, como las enunciadas anteriormente. Salvar la economía: he aquí el desafío. Que, en otras palabras, es: preservar al capitalismo. Esto se apreció claramente en el curso de la crisis de los años 1930, la Gran Depresión, que promovió el debate entre John Maynard Keynes y Friedrich Hayek (Wapshott, 2013). Y fue precisamente en esa pugna entre economistas de formación y cultura liberal, y a raíz sobre todo de la publicación de la Teoría General de Keynes, cuando afloró de manera potente una idea central: el recurso a la inversión pública como tractor clave para tirar de los vagones de la economía.

La noción de la importancia de la inversión pública es muy amplia, toda vez que abraza cambios de gran trascendencia para la Economía como ciencia social, hasta el punto de fraguarse los grandes principios de la macroeconomía moderna. Podríamos señalar, sin temor a la equivocación, que esta aportación de Keynes, por su impacto directo en la economía aplicada, supuso un giro copernicano de enorme magnitud intelectual, social, política y económica en contraste con la economía convencional previa, derivada del desarrollo del patrón oro.[2] La inversión pública aparece entonces como una variable fundamental, que va al alza en las expansiones y a la baja en las depresiones.[3] En tal sentido, Keynes explicita tres acciones principales que se vinculan de manera directa o indirecta con la estrategia de la inversión: desprenderse de liquidez, la famosa eutanasia a los rentistas y, sobre todo, la socialización de la inversión. El objetivo no debe olvidarse: salvar al sistema económico capitalista, no transitar hacia una sociedad socialista, la acusación política central –totalmente desproporcionada– que emitía la escuela austríaca a la Teoría General.[4] Se reavivan los rescoldos de aquel debate en el curso de la Gran Reclusión, como se advirtieron igualmente durante la Gran Recesión. Signo inequívoco de que estamos, de nuevo, ante una crisis sistémica que debe abordarse –como a raíz de la Gran Depresión– con munición de calado, sin albergar los temores que encaminaron la Gran Recesión hacia el incremento del abismo de la desigualdad.

  1. La inflación como límite a la inversión

Una expansión de la inversión pública y, por consiguiente, del gasto público, con su impacto directo sobre el privado y la demanda agregada, pone en guardia a los economistas más ortodoxos. La trayectoria sobre esto es ya histórica, con un claro referente en 1937, cuando el llamado temor a los mercados hizo desistir a Roosevelt de su programa del New Deal, aconsejado por asesores desasosegados ante el incremento del déficit público. El repunte de los precios era, en ese momento, más un deseo que una amenaza. De hecho, la deflación ha constituido siempre una gran inquietud para los economistas, desde la primera crisis del capitalismo en 1873, si bien los fenómenos de hiperinflación en Austria y Alemania durante los primeros años 1920 han supuesto un marcaje, casi a fuego, en la mente de buena parte de los economistas que arguyen ese peligro inflacionario como una derivada del excesivo gasto. De hecho, la inflación se ha invocado –y se recuerda también ahora– como un problema para la creación de dinero y el empuje de la inversión (Manera, 2021). Sin embargo, apuntemos unas consideraciones al respecto (Mazzucato, 2021a: 185-188):

  1. No existen razones importantes para determinar que inversión y gasto van a causar inflación necesariamente, siempre y cuando la economía disponga de recorrido para crecer, es decir, no esté funcionando en toda su capacidad disponible. Hacer inversiones que amplíen la economía por su perfil estratégico no debe causar inflación, en confrontación con las inversiones que solo colocan dinero en una economía -llamémosla- estática. Las primeras inversiones lo que hacen es ampliar el pastel en lugar de aumentar el dinero en un pastel ya existente.
  2. Las inversiones públicas a largo plazo, orientadas por visiones de carácter estratégico (es decir, netamente transformadoras), tienen mayores efectos multiplicadores, con la creación de impactos intersectoriales. Se trata, en efecto, de contemplar la inversión pública como estratégica, planteándose respuestas a retos concretos, como el cambio climático, la transición energética y la diversificación económica. En tal sentido, los gobiernos no deben actuar solo como correctores de los llamados errores de mercado, sino que han de tener la audacia de perseguir la creación de nuevos mercados y, por tanto, de valores también nuevos. Lo que Mariana Mazzucato ha indicado: pasar del gobierno entendido como prestamista de última instancia, a la idea medular de que es el inversor de primer recurso.

