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El reto de la transformación digital: empresa monárquica frente a empresa republicana.

Hay cambios lentos que afectan al pensamiento dominante que, a veces, no se perciben con claridad. Y eso está pasando con los consensos económicos que propiciaron las salidas a la crisis del 2008.

Señalaba Emilio Ontiveros, economista de referencia cuyo vacío será difícil de llenar, que se empieza asumir a nivel global que “la desigualdad no es rentable” o, con más precisión, que determinado nivel de desigualdad deja de ser funcional al sistema capitalista. También parece asumirse, como anticipaba Mariana Mazzucato, que la intervención del Estado como fuerza motriz de la economía es imprescindible en este periodo de transiciones.  Son dos cambios decisivos que formaban parte del núcleo central del neoliberalismo.

Sin embargo, hay un paradigma que, a pesar de las evidencias negativas que exhibe, parece resistir a esta época de transformaciones: aquel que defiende a la empresa monárquica como organización eficiente.

Quizás sea porque afecta al núcleo central del poder en un momento en que aparecen, por todo el mundo, riesgos involucionistas para la democracia política. Si el autoritarismo se impone en las sociedades difícilmente se facilitará la institucionalización del poder en las empresas. Por otro lado, que la derecha política coquetee en países de todo el mundo con el vaciamiento de la democracia, puede ser síntoma de un cambio estructural más peligroso: que el agotamiento del neoliberalismo está induciendo al capitalismo corporativo a coquetear con sistemas de gobierno claramente autoritarios.

La segunda fase de la transformación digital

La transición digital empezó a comienzos de los 90 del siglo pasado. Paradójicamente, un cambio que parecía estar llamado a impulsar planteamientos participativos, terminó fortaleciendo la verticalidad y la desintermediación del poder empresarial, debilitando las estructuras que ahormaban una forma de poder, más necesitado de la negociación, en el que los cuadros intermedios y los sindicatos ocupaban un espacio central.

Esa primera fase provocó, por otro lado, una auténtica revolución en liderazgos empresariales, rupturas en sistemas de innovación, cambios en los procesos productivos y en las relaciones laborales que transformaron sectores enteros de la economía global. Todos ellos estaban incluidos en la categoría de servicios al consumo, que representan entre el 20% y el 25% del PIB global: afectó a los medios de comunicación (con la entrada de Google, Youtube) a las industrias culturales (música, cine, libros y juegos, hoy bajo el dominio de Spotify, Netflix, Amazon o Nintendo); a los sectores de turismo (Booking, Airbnb), comercio (eBay, Wallapop), distribución  (Uber, Glovo) o logística (otra vez Amazon).

Lo que se aborda en este artículo es la contradicción entre esos fenómenos y los requerimientos específicos de la actual fase de la transformación digital que afronta el asalto al corazón del sistema productivo.

Efectivamente, el reto que ahora nos ocupa se refiere a la incorporación de los algoritmos, la inteligencia artificial y la robótica en los sectores centrales del sistema productivo, precisamente los de más arrastre, especialmente la industria (automoción, agroalimentación, maquinaria, construcción…) y las grandes empresas del sector servicios (redes de energía, telecomunicaciones y transporte) o de organizaciones de carácter público (sanidad, enseñanza) especialmente sometidas a la presión del cambio tecnológico.

Precisamente porque se trata de sectores que cuentan con estructuras complejas, rutinas innovadoras asentadas y gran presencia sindical, es indudable  que ese cambio provocará un choque cultural que afectará a las formas de organizarse y gobernarse.

La situación reclama mejores empresas y nuevas organizaciones. Pero ¿qué significa exactamente ese reto? En esencia, la oportunidad para perfilar un nuevo modo de producir más innovador, con organizaciones que precisan de planteamientos inclusivos y participativos con el trabajo.

