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Pandemia: entre la tristeza y la indignación

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¡Qué tristeza! Se extiende por el mundo una plaga, causada por un agente invisible, casi inmaterial para nosotros, que afecta a todos, pero se ceba con especial saña en los más débiles: los ya enfermos, los viejos y, como pronto será evidente, los pobres. Los pobres lejanos, que vemos en la tele, y los numerosos pobres cercanos, que viven en el mismo país que nosotros y que raras veces vemos en la tele. La pandemia mata y hace sufrir. Aunque muchos afectados solo muestran síntomas leves, un porcentaje que puede estar en torno al 56% de los casos detectados ha necesitado hospitalización, y el 7,9% ha fallecido[1]. Estas cifras promedio se disparan con la edad: entre las personas de 80-89 años, los fallecidos representan un 14,3% de los casos detectados y un 18,2% entre las de 90 o más años1[2].

La tristeza que me embarga al pensar en la soledad de estos enfermos, necesariamente aislados, que mueren solos, se agranda cuando imagino la pena y la angustia de los familiares, esperando impotentes un desenlace que puede ser extremo. Pero también siento rabia al constatar que los hospitales públicos, a pesar de la admirable entrega de quienes en ellos trabajan, se han visto rápidamente desbordados por algo que nadie había sido capaz de prever, a pesar de que algunas personas de renombre habían muy claramente llamado la atención sobre todo lo que necesitábamos emprender para estar preparado frente a una pandemia de este tipo, cuya llegada daban por segura[3].

De pronto, algo que resulta ahora tan esencial como la sanidad pública, la única hoy capaz de salvar vidas y mitigar el sufrimiento, muestra su debilidad, fruto de los recortes impuestos por las políticas llamadas de austeridad que en realidad han alterado la distribución de lo que producimos todos en favor de los que más tienen, o por la voluntad de favorecer el negocio de la sanidad privada, una forma de corrupción muy extendida en la Comunidad de Madrid, en la Comunitat Valenciana, en Galicia, en Cataluña y en Murcia, en particular. La sanidad privada no aporta ahora prácticamente nada para enfrentar la pandemia, si acaso añade al caos con la pretensión de despedir a parte de su personal para reducir costes, como cualquier empresa.

Aunque algunos gobiernos, los de Estados Unidos, Inglaterra y Brasil especialmente, pretendieron oponer a la pandemia una solución neoliberal, privilegiando el mantenimiento de la economía a costa de un número desorbitado de víctimas, todos siguen hoy una senda común, la que, desde el inicio, promueve la Organización Mundial de la Salud ante un virus con una alta capacidad de contagio. La estrategia pasa por multiplicar el número de pruebas para detectar el máximo de casos, incluyendo hasta los asintomáticos que también contagian, y por reducir en todo lo posible la interacción social para reducir los contagios. Aconsejados por los expertos sanitarios, los gobiernos han ido tomando la decisión de confinar a la población en sus domicilios a partir del momento en que la propagación de la COVID-19 alcanzaba un umbral considerado muy peligroso. En esto, España ha sido uno de los países más prudentes puesto que la declaración del estado de alarma y la imposición del confinamiento domiciliario se aprobaron al alcanzar un número de fallecidos inferior al que tenían otros países próximos cuando tomaron medidas similares.

Con el confinamiento se acentuaron considerablemente los problemas económicos que ya habían surgido desde el inicio de la epidemia. Los economistas vaticinaban un hundimiento de la demanda que afectaría a toda nuestra economía y el gobierno empezó, por fortuna, con lo más importante: mitigar los efectos del cuantioso paro que la situación empezaba ya a provocar, con un doble objetivo: asegurar prestaciones de desempleo a toda persona que perdiera su empleo por efecto de la pandemia y evitar que las cesaciones de empleo fueran permanentes. Estas medidas orientadas al mercado laboral se completaron con otras destinadas a facilitar liquidez a las empresas.

 En medio de esta movilización de todos los recursos disponibles, los gobiernos de los países más afectados, Italia, España, Francia, Portugal, no tardaron en descubrir que las instituciones de la Unión Europea no estaban a la altura del desafío. Cada país ha tenido que gestionar por su cuenta la compra de material sanitario, en un mercado en principio global, pero en la práctica limitado a China[4], en las condiciones más difíciles que uno pueda imaginar, con todos los países, incluyendo los miembros de la Unión Europea, compitiendo por los mismos artículos en China, país con escasa transparencia y excesiva burocracia.

Tampoco ha sido la Unión Europea capaz de ayudar de forma eficaz a las economías más afectadas. La negativa a autorizar la emisión de los llamados coronabonos, instrumentos de una solidaridad en realidad inexistente, ha sido calificada por el primer ministro portugués como “repugnante”, y no le falta razón. En todo caso, es inevitable preguntarse para qué sirve la Unión Europea cuando, después de haber arruinado a Grecia y empobrecido a muchos otros países a raíz de la crisis de 2008, mantiene su obtusa política de protección de los ricos, frente a una crisis de la que nadie es culpable y que arrasa por todo el mundo sin consideración de fronteras. Un buen motivo de indignación para los que, a pesar de todo, hemos seguido confiando hasta ahora en una Europa unida y fuerte. La actitud de algunos países, al frente de los cuales una Alemania cada vez más replegada en su riqueza, por cierto, muy mal repartida, y la inoperancia de las instituciones europeas, contribuyen a dar la razón a los partidos de extrema derecha y a los que en el Reino Unido consiguieron el Brexit. Para los más mayores se desmorona lo que fue, en su momento, un gran proyecto, un sueño casi, el de superar una historia llena de cruentos conflictos entre europeos y de edificar una entidad cuya fuerza estaba en la unidad y la cohesión social, gracias a lo que durante unos años se denominó el modelo social europeo.