Ahora bien, lo que se presenta en el cuadro de mando -cuando se activa la inversión pública en contexto de crisis severa y caída de ingresos fiscales- es ese primer aumento de déficit, financiable vía deuda. He aquí una ecuación difícil, que supone encadenamientos causales. Y que sin duda constituye un desafío central para los bancos centrales.

  1. Inversión y encadenamientos económicos

               Los principales determinantes de una recesión se hallan en la inversión y el consumo, y se derivan de cambios en la demanda agregada. Así, el efecto acelerador y el efecto multiplicador son los vectores que inician la recesión, debido al papel que juegan los componentes autónomos de la demanda agregada. La cadena secuencial que proponemos, y cuyas inter-relaciones estamos investigando a partir del estudio de la economía de Estados Unidos, es la siguiente:[5]

Demanda autónoma–⇒Grado de utilización del capital–⇒Productividad del capital–⇒Tasa de beneficio–⇒Tasa de “explotación” (wage share)–⇒INVERSIÓN–⇒Política fiscal–⇒Política monetaria–⇒Política de rentas

               La caída de la tasa de crecimiento de la demanda autónoma (en el caso de Estados Unidos, inversión residencial y consumo a crédito) inicia la recesión (caída de la tasa de utilización de la capacidad productiva). Esto se traduce, en primer lugar, en un desplome de la inversión privada (a través del mecanismo acelerador, con pérdidas de productividad del capital), lo que tiene efectos sobre la demanda agregada, la ocupación y el consumo inducido, arrastrando este último, de nuevo, a la demanda agregada. Adicionalmente, la inicial caída de la tasa de utilización comporta una disminución del wage share, que hace contraer el consumo inducido y, de nuevo, la demanda agregada. Este círculo vicioso solo puede resolverse cambiando el signo de crecimiento de la demanda autónoma, tal y como hizo Estados Unidos a partir de 2008: política fiscal expansiva con la Reserva Federal actuando de prestamista de última instancia. El contraste: el caso de España. Aquí se deprimió la demanda interna por la vía de la reducción del gasto público y la devaluación salarial, de manera que se retrasó la recuperación (Cárdenas-Villanueva-Álvarez-Uxó, 2020: 560-588, que presenta también una cadena en la que el wage share es un factor exógeno).

            Es decir, la inversión pública acaba induciendo la inversión privada y la demanda; su retroceso genera efectos negativos sobre el gasto privado y el consumo. Esto es lo que empíricamente demuestran estudios de investigación (Cárdenas-Villanueva-Álvarez-Uxó, 2020; Manera-Navinés-Pérez Montiel-Franconetti, 2021). Pero debe hacerse una advertencia esencial: los gobiernos inducen y también invierten en el sector privado; por tanto, no sería desaconsejable que esa inversión pudiera tener algún retorno, algún rédito, en función de las acciones o de la cuota inversora. Esos retornos podrían utilizarse para financiar nuevas innovaciones en el futuro. Los gobiernos deben marcar más sus reglas del juego, sus exigencias ante su planificación inversora que redunda en el tejido privado, máxime cuando se trata de subvencionar, ayudar o rescatar empresas e incluso sectores casi enteros. Entre estas exigencias, cabe citar la formación de los trabajadores, más inversión privada en I+D y reducir externalidades ambientales (Mazzucato, 2021b). La inversión pública, por tanto, una herramienta decisiva para la recuperación económica.

Este artículo ha sido publicado en TEMAS para el Debate en su número 321 correspondiente al mes de septiembre de 2021. Se publica en esta Web con autorización del autor.


[1] Según el Organismo Nacional de Investigación Económica, o National Bureau of Economic Research, la datación de las crisis es: 1895, 1899, 1902, 1907, 1910, 1913, 1918, 1920, 1923, 1926, 1929, 1937, 1945, 1948, 1953, 1957, 1960, 1969, 1973, 1980, 1981, 1990, 2001, 2007. Véase Tapia (2017).