Nueva paradoja: los consultores refuerzan la empresa monárquica

A pesar de esas estimaciones, los primeros pasos de esta transformación vuelven a caminar en el sentido contrario al previsto. Efectivamente, en la medida que los fondos europeos de la Next Generation se están solicitando y repartiendo con la máxima velocidad, es evidente que ello refuerza la empresa monárquica gobernada, en exclusiva, por los primeros ejecutivos.  Y en paralelo el poder creciente de los consultores.

El poder verticalizado se retroalimenta con la idea, herencia del primer ecosistema digital, de que la innovación no se nutre del conocimiento interno, sino que es una mercancía que se adquiere en el mercado. La externalización del conocimiento refuerza el papel de los consultores como actores estratégicos.

Las noticias publicadas en los medios nos muestran que su rol se reconoce decisivo ante la incapacidad de las instituciones públicas[1] y las cúpulas empresariales para calibrar las necesidades de los nuevos proyectos en un contexto de transiciones bruscas. Y lo peor es que muestran un déficit real, claro síntoma de las relaciones de dependencia existentes. El título del último libro de Mariana Mazzucato, (“La gran estafa: cómo la industria de la consultoría debilita a nuestras empresas, infantiliza a nuestros gobiernos y deforma nuestras economías”), ejemplifica, mejor que ningún otro parámetro, la realidad de esas relaciones viciadas.[2]

Podríamos añadir que el valor real de las aportaciones del oligopolio formado por las big four, con el añadido de BCG y McKinsey, surge por su papel central como mediadores y conseguidores de proyectos y recursos. Es más, su doble rol como asistentes de las instituciones que los otorgan y de las empresas que los solicitan es el mejor ejemplo de colusión de intereses, una forma silente de corrupción institucionalizada permanentemente silenciada en los medios.

La realidad-real es que, desde una perspectiva de medio y largo plazo, ni la adquisición de apps ni el concurso de consultores son los factores determinantes de la transformación digital pendiente. Contar con ellos, puede ser algo obligado e imprescindible pero incapaz de diferenciar un proyecto y, por tanto, algo que debe incorporarse continuamente, pero siendo conscientes que no es determinante para crear valor diferencial.

Resiliencia e “innovación continua” como planteamiento empresarial.

Lo que es evidente es que los presentes retos organizativos son especialmente complejos y no pueden resolverse, a base de unas aplicaciones “geniales” diseñadas por emprendedores asociados a la cultura del garaje, originaria de California. Las que fueron las señas de identidad de aquel fenómeno popularizado como innovación disruptiva– emprendimiento, capital riesgo, business angel-, difícilmente pueden reproducirse en la transformación de la industria.

La resiliencia, el concepto de moda que define este tiempo, significa capacidad de adaptación a los cambios bruscos y define tanto la habilidad para resistir en los momentos de tormenta como para resurgir, con celeridad, después de una crisis. Y ambos tienen que ver con la democratización de la innovación, un fenómeno que recupera la inteligencia colectiva como factor de adaptación y cambio.

La que se reconoce como “innovación continua” se construye ahora, sobre todo, en la organización sistemática de las aportaciones ordinarias de colectivos diversos de trabajadores.  Ahí es donde surge la verdadera excelencia.

Se trata de un esquema que tiene a Alemania y a su ecosistema innovador (mittelstand, volcado en las PYMES industriales) como paradigma. Pero que, con características similares, replican los modelos de Japón (método Kanban de Toyota), Corea (en Pangyo) o China y su filosofía guanxi.

En esencia, todos comparten una metodología común que tiene como meta alcanzar la “perfección de lo banal” como forma de asegurar una mejora continua de la calidad de los activos intangibles que surgen en el procesamiento de la información. El diálogo entre los nuevos conocimientos asociados a las tecnologías digitales y los viejos saberes cimentados en la experiencia, cristalizan en el capital organizacional, un mix en el que el conocimiento y la creatividad se combinan para la mejora continua de procesos, productos y servicios orientados a nuevas necesidades de los usuarios y clientes.