Qué tristeza comprobar que esta pandemia nos ha privado de lo que verdaderamente nos hace humanos: la vida social extendida. Hoy nos vemos obligados a replegarnos en nuestras casas, con nuestras familias o, para muchos por desgracia, solos. Las personas no están hechas para eso y reconforta comprobar que los balcones se llenan y que, aunque sea de forma precaria, se intenta restablecer una vida social, a pesar de las circunstancias. Reconforta también comprobar como la ciudadanía acepta de buen grado unas medidas excepcionales porque el momento es excepcional. Pero indigna inmensamente que los partidos políticos de derecha y extrema derecha (con la honrosa excepción de Ciudadanos) no estén a la altura de nuestros conciudadanos y no desdeñen la ocasión de intentar sacar provecho de la pandemia para debilitar a los que les ha tocado lidiar en estos momentos con la bestia feroz que nos ataca. Como bien decía un editorial reciente de El País: “¿qué tiene que pasar para que el PP se comporte con lealtad?” y se podría añadir, y con sentido común.

Estamos inmersos en la fase aguda de la pandemia que nos afecta. Toca ahora pensar en la mejor manera de reducir su impacto. Colaborar, cada uno de nosotros, en frenar su propagación, haciendo nuestro el eslogan “Quédate en casa”. Colaborar, con los que luchan en primera línea en los hospitales, desde el aplauso de las ocho hasta ir de voluntario, los que puedan. Apoyar a nuestro gobierno, que lo hace de la mejor manera que sabe y puede, y esperar para expresar las críticas que toda acción humana suscita inevitablemente. Todo eso está ocurriendo y las encuestas muestran la adhesión ampliamente mayoritaria a todas las medidas que ha tomado el Gobierno. Solo algunos partidos políticos siguen siendo más un problema que un elemento de solución. Pero, aunque todo lo anterior es lo esencial, no podemos olvidar interrogarnos sobre las causas por las que ahora afrontar esta crisis resulta muy difícil. Durante años se nos ha querido convencer de la mayor eficacia de lo privado frente a lo público. Las políticas neoliberales han tendido todas a reducir y desprestigiar lo público. Hemos aceptado que se reduzcan los impuestos, más todavía en España donde se recaudan en torno a 7 puntos menos del PIB que en el resto de la zona euro. Hemos aceptado que se privatice todo el sector de la energía, con el resultado de encarecer fuertemente el consumo de los hogares y de las empresas. Hemos dejado privatizar todo lo privatizable y más, hasta las viviendas sociales, siempre en detrimento del ciudadano. Hemos consentido que la sanidad pública sufra recortes salvajes de personal y de recursos y hemos dejado que los corruptos la desmantelen para favorecer intereses privados, entre ellos los suyos propios. Hoy, frente a una epidemia que nos afecta a todos, descubrimos que solo funciona lo público.

Apoyamos con nuestros aplausos a un personal sanitario que durante varios años estuvo manifestándose, sin excesivo éxito, para evitar que se destruyera la sanidad pública que hoy tanto necesitamos. Acudimos al Estado para poder vivir sin empleo mientras dura la crisis porque las empresas no pueden aguantar ni quince días sin pretender echar a sus trabajadores, después de haber pasado años repartiendo un máximo de dividendos y beneficios. Toda gira hoy, para nuestra supervivencia, en torno a un Estado, que debe disponer de los medios que permitan preservar el interés general de forma directa y eficaz y no a través de la falacia según la cual la maximización de los beneficios privados conduce al bienestar general. Hemos comprobado ampliamente que no es así y la mejor prueba es que ese sistema está destruyendo nuestro planeta, negándose a asumir los costes de la conservación, lo que no solo no beneficia al interés general, sino que amenaza nuestra supervivencia.

La pandemia pasará. Se están poniendo los medios para ello y juntos lo conseguiremos. Cuando llegue ese día se alejará la tristeza, pero hagamos todo lo posible para que la indignación permanezca y guie nuestra acción.

[1] De acuerdo con el Informe sobre la situación de COVID-19, actualizado el 28/3/2020, por el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad(https://www.mscbs.gob.es/en/profesionales/saludPublica/ccayes/alertasActual/nCov-China/documentos/Actualizacion_58_COVID-19.pdf)

[2] Porcentajes sobre casos comunicados a la RENAVE, para los que se dispone de datos por sexo y edad.

[3] Ver la premonitoria conferencia de Bill Gates en 2015:  https://www.youtube.com/watch?v=g-a5m4N4Z7g

[4] Tanto el Reino Unido como Estados Unidos han prohibido la exportación de ese material.

About Juan Antonio Fernández Cordón

Juan Antonio Fernández Cordón es Doctor en Ciencias Económicas y Experto-Demógrafo por la Universidad de París. Ha sido Profesor de las Universidades de Argel y de Montreal e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en el que fue Director del Instituto de Demografía. Ha ejercido también como Director de Estudios y Estadísticas del Ayuntamiento de Madrid y Director del Instituto de Estadística de la Junta de Andalucía. Ha sido miembro, como experto independiente del Grupo de Expertos sobre demografía y familia de la Comisión Europea y miembro del Consejo Científico del Instituto Nacional de Estudios Demográficos de Francia. Miembro de Economistas Frente a la Crisis

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