[2] La gestación de la Teoría General fue un proceso complejo, muy discutido en el seno del Circus de Cambridge, el conjunto de colaboradores de Keynes (Richard Khan, Joan Robinson, Piero Sraffa, entre otros), con avances en forma de borradores cuyas ideas incluso se publicaron en forma de artículos de prensa. Sobre esto, véase el reciente trabajo de Carter (2021).

[3] En esta relación, las aportaciones de Jan Tinbergen aportan otro indicador crucial: señalan que la ganancia tiene un gran efecto sobre la inversión: Tapia (2017). Anwar Shaikh ha enfatizado a su vez la relevancia de la tasa de ganancia. La cuestión de la competencia tiene esta derivada crucial, que Shaikh interrelaciona con la tasa de interés e, igualmente, con la inversión y el crecimiento económico. Según el autor, el tipo de interés es la referencia que incumbe a la rentabilidad del capital que se deposita en los bancos en lugar de ser activado en procesos de inversión. Esta es una señal clara que puede cotejarse con las expectativas reales de beneficios en los mercados: ese diferencial entre tipo de interés y tasa de ganancia neta acaba por impulsar –o no– la inversión (tal y como preconizaban Marx y Keynes). Pero de nuevo Shaikh recuerda la realidad compleja de la economía: en ésta coexisten diferentes perfiles empresariales, de forma que el beneficio neto de cada uno de ellos puede variar, en función de su situación particular. Véase Shaikh (2016).

[4] La forma de la inversión era relevante para Keynes: le interesaban las mutuas y las cooperativas, ya que compartían riesgos y recompensas, reinvirtiendo beneficios en la empresa con el propósito de establecer un crecimiento más sólido a largo plazo; véase Mazzucato (2021a: 190).

[5] Investigación en proceso: C. Manera-J. Pérez Montiel-F. Navinés-J. Franconetti: Autonomous demand and the wage share: A Classical Keynesian explanation of the Great Moderation.

……………………………………………….

Referencias bibliográficas

CARDENAS, L.-VILLANUEVA, P.-ÁLVAREZ, I.-UXÓ, J. (2020): “Peripheral Europe beyond the Troika: assessing the ‘success’ of structural reforms in driving the Spanish recovery”, Review of Keynesian Economics, vol. 8, núm. 4.

CARTER, Z. (2021): El precio de la paz. Dinero, democracia y la vida de John Maynard Keynes, Paidós, Barcelona, 2021.

CRAFTS, N. (2013): The Great Depression of the 1930s. Lessons for Today, Oxford University Press, Oxford.

MANERA, C. (2021): “La deflación como problema económico”, Sistema. Revista de Ciencias Sociales, núm. 261, pp. 3-18.

MANERA, C.-NAVINÉS, F.-PÉREZ MONTIEL, J.-FRANCONETTI, J. (2021): “Capital productivity and the wage share in the United States: a keynesian approach”, Journal of Post-Keynesian Economics, trabajo aceptado, de publicación inminente.

MAZZUCATO, M. (2021a): Misión Economía. Una guía para cambiar el capitalismo, Taurus, Madrid, 2021.

MAZZUCATO, M. (2021b): Aprovechemos esta crisis, Galaxia Gutenberg, Madrid.

SHAIKH, A. (2016): Capitalism: competition, conflict, crises, Oxford University Press.

TAPIA, JOSÉ A. (2017): Rentabilidad, inversión y crisis. Teorías económicas y datos empíricos, Maia Ediciones, Madrid.

WAPSHOTT, N. (2013): Keynes versus Hayek, Deusto, Barcelona.

About Carles Manera

Catedrático de Historia e Instituciones Económicas, en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears. Doctor en Historia por la Universitat de les Illes Balears y doctor en Ciencias Económicas por la Universitat de Barcelona. Consejero del Banco de España. Consejero de Economía, Hacienda e Innovación (desde julio de 2007 hasta septiembre de 2009); y Consejero de Economía y Hacienda (desde septiembre de 2009 hasta junio de 2011), del Govern de les Illes Balears. Presidente del Consejo Económico y Social de Baleares. Miembro de Economistas Frente a la Crisis Blog: http://carlesmanera.com

Deja un comentario