La conclusión es que la mejora continua de la calidad de los activos intangibles es el valor diferencial que resalta las ventajas competitivas esenciales de una empresas respecto a su competencia. Y ese valor no puede adquirirse en el exterior, como cualquier mercancía, sino surgir en el interior de la organización.  Se trata de un postulado estratégico que aporta visión a largo plazo y que solo puede desarrollarse en un clima colaborativo que fomente la inteligencia colectiva y la convergencia de esfuerzos.

La empresa republicana como alternativa a la empresa monárquica

La que debemos denominar empresa republicana[3], aquella con poderes compartidos e institucionalizados en contraposición a la monárquica actualmente dominante, caracterizada por el dominio absoluto del primer ejecutivo, es la única organización capaz de facilitar esa convergencia de esfuerzos.

La tarea del momento es confirmar que aquellos escenarios que permiten resaltar la capacidad de resiliencia – asociados al “saber resistir” y al “saber resurgir”- definen un entorno en el que la empresa republicana resalta sus ventajas.  Su reto es convertirse en el modelo de organización dominante en el convulso periodo de transiciones -tecnológicas, medioambientales, demográficas- que ocupara los próximos 10 años.  Es decir, aprovechar una coyuntura en la que el apoyo del estado es esencial como impulsor de los cambios necesarios para construir un espacio de nuevos derechos compatible con el impulso a la eficiencia y la productividad.

No parece que la actual fase histórica se preste a aspirar a un cambio esencial hacia la democracia económica. Difícil imaginar una empresa autogestionada ni plenamente democrática, en la que, por ejemplo, hubiera mecanismos de elección del CEO, pero sí, al menos, aspirar a una organización intermedia, con mecanismos de poder delegados, institucionalizados y participativos que incluyen la codecisión y la participación en el capital.

Se trata de construir un nuevo paradigma que dibuja como horizonte la empresa como “bien común”, es decir, como un espacio en el que se institucionalizan relaciones de confianza mientras se desarrollan nuevos derechos del trabajo.

 

[1] El Gobierno pide ayuda a las ‘Big Four’ para evitar perder fondos europeos por el atasco burocrático  https://www.elconfidencial.com/empresas/2022-11-07/gobierno-big-four-no-perder-fondos-europeos-colapso-burocratico_3518700/

[2]  Mariana Mazzucato y Rossi Collington“The big con”. Hasdcover Marzo 2023

[3] La expresión “empresa republicana” como descripción de una aspiración inmediata corresponde a Umberto Romagnoli, reconocido jurista italiano experto en derecho laboral y transformación del trabajo. En una intervención en unas jornadas de CCOO afirmaba que “el mundo del trabajo soporta la terrible contradicción de tener que hablar de democracia en espacios como la fábrica, el centro de trabajo o el taller, que constituyen células infranqueables de autoritarismo y que, a lo sumo, han suavizado y blanqueado el rostro del poder empresarial”. Su conclusión es que la empresa puede aspirar ser republicana, pero es iluso decir que puede ser democrática mientras no exista la posibilidad de una verdadera alternancia en el sistema de gobierno.

 

About Ignacio Muro

Economista. Miembro de Economistas Frente a la Crisis. Experto en modelos productivos y en transiciones digitales. Profesor honorario de comunicación en la Universidad Carlos III, especializado en nuevas estructuras mediáticas e industrias culturales. Fue Director gerente de Agencia EFE (1989-93). @imuroben

2 Comments

  1. José Candela el diciembre 2, 2022 a las 1:03 pm

    Magnifico resumen de la coyuntura organizacional en la transición hacia la nueva economía, capitalista si triunfa la opción oligarquica, que no nos equivoquemos es capaz de asimilar eficazmente el kaizen, o de propiedad democrática; tome la forma que tome la democracia en la empresa

    • Ignacio el diciembre 11, 2022 a las 9:08 am

      Gracias Jose.

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